Sexo con mi intrigante vecina madura [Parte 1]

Revisa el final de este relato en:
Sexo con mi intrigante vecina madura [Parte 2, final]

Hola, mi nombre es Rubén y tengo 24 años. Estudio ingeniería electrónica, me faltan unos meses para titularme – tuve que repetir un año porque ingresé a un diplomado en robótica -, y lo que vengo a contarle me sucedió hace aproximadamente dos meses.

Como yo no soy de la capital, he estado rentando en varios cuartos de bajo costo de diversas colonias. Desde hace seis meses tuve que cambiarme a un cuarto más pequeño – aunque más cercano a mi campus – debido a que mi ex compañero de cuarto regresó a su ciudad natal y yo no pude seguir pagando el costo del anterior departamento.

El nuevo cuarto es más que suficiente para mi, aunque la zona es más ruidosa, por la cercanía de la avenida principal y, además, por mi vecina.

Ella es una mujer bastante misteriosa, inicialmente creí que tenía marido, pero después comprobé que ni a novio llegaba, o al menos no resultaba evidente. Luego me pregunté si era estudiante, aunque descarté la idea pronto, debido a su edad; finalmente, descubrí que trabajaba en un banco, como ejecutiva de caja.

Aunque luce joven, debe tener ya más de 30 años, incluso 35, y siempre me pregunté como una mujer tan guapa como ella no tenía pareja.

Ella es de piel clara, con un cabello de ondulado natural pero teñido de rojizo; a primera vista tiene buen cuerpo, pero por lo general sólo la había visto con su uniforme holgado del banco, por lo que no podía apreciar las verdaderas características de su cuerpo.

En contraste con la discreta manera de llevar su vida, Lucero – como se llama ella – tiene la pésima costumbre de escuchar música con el volumen alto en plena madrugada. Admito que sus gustos musicales no son muy distintos a los míos, pero resulta realmente molesto cuando se intenta dormir.

Como vivimos en el último piso, y su reproductor está pegado a la pared que la separa de mi cuarto, el resto de los vecinos parece no tener problemas con el ruido.

Aunque traté de ser paciente, hay ocasiones – en tiempos de examen, generalmente – que yo no puedo darme el lujo de desvelarme, por lo que no tuve más remedio que confrontarla.

Toqué a su puerta y tardó casi un minuto en abrirme, aunque sin quitar la cadena del seguro.

– ¿Qué sucede? – me dijo, mirándome a través de la puerta entreabierta.

– Necesito dormir – le dije.

– ¿Y no tienes cama en tu cuarto? – preguntó, irónica.

Yo omití la burla, y me dediqué a explicarle los motivos de mi demanda. Ella pareció escucharme sin mucha atención, aunque en determinado momento preguntó.

– ¿Y qué dices que estudias?

– Electrónica.

– Y supongo que sabes arreglar aparatos electrónicos.

– Sí.

– Podrías resultar útil entonces – dijo, antes de cerrar la puerta para quitar el seguro de la cadena.

Aquello me dejó extrañado, pero el impacto vino cuando ella abrió la puerta por completo.

Delante de mí, vestida apenas con una blusa verde sin mangas, que dejaba ver las grandes dimensiones de sus tetas, así como un shortcito de tela para dormir, que apenas pude ver de un vistazo, Lucero se apareció ante mí de una forma inesperada y nunca vista.

– Fíjate que tengo un problema con el aire acondicionado – dijo, ignorando cualquier reacción mía, y dándome la espalda al tiempo que se alejaba de la puerta.

Esa situación me dio oportunidad de admirar el precioso trasero que lucía en aquella atrevida prenda. Yo estaba sin aliento, nunca la había imaginado de aquella manera.

De pronto detuvo su marcha, giró el rostro – no sé si alcanzó a ver mis ojos mirando su culo – y me dijo:

– ¡Bueno! ¿Vas a pasar o no? Es sólo para que le eches un vistazo y me digas si puedes repararlo.

