Me follé a mamá el día de su boda [Parte 1]

Revisa el final de este relato en:
Me follé a mamá el día de su boda [Parte 2, final]

La historia que estoy a punto de contarles ocurrió hace tres semanas y definitivamente cambió mi vida, al grado de que hoy mismo no estoy seguro de cómo será el rumbo del resto de mi existencia.

Mi nombre es Rodrigo, mi padre murió cuando yo era muy pequeño, víctima de un accidente de trabajo durante la construcción de un puente. Como era un ingeniero de buen nivel y trabajaba para el gobierno nacional, le otorgaron una pensión vitalicia a mi madre.

Hoy comprendo que aquella pensión sólo representaba una porción del verdadero sueldo que recibía mi padre y, aunque resultaba de buena ayuda, no fue suficiente para los gastos que mi hermana menor y yo representábamos para mi madre.

Muchas veces reproché a mi madre que trabajara – aunque sólo lo hacía medio día, siempre que podía – pues creía que ella recibía por mi padre la misma cantidad de cuando estaba con vida; hoy entiendo que ella nunca me explicó el verdadero monto de la pensión, para que mi hermana y yo no creyéramos que la muerte de mi padre había sido en vano.

A mí no me gustaba que mi madre, llamada Julieta, trabajara, porque ella siempre ha sido muy hermosa y yo la celaba. Mi padre siempre fue celoso también, hasta donde recuerdo, y esa actitud – injusta, lo sé ahora – fue transmitida a mi tras su muerte.

De niño mi actitud debió parecerle casi tierna a mi madre – quien entonces no daba el menor rastro de tener ni siquiera amistad con ningún otro hombre – pero conforme yo entré en la adolescencia me volví extremadamente insoportable.

Discutía constantemente con ella, como si fuéramos una pareja disfuncional. Era tan tonto, que le reprochaba de cosas que ni siquiera me constaban y que sólo eran fruto de mi inventiva.

Ahora comprendo lo castrante que debí ser entonces; y puedo imaginarme lo feliz que debió estar mi madre cuando conocí a Aurora y me enamoré por primera vez. Sólo entonces dejé en paz a mi madre, y comprendí todos los sacrificios que había hecho por nosotros.

Cuando, buscando otro documento entre las carpetas descubrí los ínfimos montos que recibía ella como pensión, entendí que en las ocasiones en la había acusado de avara debí verme como un idiota.

Por eso, cuando mi madre nos presentó a Julián, su prometido, no tuve ningún problema en felicitarlos, al igual que Yadira, mi hermana. Mi madre se había sacrificado casi 15 años, entregada a nosotros, hasta que mi hermana estaba inscrita en la universidad y yo ya trabajaba como ingeniero en robótica para una fábrica de aparatos de línea blanca.

Julián era muy distinto a mi padre; su manera de ser era mucho más refinada y por un momento imaginé que mi madre extrañaba a sus hijos y por eso había decidido buscar alguien más a quien cuidar.

Pero, pese a su forma de ser, era justo reconocer que Julián era un médico de lo más respetable, bastante reconocido en la ciudad y un buen tipo en general.

Poco puedo decir de la preparación de la boda. En ese tiempo tuve que asistir a la fabrica incluso los domingos, cubriendo turnos extra para hacer espacio y solicitar unas vacaciones de una semana que usaría para la boda y los días posteriores.

Sólo sabía que Yadira y Aurora ayudaban a mi madre en la organización cada vez que podían escaparse de sus clases y su trabajo. De modo que no fue hasta un día previo a la boda que volví a ver a mi madre.

De la boda no daré muchos detalles. Se trató de una misa y posterior celebración en un restaurante con una pequeña capilla y una amplia plataforma a la orilla del río que cruza la ciudad.

A propósito de la historia, sólo cabe mencionar el ridículo que hice cuando me tocó dedicar unas palabras a los recién casados.

Entre nervios y mi natural pavor al público sólo pude felicitarlos con frases entrecortadas y bastante genéricas. El discurso que había planeado con anticipación, bastante emotivo pero fundamentalmente sincero y de corazón, simplemente no pudo concretarse.

