Saqué de quicio al profesor y terminó follándome [Parte 1]

Revisa el final de este relato en:
Saqué de quicio al profesor y terminó follándome [Parte 2, final]

Saludos a todo mundo, mi nombre es Mercedes. Aunque hoy me dedico a ser enfermera en un hospital público – recibí mi licenciatura hace seis meses, y llevo tres meses en mi nuevo empleo -, hoy me gustaría contarles cómo la fue la primera vez que conocí el sexo de manos de mi ex profesor, quien me quitó la virginidad de una forma tan deliciosa que jamás lo olvidaré.

Esto me ocurrió cuando cursaba aún el colegio, hace unos seis o siete años, no recuerdo con exactitud. El caso es que, dado que la maestra de inglés se enfermó y hasta la tuvieron que operar, tuvo que solicitar un suplente, el cual resultó ser un profesor muy guapo, moreno pero de piel blanca, y bastante estricto, sin embargo.

A mí, en la escuela, siempre me gustó hacerme la graciosa; solía imitar ante mis compañeros a distintos personajes de la televisión, muchas veces durante las clases, lo que les hacía estallar de risa y molestar a los profesores, aunque uno que otro no se aguantaba las ganas de soltar una risilla.

No obstante, el maestro Tomás, como se llamaba el suplente, resultó ser una roca, y desde el primer día me obligó a salir de la clase cuando me llamó la atención por tercera vez.

Aquello me puso furiosa, en parte porque, de alguna forma, me atraía físicamente. Sumado a esa situación – y lo que resultó ser esencial para lo que vino después – fue el hecho de que yo estaba leyendo, entonces, una serie de revistas japonesas en las que se narraba la historia de amor de dos compañeros de escuela.

En los primeros números, se veía cómo la chica tomaba la iniciativa e intentaba conquistar a su apuesto compañero. Como nada funcionaba con él, recurrió a molestarlo tanto que, a la larga, terminó enamorándolo.

Aquello lo trasladé inmediatamente al caso de mi profesor y yo. Sin embargo, seré honesta: para entonces no creí que aquello pudiera llegar tan lejos, aunque el profesor Tomás me gustaba, de ninguna manera me imagina que realmente pudiera haber algo entre nosotros, y mucho menos llegué a pensar que algo aún más grave que aquello llegara a ocurrir.

De todos modos, puse en marcha mi infantil táctica. Teníamos tres clases a la semana, y en cada una trataba de sacarlo de quicio. Algo que le molestaba era que yo hablara español en su clase, cuando él nos remarcaba una y otra vez que, dentro del salón, sólo se podía hablar en inglés.

Yo no era mala para el inglés – y sospecho que eso lo sabía él también, pues mis calificaciones con la maestra que enfermó eran de las mejores – y sin embargo me ponía a hablar en spanglish, simulando no saber la traducción de una palabra y mezclando ambos idiomas a propósito para parecer tonta.

Era completamente inmaduro, ahora lo sé, pero en aquel entonces aún era una adolescente, supongo.

El caso es que, tras cuatro clases de molestarlo y molestarlo – dos de las cuales terminó sacándome del salón – él decidió resolver el asunto de tajo. En la quinta clase, se puso de pie y me pidió que lo acompañara a la dirección.

Comprendí que había cruzado una línea, y me comencé a preocupar en serio. Ante la directora del plantel, el profesor Tomás explicó todo lo relacionado a mi comportamiento. Como pruebas, utilizó exámenes de practica en los que yo dibujaba sobre las líneas de respuesta, escribía “I don’t speak english” o contestaba en español a propósito.

Aquello enfureció a la directora, quien sin embargo me dio oportunidad de darle una explicación.

Acorralada, sólo me quedó victimizarme, y decir que tenía problemas reales con el inglés. El profesor también iba a rebatir eso, supongo que mostrándole mis calificaciones anteriores, pero la directora decidió resolver el problema de tajo y dijo:

– Profesor Tomás, le vamos a dar una última oportunidad a la señorita. Le va a usted dar clases extra, dos horas al día, cada día de la semana, y no se preocupe que yo me encargo de que se le paguen las horas extra.

El profesor Tomás no puso objeción alguna; aunque su queja inicial era sincera, todos sabíamos que el Ministerio de Educación pagaba bien las horas extra a los maestros. Sin embargo, era la directora quien tenía que proponerlas y autorizarlas, por lo que el profesor – como cualquier otro – aprovechó la situación.

– Nada más que va a haber un problema – añadió la maestra – No tenemos salones para proporcionarle, así que tiene que ir forzosamente al domicilio de la alumna, y debe ser un padre de familia o tutor quien firme de realizada la clase.