– Realmente tengo que dormir – le dije – Ya son más de las 11 de la noche.

Ella apretó los labios, un tanto defraudada. En mi mente, no dejaba de pensar: “Eres un imbécil, eres un imbécil, ¿cómo se te ocurre decir eso?”.

Entonces lo corregí de inmediato:

– ¡Bueno! Puedo evaluarlo, pero me refería a que no podré repararlo hoy mismo. Debo saber qué tiene.

Ella me miró en silencio por varios segundos, soltó una corta risa irónica y volvió a caminar al fondo, hacía su recamara.

– ¡Yo no sé en qué momento dije que debías repararlo hoy mismo! – gritó una vez que cruzó la puerta de su cuarto – ¡Entra y cierra la puerta!

Esta vez obedecí sin chistar, y me dirigí nervioso a su cuarto. Cuando llegué, ella estaba junto a la ventana, donde se hallaba el aparato.

Ahí, me explicó que el aire acondicionado había ido reduciendo su eficiencia paulatinamente desde hacía unas semanas. En aquel momento, dijo, apenas y enfriaba.

Pese a que no podía dejar de admirar su belleza, realmente logré centrarme en el asunto del aparato. Probé su funcionamiento, y concluí que aquello no parecía tanto un problema electrónico, sino más relacionado con el gas enfriador, aunque le advertí que primero tendría que abrirlo.

– Pero, si fuera lo del gas, ¿podrías arreglarlo?

– Sí – le dije, y no mentía, pues no sería la primera vez que solucionaba ese problema.

Entonces comenzamos a detallar más el asunto, ella me preguntaba los costos aproximados de los materiales que se necesitarían – si es que el diagnóstico se confirmaba – así como cuánto me pagaría.

Yo le cobré lo justo, y ella pareció estar de acuerdo, pues me contó que como la garantía había terminado, la agencia autorizada quería cobrarle demasiado.

Mientras conversábamos, pude verla más a detalle. Unas arrugas ligeras pero evidentes rodeaban sus hermosos ojos, era mayor de lo que yo creía, pero su cuerpo y su actitud eran juveniles. Me asustó la idea de enamorarme de una mujer mayor, pero también me resultaba intrigante.

Sin embargo, no me hice muchas expectativas. Después de todo, ella sólo estaba aprovechando mis conocimientos para salir de un apuro de forma más económica. Recordé que el hecho de que fuera fresca, e incluso amistosa conmigo, no significaba absolutamente nada.

Yo no me considero feo; soy alto, moreno y diría que hasta bien parecido, además de robusto y con algo de panza, pero sin llegar a ser gordo, pero la diferencia de edad era indiscutible.

De un momento a otro, ella comenzó a hablarme del resto de su casa; me disculpó por “el desastre que era su departamento”, aunque yo lo vi bastante bien arreglado, comparado con el mío.

Me dijo que, como era viernes, pensaba ordenar una pizza.

– ¡Es increíble que les hagan exámenes los sábados! – lamentó, en referencia a mí.

– En realidad no será tan complicado – mentí – Pero prefieren hacerlos los fines de semana para no afectar las horas de clase.

– Ni hablar – dijo – ¿Y ya estudiaste?

– Ya – le dije, mientras ella tomaba su teléfono y comenzaba a marcar a la pizzería.

Entonces guardé silencio, mientras ella ordenaba su pedido. De pronto, despreocupada, levantó su vista hacía mi y dijo:

– ¿Quieres quedarte a cenar? Pido una grande, dime rápido para decirle a la chica.

Aquello me tomó completamente por sorpresa, y no pude evitar titubear como idiota antes de responder.

– Emm, no sé, sí, ¡sí!; si no hay problema…

– Si te lo estoy diciendo es porque no hay problema – sentenció, antes de volver al teléfono.