En ese momento, recuerdo, posé mi mirada en la de mi madre, y pude percibir que ella comprendía las palabras que de mi boca no salían.

El resto de la noche fue todo fiesta. Los amigos de Julián no sólo eran reconocidos médicos y profesionistas sino también borrachos empedernidos.

El pobre, que parecía el único de su grupo que no estaba acostumbrado a embriagarse, terminó cayendo al suelo y no faltó quien sugirió llamar a una ambulancia ante su deplorable estado.

Sin embargo, no era otra cosa que una monumental borrachera. Al final, no tuve más remedio que ayudarlo a subir a su coche y llevarlo junto con mi madre a su casa.

No era lo que yo hubiera querido, puesto que Aurora y yo habíamos reservado un cuarto de hotel muy bonito, en el que pensábamos pasar la noche juntos.

El recién casado iba recostado atrás, mientras mi madre me acompañaba como copiloto. Ella no decepcionó, e iba con su acostumbrada sonrisa, a pesar de la situación.

También ella había bebido más alcohol de lo habitual, y yo cargaba algunas copas de más encima, por lo que rogué no cruzarme con algún policía de tránsito.

Conocía la casa de Julián, era bonita y grande, pero estaba a una hora del centro de la ciudad, por lo que sabía que no encontraría taxi de regreso fácilmente y no me apetecía volver en el coche, cuyos asientos traseros ensució de vómito apenas entró.

Para no escuchar los gruñidos de Julián, encendí la radio; aquello, descubrimos después, fue mala idea, pues no pudimos percatarnos que el muy pillo se había filtrado entre su smoking una botellita de vodka. Debió habérsela terminado, porque cuando por fin llegamos estaba completamente inconsciente. Tuve que valerme de todas mis fuerzas para cargarlo hasta su recámara.

Cuando dejé caer a Julián sobre la cama, me imaginé que el movimiento brusco lo despertaría, pero ni siquiera eso fue suficiente para que dejara de roncar. Nunca había visto a alguien tan borracho.

– No me va a dejar dormir con esos ronquidos – dijo mi madre.

– ¿No sabías que roncaba?

– Las veces que he dormido con él nunca ronca, debe ser lo borracho.

Estaba pensando cómo despedirme ya de mi madre, pues quería regresar con Aurora, pero entonces mi madre dijo:

– Ni hablar, dormiré en el cuarto que tiene para las visitas – decidió – Antes de que te vayas, ayúdame a colocar la cama; Julián la mete en el closet porque ahí hace sus ejercicios.

– No entiendo.

– Ahora lo verás.

Efectivamente, dentro de un closet amplio estaba una cama de metal y un colchón individual. Apenas y cabía en el mueble, por lo que costó maniobrarla.

Mientras la acomodaba, mi madre me explicaba que Julián hacía unos ejercicios “tipo yoga” en el piso de ese cuarto. Después, mientras yo arreglaba una pata de la cama a la que se le había zafado una pieza de plástico que la nivelaba, mi madre salió por algunas de sus cosas.

Fue en ese momento cuando un mensaje de texto llegó a mi celular; era Aurora, quien había escrito: “Dormiré con Yadira en casa de tus papás; si tienes que quedarte con tu madre hazlo. Si vienes me avisas, no importa que me despiertes”.

Estaba a punto de escribirle que me esperara, cuando en ese momento regresó mi madre con su toalla, ropa de dormir, su teléfono celular y las sábanas y almohadas para la cama. Para entonces ya se había quitado otra capa de su vestido de novia; y ahora sólo quedaba una especie de vestido interior que, sin embargo, aún parecía un vestido de novia aunque en una versión bastante más atrevida.

Y ahí fue cuando cometí mi primer error, aunque en mi defensa puedo decir que fue prácticamente inconsciente. Sencillamente, mis ojos recorrieron las formas de su cuerpo, mientras ella acomodaba y preparaba la cama en donde pasaría la noche.

En ese momento, recuerdo, mis ojos se concentraban en la forma interior del vestidos, pero de vez en cuando mi mirada desafiaba los límites, y recorrían las piernas y pechos de mi madre.