La directora comenzó a preparar la documentación, y dijo que las clases debían ser desde ese día, que era jueves, hasta el lunes; tres clases de regularización en total.

Sin embargo, recordé que había un detalle importante, y era que mi madre trabajaba hasta la noche, por lo que no estaría en casa hasta casi hora y media después de terminadas las clases de regularización. Como no tenía ni hermanos, y mi padre nunca había estado con nosotras, decidí informarlo.

– Directora, disculpe pero…

– ¡No quiero que me digas nada, Mercedes! – atajó firmemente la directora – Si no mejoras tus calificaciones, y llegas a reprobar inglés, puedes tener que repetir el curso, y como tampoco vas bien en matemáticas, según la profesora Rodríguez, puedes repetir el año. No estés jugando, ni yo ni el profesor estamos jugando.

Cerré completamente el pico.

Saliendo de clases tuve que ir directamente a mi casa; mi profesor me seguía detrás, pero yo no le dirigía la palabra porque me sentía “indignada” con él por exponer la situación a la directora.

Mientras caminaba, no obstante, trataba de mover mis caderas con cierta coquetería. Para entonces, tenía ya un cuerpo bastante marcadito. Sentada, parecía algo rellenita, pero una vez de pie resultaba evidente que aquello se debía a las dimensiones de mis nalgas y a mis torneadas piernas. Era una morenita, fogosa, y en cuya sangre corrían vestigios de antiguos negros e indígenas liberados de la región, según me contó mi abuela.

Mi cabello, además, era muy largo y lacio, y trataba de moverlo a un ritmo que combinara con el de mis atrevidos pasos.

En mi mente caliente, sentía como si su mirada estuviera sobre mi cuerpo. Yo sabía que no era muy bonita, mi nariz era un poco ancha, y mis ojos algo saltones, pero estaba segura que mis lindas curvas compensaban todo aquello.

Él, sin embargo, se mantenía lacónico en su deber, y no parecía verse afectado por mi actitud ni movimientos. Aquello me frustró. Cuando llegamos, me detuve ante la puerta y, manteniendo aún mi actitud digna, le revelé que mi madre no estaba en casa, y que no lo estaría hasta entrada la tarde.

Aquello le cayó como un balde de agua, sin la firma de mi madre, sus horas extra no serían pagadas. Yo no pude evitar que una sonrisa se dibujara en mi rostro, algo que notó de inmediato, por lo que me reprochó que no hubiera explicado eso a la directora.

Me justifiqué diciendo que sí iba a comentarlo, pero que ella no me lo permitió.

Él entonces comenzó a acusarme de simular no entender la clase, cuando mis calificaciones anteriores mostraban un buen desempeño en el idioma. Emocionada por aquella discusión – que de cierta forma disfrutaba, pues me hacía sentir que se trataba de una pelea de pareja – admití que el idioma lo entendía, pero que él explicaba mal los temas más recientes.

Entre dimes y diretes, terminé hartándome – de forma simulada, claro – y le dije:

– Si tanto le interesan las horas extras le puedo firmar el documento, me sé la firma de mi mamá, y ya usted se va tranquilo y también me deja en paz a mí.

Él meditó brevemente la oferta, y de pronto, de forma tajante, respondió:

– Sí, me vas a firmar el pase de lista, pero la clase la vas a tomar, porque no quiero tener que estarle dando explicaciones a la profesora cuando regrese.

En ese momento, aunque con la sangre caliente, también estaba encantada con verlo. Enojado, me parecía más guapo. Sin embargo, no sabía qué responderle; tras pensarlo unos segundos, le dije:

– Mire, para que quedemos sin dudas. Hágame un examen rápido, de los temas que estamos viendo, y si lo paso y ve usted que sí entiendo la clase, ya no viene ni mañana ni el lunes y sólo le firmo los papeles.

El movió la cabeza negativamente, pero también se veía cansado, así que terminó aceptando la propuesta.

Entramos a mi casa, y yo preparé la mesa del comedor para que ahí me hiciera el examen.

En el fondo, estaba tremendamente nerviosa, pues sentía como si aquello fuera una especie de cita. Mi corazón palpitaba a mil por hora, y me imaginaba las miles de situaciones en las que aquello podía desembocar en un romántico beso, como en las revistas y películas que veía.

Mientras el acomodaba sus cosas, se me ocurrió una escena de la historia de comic japonesa, en la que la protagonista impresionaba a su chico vistiéndose atrevidamente ante él. La idea se apoderó tan pronto de mi cabeza, que pasó por buena y ni siquiera me detuve a meditarlo.

