Doble infidelidad con la culona madura de la oficina

No voy a negar que el sexo es uno de los mayores placeres para mí, especialmente aquellas relaciones sin límites ni tapujos. Nunca me ha dado miedo experimentar, y si bien mi vida sexual se limita a las relaciones heterosexuales, soy respetuoso de las relaciones entre homosexuales y lesbianas.

Lo que me sucedió ayer por la tarde no sólo fue fabuloso, sino que ni por asomo lo hubiera visto venir. Me encontraba en mi despacho realizando unas gestiones de trabajo. Cabe mencionar que el horario de la empresa es únicamente por la mañana, por lo que el lugar estaba vacío. De vez en cuando alguien se quedaba después del horario – incluido yo, varias veces – pero en aquella ocasión me había tocado quedarme solo, al menos en mi planta.

Casi me da un susto cuando vi entrar de pronto a mi oficina a Susana, una compañera de otro departamento, de quien no me percaté que también se había quedado hasta esas horas.

Ella se disculpó por haberme asustado, y me explicó que también ella creía que el lugar estaba solo. Me dijo que vio la luz encendida, y tenía pensado apagarla.

A estas alturas, no mentiré, a Susana la conocía no solo por ser la asistente principal de la directora de Pagos y Envíos, sino por el motivo que la hacía celebre entre todos los miembros de la oficina: su enorme culazo.

Ella no es muy agraciada de la cara, aunque nada fea tampoco; sin duda estaba el aspecto de la edad – yo tengo 35 años, y ella debe superar ya los 40 años – pero eso no era motivo para que yo no prestara atención a sus preciosas nalgas, y a la forma en que se apretujaban bajo sus pantalones de sastre.

Un compañero de trabajo, del área de Contabilidad, las definió una tarde de forma acertada y casi poética: “Es un culo grande, pero que no cae en lo grosero; maduro, pero que mantiene su firmeza”.

Otro colega suscribió días después: “De las únicas maduras en esta oficina, es la única follable aún”.

Pero no todo era su trasero; tenía una espalda bonita y delicada, unos pechos que no se veían grandes pero sí en buena forma; además, su cabello, negro, abundante y con un enrizado casi salvaje, le daba un contraste de desenvolvimiento que no checaba con su actitud bastante recatada, añadiendo misterio a la formula.

Sin embargo, en el momento en que ella entró a mi despacho, tuve que comportarme y mantener mi mirada en su sonrisa – de grandes y brillosos dientes -, su cabello castaño oscuro, y el juego de sus aretes y collar de aros dorados.

No sé qué hubiera sido de mi – pensé en ese momento – si de casualidad mi mirada se deslizaba hasta sus amplias caderas, las cuales ya había admirado antes por delante y por detrás sin que ella se diera cuenta.

Como ya estaba en mi oficina, no quedó más remedio que platicar de algo. Ahí fue donde se me puso difícil el asunto, porque francamente estaba por terminar mis labores y tenía pensado retirarme a mi casa, con mi esposa.

Sin embargo, charlamos durante varios minutos; aquella situación fue la primera que me despertó sospechas. Ella siempre era seria, una mujer de familia y de trabajo que rara vez platicaba con compañeros hombres. Por un momento la percibí un tanto ansiosa, y hasta estuve a punto de preguntarle: “¿Te sucede algo, Susana?”

Por suerte, cuando su nerviosismo parecía cada vez más evidente, decidió cortar por lo sano, se despidió de prisa y se dirigió a su despacho.

Bastante extrañado, yo también regresé con mis asuntos de trabajo. Sólo tenía que imprimir algunos pedimentos que al otro día debían ser firmados a primera hora del día. Eso me tomó algunos minutos y, cuando terminé, atendí mi teléfono celular, donde ya me esperaban varios mensajes de mi mujer.

Estaba a punto de responderle cuando vi bajar a Susana por las escaleras. Como era evidente que era a mí a quien buscaba – nadie más estaba en la oficina – dejé mi teléfono en la mesa y salí de mi despacho a atenderla.

Se le veía más tranquila que hacía unos minutos, como si de pronto se hubiera resuelto aquello que la estuviera preocupando.

  – Omar – me dijo, con un tono de decisión, casi de orden, que me sorprendió – ¿Podrías ayudarme, antes de que te retires, con unos archivos? Están pesados y no los alcanzo.

Yo tardé en responderle; en mi mente me preguntaba qué le hacía creer que diciéndome las cosas de aquella manera yo la obedecería simplemente porque sí. Sin embargo, con tal de no discutir a aquellas horas, acepté ayudarla.

Debo admitir que estaba muy sentido por su tono; en mi mente, mientras subía los escalones, me decía a mi mismo: “Quizás la directora de Pagos y Envíos pueda pedirme esa clase de cosas; ¿pero la asistente?”.

Además, por supuesto, aproveché el camino para la ocasión para disfrutar ver su cuerpo y sus enormes y preciosas nalgas mientras subía delante de mí. Percibí un meneo de culo más remarcado que de costumbre, pero más que pensar en ello me dediqué a disfrutarlo.