Era indiscutible que, a pesar de su edad, aún guardaba una belleza natural a través de su lindo rostro y su bien conservado cuerpo. El hecho de que se tratara de mi madre no invalidaba la posibilidad de que pudiera admirar sus formas; iluso, en ese momento, no imaginaba que pronto esa admiración se convertiría en un ciego deseo.

Cuando miraba la cueva que se formaba entre sus pechos, alcé mis ojos y me encontré repentinamente con los suyos: me había atrapado mirándola. Seguramente debí ponerme rojo, pero ella sonrió maternalmente por toda respuesta.

En todo caso, yo estaba completamente apenado con la situación.

– ¿Qué pasa? – me preguntó.

Su mirada reflejaba tal calidez y confianza que no supe qué decirle; era obvio que no me estaba juzgando, pero yo aún quería borrar de su mente aquel bochornoso instante.

Entonces cometí mi segundo error de aquella noche.

– Sabes… – le dije – …me dio mucha pena dar mi discurso hace un rato, frente a tanta gente, pero en verdad había planeado uno muy bueno.

Y de pronto, memoria e inspiración se unieron, y de mi boca salió todo lo que debí haber dicho durante la fiesta. Emití aquel discurso con la intención de enterrar el bochornoso momento de hacía un rato, pero también con la sincera determinación de decirle a mi madre lo que sentía y los buenos deseos que tenía para ella y su nuevo esposo.

Le hablé sobre lo mucho que la amaba, sobre los momentos difíciles pero también aquellos instantes de felicidad; le narré sobre momentos que seguro ella no recordaba, pero ante los que sonrió cuando se los mencioné.

Cuando estaba a punto de terminar, ambos teníamos las lagrimas a punto de derramarse sobre nuestras mejillas. No sé de dónde saqué las fuerzas para haberle dicho aquello, pero sentí un peso menos.

Ella simplemente se acercó a mí y nos dimos el abrazo más fuerte que jamás habíamos compartido. Y ahí fue cuando todo se descontroló.

Podría decir que todo fuera culpa mía, pero mentiría al asumir que ella no tuvo nada que ver con lo que pasó después; hasta la fecha no hemos platicado sobre aquella vez, pero es como si un acuerdo inesperado se hubiera hecho apenas nuestros cuerpos se juntaron.

Mientras la abrazaba, sentí una sensación extraña. Fue como si de pronto ese abrazo tomara una esencia distinta. Supongo que ella debió sentir lo mismo. Sus brazos y los míos se tensaron, aumentando la fuerza de nuestro abrazo. Ninguno hablaba.

Podía escuchar su respiración, y la mía propia. No me atrevía a separarme porque no quería que ella creyera – o supiera, mejor dicho – que su cercanía me había incomodado.

Así estuvimos durante segundos que parecieron horas, en ese tiempo, me dije a mi mismo: “Rodrigo, lo que creas que estés pensando no es cierto. No está pasando y no va a pasar”.

Entonces sentí la cabeza de mi madre alejándose de mi hombro; ahora podía ver sus ojos. No estaba sonriendo, pero me miraba como nunca lo había hecho, mis ojos recorrieron en milésimas de segundos sus iris oscuros y refinados, su nariz aguileña – pero bonita – y sus labios enrojecidos por el labial – y por lo que fuera que estuviéramos sintiendo en ese momento – me hicieron sentir que estaba frente a una persona desconocida.

– Rodrigo… – dijo, en un murmullo apenas perceptible

Entonces ocurrió, mis labios buscaron los suyos y los encontraron; su boca correspondió a la mía y el pacto se selló.

Como si fuera una danza, en la que cada quien debe dar el siguiente paso, su lengua suave y dulce se abrió paso hasta mi boca. Nunca imaginé que mi madre besara de aquella forma, porque nunca antes me había pasado por la cabeza que algo así pudiera ocurrir.

Entonces seguí yo, en aquel vals que nos hundía más y más en una fosa de arenas movedizas. Mis manos, que estaban en su espalda, se deslizaron peligrosamente hacía sus nalgas, sin hallar resistencia alguna. En vez de eso, ella respondió colocando sus manos en mi pecho.