Yo estaba realmente sorprendido, no soy tímido, pero la forma de ser de Lucero era completamente desconcertante, al menos para mi experiencia. Realmente estaba intrigado por ella; habían bastado unos minutos para que no dejara de pasarme por la cabeza qué clase de mujer era ella.

Cuando por fin colgó, apenas y me hizo caso. Se dirigió directamente al refrigerado.

– ¡No hay nada de tomar! – lamentó – Sólo cerveza; por mí está bien, pero no sé tú – añadió, volteando a verme.

Yo de nuevo titubeé, pero enseguida respondí:

– Una está bien.

– Qué bueno, no quería ir a la tienda.

Entonces se dirigió a una salita, y encendió el televisor; mientras elegía un canal, aproveché para echar un vistazo a su departamento. Lo bien que lo había arreglado lo hacía parecer más espacioso y cómodo.

La actitud de Lucero parecía despreocupada, pero el orden con el que vivía contrastaba con su forma de comportarse.

– ¡Me gusta esa película! – dijo – Dicen que fue un fracaso en taquilla, pero a mí me encanta.

En la pantalla aparecía King Kong, de Peter Jackson; a mí también me gustaba.

Le expliqué algunas cosas relativas a la escena de los tiranosaurios que había visto en un “detrás de cámaras” por YouTube. Aquello pareció interesarle, y por fin pudimos charla con mayor soltura.

Para cuando llegó la pizza, ambos ya platicábamos con normalidad. En realidad, era gracias a que yo iba perdiendo la timidez, puesto que Lucero era sencillamente magnifica y cautivadora.

Conforme íbamos devorando las rebanadas de pizza, también las cervezas se iban consumiendo; la lata que dije que iba a tomarse se convirtió pronto en cuatro.

Ella bebía más despacio, pero parecía disfrutar cada trago.

Entre las platicas comenzamos a conocernos más; ahí descubrí más de su trabajo, y ella más de mis estudios y de mi familia. Sin embargo, poco o nada habló sobre su vida familiar.

King Kong ya estaba terminando y, cuando los subtítulos aparecieron, Lucero – quien para entonces estaba recargada en mi hombre derecho – se incorporó, acercó su rostro al mío, y me besó.

Y ahí empezó todo. Obviamente yo quedé petrificado, así que Lucero tuvo que tomar mis manos y llevarlas a sus pechos.

Yo sentí el cielo en las palmas de mis manos; la sensación de sus senos, cálidos y suaves, al tiempo que nuestros labios se besaban accidentadamente, hizo que mi mente se nublara.

Yo había tenido sexo en varias ocasiones, con tres chicas distintas de mi edad; ninguna de aquellas experiencias se comparaba. Lucero no tardó en incorporarse, me colocó una mano para que me mantuviera sentado, y en seguida se colocó de rodillas sobre el sillón, atrapándome con sus piernas.

Sus enormes y preciosos pechos quedaron frente a mi; como no hice nada al respecto, ella misma tuvo que chocarlos contra mi rostro, lo que me hizo reaccionar y por fin me atreví a besarlos.

Ella colocó su mano maternalmente en mi nuca, suavemente, mientras mi boca besaba cada zona de sus tetas.

– No te puedo estar diciendo cada cosa que debes hacer – me dijo, con una pequeña sonrisa.

Aquello me sonó a regaño, pero también a la oportunidad de soltarme y disfrutarla; era verdad, pensé, ella y yo tendríamos sexo y no había nada que temer.

Pronto, mis dedos se unieron a mi boca en la exploración de sus tetas; a pesar de la tela del sostén y la blusa que las cubrían, podía percibir su calor y su aroma.

Ella me besó la frente, alejó sus pechos de mi rostro y volvió a buscar mis labios con los suyos.

En determinado momento, ella se alejó de mí, me jaló para que me pusiera de pie y me llevó de la mano hasta su recamara. Yo me movía como un autómata, obedeciéndola encantado.