– Si quiere ponga sus cosas aquí, iré a cambiarme.

– ¡Así Mercedes, es rápido, deja de estar dando vueltas! – protestó él, pero yo lo ignoré, gritando:

– ¡Es mi casa y aquí me visto como quiero!

Entré a mi recamara, coloqué el seguro, y comencé a desvestirme. Me quité mi falda, chaleco y camisa escolar, así como el short de licra que usaba para que no se me vieran los calzones bajo la falda y mis zapatos, quedando sólo con un sostén rosita, mis braguitas azules y las calcetas escolares largas.

Encima de mi ropa interior me vestí con una blusa roja y un short verde de algodón, cortísimo, e inmediatamente me vi ante el espejo, ante el cual también me recogí el largo cabello, haciéndolo bola con una dona.

La blusa, consideré, era normal, aunque sin mangas, y algo pequeña, lo que la hacía pegarse a la forma de mis tetas – que no estaban de mal tamaño – y de mi cintura, que se dibujaba bonita hasta plasmar la entrada de mis anchas caderas.

Pero estaba nerviosa, sentía que aquel shortcito resultaba bastante atrevido pues, aunque era de los que solía utilizar en un día cualquiera en mi casa, dejaba demasiado ver la forma de mis nalgas, por no decir de mis piernas.

De pronto me detuve, pues me di cuenta de que había olvidado quitarme las calcetas. Me vi al espejo, y noté que los largos calcetines me daban un toque bastante coqueto. Una parte de mi me dijo que dejarlas iba a resultar demasiado evidente, por lo inútiles que resultaba tenerlas puestas en casa.

Sin embargo, mis deseos de impresionarlo y a la vez de molestarlo, de hacerlo sentir incómodo ante mi presencia, pudieron más y, decidida, salí de mi cuarto tal cual estaba vestida.

Yo ya iba bastante nerviosa, de por sí, de modo que su respuesta me descolocó completamente.

En cuanto me vio, reaccionó de inmediato, y se puso de pie.

– ¡No! – dijo, moviendo la cabeza negativamente – ¡Por favor vístete con otra cosa! Mercedes, no estés jugando.

– ¿Por qué? – reaccioné, simulando sorpresa, aunque en el fondo comprendí que mi actuar había resultado ser demasiado evidente.

– ¡Vístete inmediatamente! ¡Por favor! ¡Tú sabes que eso está mal! ¡No me molestes o me voy!

Aquellas palabras las dijo con una determinación, y con tal madurez que me hicieron sentir completamente tonta. De pronto, comprendí que, aunque creía estar “jugando con él”, en realidad el maestro era perfectamente capaz de adivinar mis intenciones y mis juegos.

Descubierta, y como un animalito que se siente acorralado, me eché a llorar. Y ahí empezó realmente todo el embrollo.

Lloré porque comprendí que mi maestro había descubierto mis juegos; la manera en que me vio, completamente contrariado, distó mucho de lo que yo esperaba. Además, actualmente lo comprendo, me sentí culpable.

Yo no tenía ninguna intención realmente de… ¿Cómo llamarlo? ¿Ser pervertida? ¿Parecer sucia? Sin embargo, me cayó la cuenta de que así había parecido todo, por lo que encontré en las lagrimas mi único refugio.

Como una estatua, con la cabeza baja, ocultándola entre mis manos, me eché a llorar como niña chiquita. Tanto así que terminé moqueando en medio de la sala de mi casa.

Aquello de alguna forma le tocó el corazón, por lo que se acercó a mí.

No obstante, sin atreverse a tocarme, sólo me dijo que lo perdonara, que él no tenía la intención de gritarme y que seguro había malinterpretado las cosas.

Yo decidí ser honesta, porque sentía que era lo único que me quedaba, le pedí perdón, y le dije, entre lloriqueos, que no era culpa de él sino mía.

Seguí soltándome largamente en gritos de tristeza, lo que debió haberlo puesto un poco nervioso, dado que se trataba de un vecindario y alguien podía asomarse y malinterpretar realmente lo ocurrido.

Quizás por eso, se animó a abrazarme, y a pedirme que dejara de llorar. Yo traté de parar de llorar, pero realmente no podía ni controlarme.

Entre sus intentos, terminó llevándome hasta un sillón, donde nos sentamos y me siguió abrazando, tratando de tranquilizarme.

Poco a poco, comencé a dejar de llorar, mientras él me preguntaba si yo quería que se fuera. Yo le dije que no, e insistí en que me perdonara.