Cuando lo analizo hoy en día, comprendo que, más que el deseo, lo que nos impulsaba era el miedo. Ella y yo temíamos detener aquello y entonces tener que dar explicaciones. Cubríamos nuestros errores con más errores, cada vez peores.

No tardaron mis manos en apretujar sus nalgas, dos pedazos de carne cálidos y grandes, con una dureza en su interior pero una suavidad en su superficie. Pude sentir, incluso, la piel de sus glúteos encrespándose conforme las yemas de mis dedos la recorrían.

Mientras mis manos disfrutaban acariciando su culo, las suyas ya se encontraban estrujando mi endurecida verga a través de la tela de mi pantalón. En ese momento, comprendí, ya no había marcha atrás.

Comencé a avanzar, empujándola poco a poco a la orilla de la cama; cuando llegamos, bastó un pequeño empellón para obligarla a sentarse en el borde de la cama.

Como el colchón estaba más bajo que en una cama normal, el rostro de mi madre quedó a la altura de mi ombligo.

No perdió el tiempo, y comenzó a desabrochar mi camisa mientras yo, sin sabes en qué ocupar mis manos, comencé a acariciar su cabello y su rostro.

Aquel, recuerdo, fue el momento más incomodo; cualquier comentario hubiera arruinado todo, por lo que tuvimos que permanecer en silencio mientras mi madre descubría mi pecho, besaba mi abdomen y me retiraba la camisa antes de pasar sus manos a la hebilla de mi cinturón.

Mientras mi madre se deshacía de mis pantalones, tomándose aún el tiempo de desatarme y retirarme los zapatos, me pregunté si acaso me mamaría la verga.

Irónicamente, estaba dispuesto a follármela pero la idea de verla llevándose mi falo a su boca me asustaba, porque era un pensamiento que no podía transmitir a la imagen de mi madre.

El dilema no tardó en resolverse; vestido únicamente con mis calzoncillos, mi madre acarició el bulto que se formaba en estos. Mi pene estaba a reventar, y apuntaba furioso al rostro de mi madre.

Ella besó suavemente mi verga, atrapada bajo la tela, y entonces llevó sus manos a las orillas de mis calzoncillos y los hizo descender.

Mi endurecido falo se levantó como una fiera; el glande apuntaba hacia el rostro de mi progenitora, quien observó detenidamente cada parte de mi entrepierna.

Sus ojos pasearon desde la punta de mi pene, recorriendo con su mirada hasta las venas que surgían a lo largo de mi tronco; entonces, llevó su cálida mano al frente y se apoderó de mi verga con suavidad, pero con una determinación resuelta.

Masajeó brevemente mi falo, antes de apretujar mis testículos con suavidad y sentir las caricias de mis vellos púbicos en la palma de su mano.

– Es como la de tu padre – determinó, y aquella revelación me provocó sentimientos encontrados.

Escuchar a mi madre después de minutos de silencio fue tan inesperado que incluso temí que Julián despertara y nos hallara. Eso me hizo recordar que la puerta estaba entrecerrada, me acerqué con cuidado a esta y la cerré lentamente, cerciorándome que el seguro estuviera colocado.

Cuando volteé de regreso, mi madre se acomodaba el vestido para poder quitarse sus calzones; yo me acerqué a ella y la ayudé, desaté algunos listones que impedían alzar la parte interior del vestido.

El corsé lucía incomodó, pero cuando intenté desatárselo y quitárselo, mi madre me detuvo, me tomó las manos y las dirigió a su entrepierna.

– Así déjame – susurró, con su típica dulzura de madre.

No tuve más remedio que continuar, ella se recostó sobre la cama, alzando una de sus piernas cuyo pie lo mantuvo sobre la cama.

Acaricié su entrepierna, donde descubrí lo humedecido que se hallaba el frente de sus bragas de encaje. Eran los calzones perfectos para una novia; pensé que debía ser su nuevo marido quien tuviera que haberlos visto, humedecido y retirado, y no yo, su hijo.