Entramos a su cuarto, donde hacia un momento habíamos revisado el aire acondicionado; me hizo sentarme en la orilla, y volvió a colocarse frente a mí, con sus tetas de nuevo frente a mi cara.

Volví a besarlas, y ella jugueteaba con su boca sobre mi frente y mi cabello; esta vez mis manos entraron en razón y, perdiendo la timidez, se colocaron en sus caderas para dirigirse pronto hacia su espalda, y de ahí a su culo.

Ella no reaccionó en lo absoluto cuando mis manos apretujaron sus nalgas sobre la suave tela de algodón de su short.

Aquello me motivó a continuar. Estaba en el cielo, la mujer más hermosa del mundo estaba frente a mí y era mía.

Mis dedos se dirigieron al frente de su short, y desaté con bastante habilidad los cordones; cuando regresaron a su trasero, deslicé las telas hacía abajo, desnudando la mitad de sus nalgas.

Sentir la piel de su culo desnudo fue todo un placer; ella movió ligeramente las piernas para permitir que su short terminara de caer hasta sus pies.

Eché un vistazo; lucía preciosa con sus bragas anaranjadas y con un pequeño encaje. Era evidente – pensé – que ella no esperaba que nada de aquello ocurriera.

Mientras besaba su pechos, traté de hacerla girar, pues tenía unas ganas absolutas de mirarle las nalgas; ella notó mis intentos inútiles y rió.

– ¡Joder! Si quieres verme las nalgas basta con que me lo pidas – exclamó, y enseguida giró 180 grados.

Ante mi, apareció su hermoso y voluminoso culo, cubierto apenas por la parte trasera de sus bragas, cuya tela había sido tragada en buena parte entre sus nalgas.

A fin de no seguir quedando como un idiota, dirigí mi rostro directamente a su culo, y lo besé con urgencia. Ella se inclinó ligeramente para permitirme agasajarme.

Cuando le pareció suficiente, se alejó, mientras se quitaba la blusa y la lanzaba lejos. Igualmente, se desató el sostén, que terminó en el piso, y de nuevo giró hacía mi.

Y ahí estaban; dos tetas grandiosas desnudas ante mí. Ya eran grandes hacía unos momentos, pero ahora me parecían monumentales.

Sin embargo, Lucero no volvió a mí, sino que se recostó a un costado de la cama mientras abría un cajoncito, de donde sacó un condón.

– Si quieres seguir participando tendrás que colocarte esto – dijo, lanzándomelo.

Yo obedecí en seguida, aunque de pronto caí en la cuenta de que tendría que desnudarme. Para entonces, yo no me había quitado ninguna prenda, y la de idea de desnudarme ante ella de pronto me avergonzó.

Sin embargo, mi sentido común me hizo entrar en razón, y comencé quitándome la playera, seguida de mi pantalón de dormir, quedando únicamente en bóxer.

– ¿Sabes ponértelo o te ayudo? – dijo ella de pronto, apareciendo repentinamente frente a mí.

– Sí sé – dije, pero fue inútil.

Ella se puso de cuclillas frente a mí, dirigió sus manos a los costados de mi prenda intima y deslizó de inmediato mis calzoncillos hasta el suelo.

Mi verga, endurecida, apareció ante ella, pero Lucero no se mostró muy sorprendida, aunque sonrió cuando tomó mi tronco con una de sus manos.

Lo masajeó unos instantes, pero en seguida abrió el paquete del condón y me lo colocó con bastante habilidad.

Volvió a ponerse de pie, y me tomó de la mano; jalándome, se acostó de espaldas sobre su cama y me hizo colocarme encima.

Yo no sabía si dejar caer mi peso sobre ella, pues soy mucho más robusto que Lucero, pero ella me ayudó a acomodarme rodeándome con sus manos en el cuello y atrayéndome hacia sus labios.

La falta de aire acondicionado hacía mella, y nuestros cuerpos ya sudaban. Mi endurecido falo rozaba constantemente contra su vientre bajo.