Ella vestía una falda negra de oficina y una blusa blanca de tela muy delgada, que transparentaba fácilmente su sostén negro; desde luego, la apretada falda permitía ver las dimensiones y firmeza de su culo.

Cosa rara, Susana llevaba el cabello entre crespo y lacio – no sé cómo definirlo mejor – pero con bastante volumen, que le llegaba a mitad de su espalda superior y que vibraba al mismo ritmo que su culo.

Asimismo, llevaba unas zapatillas blancas y unas largas medias negras que terminaban debajo de su falda.

En todo caso, llegamos a su oficina. Lo primero que noté es que hacía muchísimo calor. Era evidente que ella no había encendido el aire acondicionado del lugar.

Un poco más amable, me indicó dónde se encontraba el mueble de los archivos y me pidió que bajara tres de las siete cajas grandes que estaban en el estante más alto.

Cuando bajé el primero, sentí los primeros efectos del calor. Casi no me gusta sudar mis camisas, por lo que aquel favorcito ya no me estaba gustando.

En ese momento ella dijo:

  – ¿Hace mucho calor verdad?

“Tal vez si encendieras el maldito clima”, pensé, mientras le regalaba una sonrisa falsa.

Me indicó cuál era la segunda caja, en su voz sentí tal nivel de nerviosismo que me pregunté si acaso no estaba cometiendo alguna clase de falta administrativa. Lo pensé unos segundos, lo que me hizo titubear.

– ¿Pasa algo? – preguntó ella, mientras tomaba asiento detrás de su escritorio.

Negué, moviendo la cabeza, y me dispuse a ir por la caja. El calor me estaba poniendo de malas y cuando bajé con la segunda caja me llevé una nueva sorpresa.

Acalorada, como yo, Susana se había quitado su saco anaranjado, dejando a la vista su camisa blanca, algo sudada que hizo que mis ojos dibujaran brevemente las formas de sus pechos. No eran los más redondos y firmes del mundo, pero sí los de una mujer madura hecha y derecha. Para ser ella, una de las más recatadas de la oficina, aquello era novedoso.

– ¿Qué pasa? – preguntó, sonriente, y yo me asusté de que hubiese notado mi titubeo.

– ¿Qué caja falta? – le pregunté, intentando pasar desapercibido.

Entonces se puso de pie, y fue como todo aquello realmente inició: Susana había elevado su falda, que inicialmente llegaba debajo de sus rodillas, hasta casi media pierna por encima de estas. Lo había hecho a propósito, era obvio, apenas eché un vistazo pues no quería que notara que mis ojos se apostaban en sus piernas.

Giré y subí algunos niveles de las escaleras, algo nervioso, pero tratando de controlarme.

“¿Qué está haciendo?”, me pregunté, mientras simulaba esperar su indicación de la siguiente y última caja.

Supuse que aquello no era por otra cosa que el calor que hacía en el lugar, pero realmente estaba sorprendido.

– A ver, ummm, deja checar porque no recuerdo exactamente qué caja es – dijo, dándose la media vuelta y regresando a su escritorio, donde revisó una de sus hojas de lista.

Aproveché aquello para explorar con más detalle sus piernas. Definitivamente había alzado su falda de forma intencionada, y vaya que mucho. Era demasiado atrevido, por más calor que hiciese. Estaba tan alzada que ya se alcanzaba a ver la orilla de sus medias negras y algunas franjas de piel.

No soy de piedra, aquello me estaba poniendo cachondo pero, aunque mi mente ya se apuraba en sacar las conclusiones más convenientes, decidí aguardar, asegurarme y no caer en el error de malinterpretar todo aquello.

Volteé hacía las cajas justo a tiempo, antes de que ella regresara.

– Es la caja que dice “Envíos de enero”, debe estar detrás de esa – me dijo, señalando una que decía “Pagos de enero”.

Me indicó aquello con su habitual seriedad, lo que me hizo desencantarme y caer en cuenta de que mis cálculos eran erróneos, y ella no estaba tratando de seducirme en absoluto.

Me dispuse a bajar la caja, que resultó ser la más pesada, por lo que me tomé más tiempo.

Cuando logré llegar al piso firme, giré hacia su escritorio, y entonces la vi: arrodillada en el piso, con el culo alzado descaradamente, mostrando sus bragas negras, Susana buscaba – o fingía buscar – algo bajo su mesa.

Aquello fue suficiente para mí, era evidente que aquello era normal. Mi mente y mi verga ya se comenzaban a hacer a la idea de que aquella tarde me follaría aquel culazo, independientemente de que eso significara engañar a mi esposa – no sería la primera vez – y que Susana le pusiera los cuernos a su marido.

Pese a que estaba decidido, actué con cautela.

– ¿Dónde coloco la caja? – pregunté, calculando la seriedad suficiente para pasar desapercibida mi emoción pero no tanta como para incomodarla.

– Sobre el escritorio – respondió – Estoy buscando una hoja que se me cayó.