Entonces, él me tomó del rostro, con sus dos manos, haciendo que lo mirara a los ojos.

– Mercedes, mira, deja de llorar. No pasa nada, fue una confusión. ¿Sí? Yo sé que no tenías ninguna mala intención. Pero, por favor, si sigues llorando alguien puede escuchar y venir y pensar mal.

Aquello resultó peor, porque yo me imaginé el escándalo que se armaría si algún vecino se asomaba de repente y nos veía. Y aquella idea, pensar en que aquello empeorara, sólo me hizo llorar con más intensidad.

– ¡Es que usted me gustaaaaaa! – fue lo único que alcancé a decir, antes de volver a elevar la voz entre lloriqueos.

Y esa fue la gota que derramó el vaso; seguramente desesperado porque me callara, el profesor Tomás me besó. Fue un beso sorpresivo, directo a mis labios, los cuales atrapó con sus gruesa boca.

Pero funcionó. Paré de llorar en segundos, aunque me llenó de pena pensar que el profesor me estuviera besando la boca embarrada de mis mocos.

No obstante, me olvidé pronto de eso. Sentir sus labios y entender lo que ocurría me paralizó durante unos segundos; después, comencé a mover mi boca, tratando de sincronizarla con la suya.

Para entonces, yo había besado en no muchas ocasiones, a no más de cuatro o cinco chicos de mi edad. Los besos del profesor Tomás, por supuesto, eran completamente distintos; eran expertos, al menos para mí, y mucho más intensos que cualquiera que hubiera recibido antes.

Mis manos se posaron sobre su pecho, él sudaba; sentí sus brazos rodeándome, y pronto se acomodó hasta que mi cuerpo quedó atrapado debajo suyo.

No me importó, me gustaba sentir sus manos sobre mi cintura, aunque estas poco a poco fueron deslizándose más y más abajo, a través de mi espalda, hasta comenzar a manosear mis nalgas. Hacía demasiado calor y yo me estaba poniendo tremendamente caliente.

Cada parte de mi cuerpo que él tocaba, dejaba rastros de pequeños cosquilleos sobre mi piel. Aunque hubiese tenido algo que decir, me hubiera sido imposible articular cualquier palabra; nuestras bocas sólo se dedicaban a besarse. Él me enseñaba, y yo aprendía, obediente.

Después se enderezó, pero jalándome hacía él, obligándome a colocarme sobre él, con mis piernas abiertas rodeando las suyas. Aquella era una posición abiertamente sexual, de mi coño ya brotaban jugos que demandaban placer.

Sabía que aquello terminaría mal si continuaba; pero no era capaz de pedirle que paraba, deseaba en el fondo que aquello continuara, aunque estaba consciente de que aquel era el error más grave que había cometido hasta la fecha. Había llegado demasiado lejos, pero no veía posibilidad de dar marcha atrás. Rogué, en mi mente, que él fuera el que detuviera aquella avalancha.

Pero no fue así. Cuando sus manos redescubrieron mis glúteos, se instalaron ahí indefinidamente, apretujándome las nalgas con suavidad decidida. Poco a poco, sus dedos iban adentrándose más y más, a través de la parte trasera de mis muslos.

No tardé mucho en sentir sus dedos deslizándose debajo de la tela de mi short y mis bragas por detrás de mis nalgas,  la palma de su mano recorrió el canal que se formaba en medio de mi culo, y se deslizó ansiosa hasta que sus dedos tocaron la humedad de mi concha.

Sonreí apenada cuando me sentí descubierta, pero el mantuvo su mirada firme y volvió a besarme. Comprendí que había tomado su decisión, y yo no tenía valor ni deseos de detenerlo.

Pronto terminé recostada sobre mi cama, viéndolo colocar el seguro de mi puerta, y comenzar a desnudarse frente a mí. Su cuerpo era el de un hombre vigoroso y fuerte, de unos 32 o 35 años de edad, jamás lo supe con certeza.

Lo último en retirarse fueron sus calzoncillos, antes de que los deslizara hacia abajo, ya se veía su voluminoso paquete intentando escapar de entre la tela.

No tenía que ser una experta para saber que aquella envergadura estaba por encima de lo normal, y no me quedó ninguna duda más cuando vi cómo liberó su endurecida y firme verga.

Debí verme como una presa, como un animalito arrinconado sobre mi cama. A partir de entonces, él perdió todo cuidado, y se inclinó directo hacia mí.