Una de mis manos bajó hacía ahí, y mis dedos se deslizaron bajo la tela de sus bragas; sentí sus vellos y, más adelante, la zona humedecida de su coño.

Me alejé, estaba ansioso por penetrarla, ella alzó un poco sus caderas para que yo pudiera retirarle sus calzones, que quedaron atorados en uno de sus tobillos.

Miré unos segundos su coño, sus vellos oscuros y ligeramente rizados; tenía deseos de lamer todo aquello con mi boca, pero mi falta de experiencia me hizo retroceder a esa idea.

Sin más opción, me acomodé hasta que la punta de mi falo se halló en la entrada de su coño.

Ella me miraba, curiosa, como si estudiara cada uno de mis movimientos; entonces sonrió, acarició mi mejilla y dijo:

– ¡Qué nervios! Sólo métemela.

Y así lo hice.

Entró con facilidad, pero pronto sentí una resistencia; era como si ella tuviera la capacidad de abrazar el tronco de mi verga con las paredes de su vagina, algo que, por supuesto, nunca sentí con las chicas con las que había estado antes.

Yo comencé a moverme, primero lento y poco a poco acelerando. Ella también movía sus caderas, de tal manera que la penetraba hasta el fondo de su coño.

Entonces empezó a gemir, y aquello fue uno de los sonidos más hermosos. Ella tiene una voz muy bonita, y escuchar su excitación era música para mis oídos.

También mi respiración comenzaba a acelerarse; mis embestidas eran recibidas por ella mediante movimientos de ella que se sincronizaban con la penetración.

Ella me besaba constantemente el rostro, como si me animara a seguirla follando con aquella intensidad. Con un brazo me sostenía sobre la cama, mientras que mi otra mano deambulaba sobre su piel.

Mis dedos se dirigían sobre su vientre, sus vellos púbicos y sus tetas; también la tomaba de vez en cuando por las caderas, acompañado de embestidas lentas pero fuertes.

Mi cuerpo, y mi mente, parecían estarse soltando y la timidez había quedado fuera; estaba disfrutando como un loco.

A veces mis labios abandonaban su boca para dirigirse a su cuello, sus tetas y sus enormes pezones, suaves como nubes, los cuales saboreaba con entusiasmo.

Ella me acariciaba el cabello como a un cachorrito mientras mi lengua se deleitaba con sus pezones y sus tetas.

Yo seguía sacando y metiendo mi verga de su coño. En determinado momento, alejó mi rostro de sus pechos y me dijo, con una voz más urgente:

– ¡Vas bien! ¡Fóllame más duro!

No hice más que obedecer, aumenté la velocidad e intensidad de mis embestidas, aunque aquello me hizo sentir ganas de correrme.

– ¡Casi me vendré! – anuncié.

Ella abrió los ojos grandes, y protestó:

– ¡De ninguna manera!

Entonces, con un ágil movimiento, me hizo recostarme de espaldas sobre el mismo espacio donde ella hacía unos segundos reposaba.

En un abrir y cerrar de ojos, era ella quien estaba sobre mí. Aquello funcionó de entrada, al cesar la sensación de roce en mi verga, pero ella no esperó mucho tiempo; pronto, me rodeó con sus piernas y ella misma clavó mi falo en su coño.

Al momento, comenzó a cabalgar sobre mi pene, con una habilidad increíble. De esa manera, desapareció la sensación de orgasmo en mi cuerpo, pero aumentó la excitación de tal forma que mi verga se endureció al máximo. Tan sólo ver sus grandes tetas rebotar al ritmo de sus caderas me sobresaltó de la mejor forma.

Mis manos intentaron en vano atrapar sus redondos pechos, pues los movimientos de Lucero eran veloces.

De pronto, comenzó a aumentar el volumen de sus gemidos, hasta que se convirtieron en muecas casi de dolor.