Hice a un lado esos pensamientos, tomé los costados de sus bragas y los comencé a deslizar en dirección a sus pies.

Ella alzó su otra pierna, para que ambas se alinearan y le allanaran la retirada a sus bragas; cuando por fin se liberó de su calzón, mi madre se recostó completamente en el colchón y abrió sus piernas como una flor.

Su coño era precioso; resultaba evidente lo poco que había follado en todos estos años. Era una vagina cerrada a primera vista, pero cuando mi mano se acercó a acariciarla, se abrió como una mariposa rosada y húmeda.

Alcé la mirada y la vi a los ojos, sólo para recordar que era mi madre de quién se trataba, ella me sonrió, pero me desconcertó ver unas tímidas lagrimas inundando sus ojos; estaba avergonzada, y a estas alturas se daba cuenta de ello.

Pensé rápido, entendí que debía hacerlo, o si no aquello se iba a convertir en un infierno que se instalaría en nuestras mentes para siempre.

Decidido a convertir su pena en placer, me acomodé sobre ella, separando cuidadosamente sus hermosas piernas; tomé mi verga con firmeza, y la acerqué a la entrada de su concha.

Y entonces la penetré; sus manos se dirigieron a mi espalda y me abrazaron con fuerza cuando sintió mi falo entrar hasta el fondo.

Las milésimas de segundo que estuve dentro parecieron eternas; pude sentir la calidez y la humedad de su interior.

Entonces deslicé mi tronco hacia afuera, y de nuevo volví a penetrarla; así continué unos segundos, y cuando aquello tomó el ritmo adecuado, mi boca comenzó a buscar la suya.

Aunque los besos sirvieron al principio como un amortiguador de nuestros errores, pronto comenzaron a convertirse en la leña de nuestra pasión.

Sus besos pasaron de dulces y suaves a movimientos gruesos y mordidas, conforme la intensidad de mis embestidas acrecentaban.

De esa manera, nuestros tímidos movimientos comenzaron a convertirse en un sexo cada vez más salvaje; así pasaron más de cinco minutos.

Para entonces todo era una verdadera locura; ambos follábamos como animales en celo, sin ningún tipo de remordimiento. No fueron pocas las veces que nos mirábamos directamente a los ojos, pero lejos de detener todo aquello aumentábamos la intensidad de nuestros movimientos.

Pese a la imagen casi santificada que tenía hasta entonces de ella, resultó ser bastante hábil en las artes del sexo; no cabe duda que un hijo tiene mucho que aprender de su madre.

Con movimientos de su cadera, guiaba el ritmo y velocidad de mis embestidas, de manera que mantenía hasta cierto grado el dominio de todo; sin embargo, en determinado momento, la tomé de las caderas para controlar sus movimientos, inmovilizándola mientras aceleraba repentinamente la intensidad de mis movimientos.

De esa forma, incapaz de frenar mis arremetidas, mi madre tuvo que soportar el doloroso placer que mi verga provocaba entre sus piernas.

– ¡Despacio! ¡Rodrigo, despacio! – rogó, al tiempo que me miraba con unos ojos rabiosos y una boquita deformada por el placer.

Intentó detenerme en vano, así que sus manos se dirigieron a la cama, donde se conformó con apretujar las sabanas entre sus dedos a fin de soportar mis embestidas.

Yo dejé sus caderas y llevé mis manos a la altura de su pecho, donde apretujé sus tetas a través de la tela con encajes de su vestido de novia. Tenía ganas de desnudar sus pechos, pero era una especie de corsé que debía desatarse por la espalda.

Frustrado, alcé su espalda rodeándola con mis manos, mientras mi cuerpo descendía hasta que mi boca se unió a sus labios. Mientras seguía penetrándola, nuestras bocas intercambiaban besos al tiempo que nuestras lenguas exploraban y se abrazaban. Era besos por lo demás distintos, incomparables siquiera a los más intensos que haya tenido con Aurora.