Aquello resultaba de lo más sospechoso por dos motivos: no hacía falta colocarse en aquella posición para buscar ningún documento y sobre el escritorio sólo se encontraban las mismas carpetas que ella estuvo revisando desde un inicio.

Decidí no mantener más el suspenso – que, dicho sea de paso, me estaba matando por dentro – y me arrodillé junto a ella. Debajo del escritorio no había nada, y eso era evidente a primera vista.

Me puse de pie, ya había tomado mi decisión.

Me coloqué tras Susana, quien continuaba arrodillada pero ya ni siquiera simulaba buscar nada.

Y entonces mis manos se posaron sobre su culo.

Sentí cómo su cuerpo se enfrió, y el mío también. La adrenalina estaba en su máxima intensidad. Fuera de eso, ella permaneció inmóvil.

– Susana… – murmuré, con un tono lo más normal posible.

– ¿Qué pasó? – dijo ella, con evidente nerviosismo.

– Quiero que sigas buscando la hoja que se te perdió.

– Sí – dijo ella, incapaz de articular más palabras.

Era mía. Con mis pies la hice separar más las piernas, y estas obedecieron sin chistar. Me arrodillé tras sus nalgas, que aún se elevaban hacía mi, dispuesto a darme un manjar.

Mis manos volvieron a posarse sobre su culo, tanteándolo y disfrutando de su textura; se veían las líneas de sus estrías que se perdían bajo su falda, lo que la volvía más autentica. Decidí explorar más terreno; comencé a alzar su falda, dejando más de sus bragas a la vista. Susana apenas respiraba, permanecía inmóvil mientras mis dedos recorrían la piel de sus zonas más intimas pero no pudo evitar temblar de los nervios, de modo que la piel de su culo vibró.

Sus bragas, de toda una señora, quedaron en todo su esplendor cuando terminé de alzar su falda de vestir, arrinconándola hasta su cintura. Sus glúteos eran grandes y preciosos. Bajé la cabeza; besé su nalga izquierda y después la derecha, continué hacía el centro y presioné mi nariz contra sus bragas, a la altura de donde debía hallarse el ojete de su culo. Aquello la hizo estremecerse de nuevo.

Regresé a la realidad y recordé que no había tiempo para jugar lento. Quizás otro día.

Tomé los limites de sus calzones y los deslicé hacia abajo, sin que ella interpusiera la menor resistencia.

Tal como lo imaginé, su coño estaba rebosante de sus jugos; Susana estaba completamente excitada y no pude evitar dirigir mi boca directamente a su mojada concha. Ella suspiró cuando la punta de mi lengua rozó por primera vez los labios exteriores de su sexo.

No tardé en restregar mis labios contra su coño, maquillándome el rostro con sus fluidos. Mientras seguía lamiendo su coño, sentí cómo las piernas y nalgas de Susana vibraban de nervios y excitación; de pronto, unos dedos se introdujeron en mi boca, pues la mujer se había estado masturbando y ahora pasaba a saludar a mi boca, acariciando mis dientes. Respondí a su gesto mordiendo suavemente las puntas de sus dedos, antes de que ella volviera a magrearse el coño y yo a mi tarea de lamerle la entrepierna.

En su momento, reemplacé sus dedos con los míos, y pude sentir como justo arriba de sus labios vaginales había unos delicados vellos, los cuales acaricié como a un gatito.

No quise desperdiciar la oportunidad de chuparle el ojete de su culo, al que había estado echándole ojo desde hacía un rato. Ella, instintivamente, apretó las nalgas cuando sintió mi la humedad de mi lengua pasándose sobre las arrugas de su esfínter, pero pronto se relajó y me permitió continuar.

  – ¡Qué rico! – murmuró, con la cara recargada de lleno sobre el piso por la posición han inclinada con la que me ofrecía el culo.

Yo decidí darle más placer, y deslice mi lengua a lo largo y ancho de su ojete, introduciendo de vez en cuando mi lengua en su madura pero limpia – y al parecer inmaculada – entrada de su culo.

Cuando me sacié, le di dos palmaditas a su nalga derecha, y ella captó de inmediato la orden: se enderezó, se dio la vuelta – aún de rodillas – y me miró. Era la primera vez que nos mirábamos desde que decidimos hacer todo aquello; temí que aquello la hiciera entrar en razón y parar, pero en vez de ello dirigió sus manos a mi entrepierna y apretujo a través de mis pantalones la endurecida verga que rogaba salir.

No duró mucho nuestro intercambio de miradas, comenzó a besar la tela de mi pantalón a la altura de mi falo a la vez que desabrochaba desesperadamente mi cinturón; yo estaba ya más que sudado, así que comencé a desabotonarme la camisa.

Cuando pudo, bajó de golpe mi zipper y sin esperar más me bajó mis calzoncillos con todo y pantalones. Ella tenía su rostro tan pegado a mí que mi endurecida verga cayó y golpeó su frente. Ella rió, como una loca, e inmediatamente se apoderó de mi tronco con sus manos y se lo llevó a la boca.

 – Qué verga tan deliciosa – me dijo, mirándome a los ojos, antes de regresar a la faena.

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