– ¡Joder! ¡Joder! – dijo, al tiempo que una de sus manos se deslizaba entre sus piernas, para que sus dedos magrearan la parte superior de su coño.

Sus movimientos se aceleraron, hasta que una tensión repentina de sus piernas la hizo parar en seco.

– ¡Diiiiossssss! – gritó – ¡Dios que rico! ¡Joder!

Aquello me tenía excitadísimo, y me hizo descolocarme por completo.

Como ella paró, yo me escurrí entre sus piernas, dispuesto a continuar la faena.

Ella, aún de rodillas, apenas se dio cuenta de que me estaba colocando detrás de ella, situación que aproveché para tomarla de la cintura, apuntar mi verga hacia su coño y enterrársela hasta el fondo.

– ¡Oh! Papi, ¡sí! – suspiró, y dejó caerse, con los brazos extendidos hacía el frente, entregándose por completo.

Yo no escatimé, y la follé con la máxima intensidad. Tenía deseos de correrme dentro de ella – o más bien dentro de ella con el condón puesto – y no me importaba nada más.

También aproveché aquello para agasajarme con la vista de sus hermosas y grandes nalgas, completamente abiertas para darle paso a mi verga, con la que le machacaba el coño.

Asimismo, de vez en cuando le soltaba suaves nalgadas, que sonaban como el más precioso de los instrumentos musicales. La sensación de tocarle los glúteos era sencillamente indescriptible, era como si mis manos gozaran de sólo tocar su trasero.

Además, pude ver limpiamente la entrada de su culo, un agujero divino rodeado de las líneas suavemente dibujadas de las arrugas. Posé mi dedo pulgar sobre su ojete, presionando al tiempo que seguía cabalgándola.

Podía sentir cómo, en determinados momentos, ella apretujaba mi verga con los músculos de su vagina, como si intentara exprimirla.

Yo estaba ya a punto de correrme; ambos sudábamos para entonces, las gotas de mi sudor caían en su espalda y se combinaban con las suyas, formando ríos sobre su piel.

Sentí vibrar a mis testículos, al tiempo que los musculos de mi verga se contraían; y entonces me corrí. Me corrí con un placer que jamás había sentido.

– ¡Uff! ¡Qué rico! – dijo, al sentir la calidez de mi leche, a pesar de que el plástico del condón la separaba de las paredes de su coño.

Traté de expulsarlo todo, embistiéndola lentamente aún cuando mi verga perdía dureza.

Ella se incorporó, aún con su coño invadido por mi falo, y giró el cuello para darme un beso y regalarme una sonrisa que, interpreté, era una especie de agradecimiento y felicitación al mismo tiempo.

De pronto, cuando mi verga salió de ella, se dirigió directamente al baño. Esperé a que se enjuagara, sentado a la orilla de la cama. Luego salió vestida con una especie de vestido de tela tipo pijama, y con unas bragas puestas.

Me invitó entrar a darme una ducha, la cual me tomé rápidamente. Al salir, sólo con los boxers puestos, me dirigí a tomar el resto de mi ropa.

– ¡No seas drámatico! – dijo, sentada en la orilla de la cama, con una sonrisa traviesa.

Con un movimiento suave de manos, me pidió que me acercara a ella.

Cuando llegué frente a ella, tomó una especie de control remoto que dirigió hacia el techo y con el que apagó la luz de la recamara.

Entonces me atrajo de nuevo a la cama, donde me besó durante varios minutos, la oscuridad nos rodeaba y el fresco de la madrugada comenzaba a infiltrarse por las ventanas y las paredes. Y yo me quedé dormido.

CONTINUARÁ…

Los personajes, lugares y situaciones de estas historias o relatos son ficticios, completamente salidas de la imaginación de las y los autores. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales, es pura coincidencia. Relatos.gratis no revisa ni publica relatos sobre hechos que sus autores afirmen ser reales o basados en situaciones que realmente ocurrieron.
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