Nuestros labios se despegaron y volví a enderezarme, me encantaba mirar lo que sucedía; a veces la miraba a los ojos humedecidos por el placer, y sus labios descompuestos por el placer, a veces veía su cintura tratando de guiar y controlar en vano la intensidad de mis embestidas.

Pero, sin duda, lo más precioso era ver sus piernas abiertas, donde sus labios vaginales se expendían y contraían para dejar entrar y salir todo el grosor y longitud de mi verga.

Me daba morbo pensar que aquel coño, por donde alguna vez yo había nacido, ahora era castigado sin piedad por mi endurecida verga.

– ¡Dios! – dijo de pronto mi madre, abrazándome – ¡Joder, me estoy corriendo! ¡Rodrigo, me estoy corriendo!

Aquello me calentó hasta los limites, por lo que también la abracé, mientras seguía bombeándola.

– ¡No te detengas! ¡Rodrigo no te detengas por favor! – rogó, y yo obedecí encantando, mientras sentía como mis mete y saca que facilitaban por un aumento repentino de jugos vaginales en el coño de mi madre.

Así me mantuve, hasta que poco a poco fui descendiendo la velocidad conforme mi madre iba relajándose. Su boca mordía uno de mis hombros con suavidad.

Como ya la tenía perfectamente abrazada y rodeada con mis brazos, decidí incorporarme, alzándola con mi verga dentro.

Ella se asustó un poco con ello, pues apenas se recuperaba del orgasmo; no pesaba, y yo también me vi sorprendido por lo ligera y frágil que parecía.

En aquella posición, de pie, se me hizo difícil seguirla bombeando, pero entonces tomó la iniciativa y me rodeó con sus piernas y comenzó a dar saltitos sobre mi verga, ayudándose de sus nalgas, que chocaba contra mis muslos para moverse.

Aquella posición, aunque cansada, me permitía penetrarla más profundo, además de que mis manos podían apretujar con más libertad sus hermosos glúteos.

Mientras ella se movía, las puntas de mis dedos rozaban la entrada de su culo, lo cual me provocó un morbo que mantuve en silencio.

Sentía las grietas que se formaban alrededor de su ojete, y me imaginé lo excelente que sería poder besar y lamer aquel esfínter.

Decidido a ello, y cansado de aquella posición, la hice bajar, voltearse y recostarse boca abajo sobre la cama. Una vez ahí, bastaron una suaves nalgadas para que mi madre entendiera que debía alzar su culo.

Ella lo hizo con determinación, pero lentamente, de modo que pude ver cómo poco a poco sus preciosas nalgas se alzaban y abrían, hasta aparecer su coño y su ojete listos para mí.

Entonces acerqué mi rostro a su culo, primero besé su espalda baja, y después llené de lengüetazos cada una de sus nalgas; pero mi objetivo final pronto se concretó.

Furtivamente, recorrí con mi lengua el canal que se formaba entre sus nalgas, hasta llegar a la entrada de su culo.

Mi lengua se pegó a este como un imán, y pronto le propiné el beso negro que tanto deseaba.

– ¡No! – gritó ella, incorporándose de inmediato.

Hizo ademán de abofetearme, pero se detuvo en el acto. Yo me asusté porque, cegado por el placer, jamás esperé aquella reacción, aunque entendí de inmediato que era merecida.

Cruzamos las miradas, y pude ver en su rostro aquellas muchas ocasiones en que ella – desde que era yo un niño – me regañaba o discutía conmigo.

– ¿Por qué hiciste eso? – me reclamó, pero yo permanecí en silencio.

Ella sopló aire, molesta, y volvió a preguntarme:

– ¡¿Por qué no me avisaste?!

De nuevo me quedé callado, y ella se rindió y volvió a recostarse, boca abajo, pero esta vez sin alzar su precioso culo y mirándome de reojo.

Realmente me sentía regañado, y nervioso por aquella reacción; hasta pensé si debía pedirle permiso para continuar. Me sentía completamente tonto, como un niñito de mamá, y sabía que todo aquello había llegado a su fin.

Ella debió notar mi situación pues, aunque alejó su mirada de la mía de nuevo, volvió a empinar su culo. Entonces, como yo no reaccionaba, llevó una de sus manos a su culo, y acarició una de sus nalgas.

Sólo de esa manera comprendí que debía continuar, aunque me quedé pensando si mi madre me estaba dando permiso u ordenándolo.

Me coloqué detrás de ella, llevé mis manos a sus caderas y apunté mi verga a su coño.

Entró con facilidad, y esta vez – cabreado, lo admito, por el regaño – aceleré de inmediato la intensidad de mis embestidas.

Ella no tardó en intentar detenerme, pero ante cualquiera de sus intentos recibía de mi una sonora nalgada.

– ¡Rodrigo! ¡Ayy! ¡Rodrigo! ¡¿Qué haces?! ¡Aaaay! – decía, pero yo no me detenía.

No le quedó más remedio que enterrar su cabeza entre las sabanas, soportando la intensidad de las embestidas con las que castigaba a su coño.

Pero su contrariedad no duró mucho; pronto, los movimientos de mi verga dibujaron una abierta sonrisa en su rostro.

No estoy realmente seguro, pero resultaba evidente que mi madre se había corrido de nuevo. En determinado momento, se enderezó un poco con sus manos, mirándome de lado y mostrándome su sonrisa deformada de placer.

Mi madre se veía tan guarra, era una verdadera perra, pensé, ¡mi perra! Y seguí follándomela, mientras ella misma movía su culo para tragarse por completo mi verga.

– ¡¿Te gusta?! – pregunté, mirándole a los ojos con lujuria – ¿Te gusta cómo te follo? – añadí.

Ella me miró unos segundos, hizo más amplia su sonrisa de guarra y comenzó a mover la cabeza afirmativamente.

– ¡Sí! – dijo al fin – ¡Sigue follándome! ¡Sigue follándome, por favor, por lo que más quieras follame!

Sus manos apretujaban las sabanas, y sus nalgas y piernas estaban tensas cuando sentí los latidos de mis testículos a punto de eyacular.

Pese a la sensación de placer insoportable que comenzó a recorrer mi verga, seguí moviéndome enérgicamente, machacándole la concha, que salpicaba fluidos con cada mete y saca.

Entonces no pude más, el orgasmo me atrapó con mi glande fuera; no pude meterlo, por lo que mi leche salpicó con fuerza sobre las nalgas, espalda, coño y la entrada del culo de mi madre.

El placer me obligó a detenerme, por lo que la punta de mi verga quedó sobre el ojete del culo, chorreándole mi leche encima, como si se tratara de una alcantarilla.

Alcé la mirada, mirando a la luz de la bombilla.

– ¡Uffff! – suspiró, con un timbre de voz que me sonó irreconocible – ¡Qué rico!

Cuando volví a mirar el culo de mi madre, me di cuenta de que había dejado un verdadero desastre, la mayor parte de mi semen había brotado sobre la entrada de su culo, y desde ahí se deslizaba lentamente entre sus nalgas, hasta su espalda, y entre sus piernas, hacía sus coño.

Mi leche entraba entre los bordes de sus labios vaginales, mientras, ahora sobre su nalga izquierda, mi pene reposaba mientras perdía dureza.

Ahora estaba aterrado; era como una borrachera que había terminado. Cuando nos miráramos, ya no podríamos ocultarnos entre el placer del sexo, y tendríamos que vernos cara a cara, madre a hijo.

Ella permanecía recostada, con el culo alzado pero la cara sobre el colchón, sin atreverse a girar el rostro y mirarme. Debía estar pensando lo mismo que yo.

Me sentía tonto, sabía que tenía que decir algo, pero no pude. Me alejé de ella, quien permaneció en la misma posición, mostrándome aquel bello espectáculo que, sin embargo, ya no podía disfrutar de la misma forma.

Movió su cabeza, dejando su rostro de costado y uno de sus ojos se cruzó con los míos. Parecía seria, y estaba a punto de decir algo cuando un fuerte y repentino sonido se escuchó fuera.

Ella se incorporó de inmediato, me miró a los ojos, asustada, y me dijo:

– ¡Julián despertó!

CONTINUARÁ…

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