Lo vi deslizándose hacia mí, como un reptil cuya cabeza se perdió entre mis piernas, hasta que mi boca llegó a mi entre pierna. Sentí cómo besaba mi coño a través de la tela de mi short. No tardó en deslizarlo, dejándome en braguitas.

Me dio un poco de vergüenza pensar que aquellos calzoncitos azules estaban sudados por el uso de toda la mañana, pero eso no le pareció importar en absoluto. Volvió a besar mi coñito, mis bragas estaban tan humedecidas que incluso saboreó mis jugos.

Mi cuerpo temblaba, y aquella sensación se intensificó cuando sus manos volvieron a posarse sobre mí, acariciando mis piernas.

De pronto decidió poner manos a la obra, se deslizó hacia mí, me besó en la boca brevemente, y en seguida me retiró la blusa y poco después mi sostén.

Sentir sus labios humedecidos sobre mis pezones me levantó los vellos de mis brazos. No tardó en abrazarme, intensificando los chupetones sobre mis tetas.

– ¡Qué hermosa eres! – me dijo, rompiendo el silencio formado hasta entonces.

Yo acaricié sus cabellos, agradecida, mientras él seguía explorando mis pechos con su boca.

Mientras lo hacía, sus manos buscaron los costados de mis bragas y cuando se apoderó de estos, hizo descender. Era el último paso para una desnudes total, salvo las calcetas blancas, que jamás me quitó.

Conforme bajaba mis bragas, también sus labios bajaban. Cuando los calzoncitos salieron por mis pies, su boca ya besaba mi vientre y enseguida saltó hasta los vellitos que había sobre mi coñito.

Cada que podía, veía con curiosidad su endurecida verga. Sentía una necesidad de tocarla, apretujarla en mi mano antes de que me penetrara.

De pronto, sin más aviso que el hecho, comenzó a besarme el coño. Aquello me asustó, me pregunté si acaso no le causaba una especie de asco. Pero no pude seguir pensando, porque enseguida un calor y un placer desconocido comenzó a apoderarse de mí conforme su boca y su lengua causaban estragos entre mis piernas.

Yo ya estaba más que mojada, pero aquello me hizo sentir que había un río surgiendo de mi coño.

No había hecho otra cosa que prepararme. Pronto, se acomodó sobre mí, obligándome con su cuerpo a mantener bien abiertas las piernas. Me besó y aproveché ese momento para tocar su pene, era duro, firme, cálido.

Él no me permitió tenerlo mucho tiempo, y me lo arrebató para apuntar con él contra la entrada de mi verga.

– Despacio – alcancé a decir, pero me calló con un beso profundo al tiempo que comenzaba a presionar contra mi coño.

Lo hizo lento, sí, pero eso no evitó el dolor que sentí conforme sentía la primera verga de mi vida abriéndose camino dentro de mi concha.

Grité, tratando de soportar el dolor, e incluso lancé puñetazos contra la cama. Mi profesor sólo me abrazó, como tratando de transmitirme fuerzas.

De pronto lo sentí detenerse, eché un vistazo: su tronco completo había desaparecido dentro de mi coño. Todavía sentía cómo mi interior trataba de acostumbrarse a aquella forma invasora.

– ¿Te dolió? – preguntó.

– Un poquito – dije, y entonces me sonrió y acarició mi cabello.

Enseguida comenzó a moverse, lentamente y con dificultad, en un mete y saca que fue intensificándose pausadamente. Yo no podía evitar gemir como loca. Era desesperante, por más que tratara de acomodarme no dejaba de sentir dolor y placer.

Conforme  aquello continuaba, sus embestidas fueron facilitándose, pues su verga estaba más que embadurnada de nuestros jugos.

Yo no paraba de gemir, el placer iba intensificándose conforme el dolor se volvía imperceptible.

Para entonces, yo ya me había entregado por completo. Cada cosa que él me hacía, cada movimiento que provocaba sobre mi cuerpo, era una sensación nueva tras otra.

No podía creer cómo mi coño era capaz de soportar a un hombre como aquel.

En determinado momento, él se acomodó de tal manera que sentí una sensación de placer indescriptible. Era como si un globo se estuviera inflando dentro de mí, y fuera a estallar en cualquier momento.

Transmití aquella sensación a través de gemidos más fuertes, y abracé la ancha espalda de mi profesor. Cuando notó aquello, intensificó sus movimientos, manteniendo el ritmo. Aquello me estaba volviendo loca.

– ¡Ya! ¡Ya por favor! ¡Profeeeee! – gritaba, rogándole que se detuviera – ¡Ayy! ¡Ayayayayyyy! ¡Ya! ¡Ayyyy!

Pero él no se detenía, me besó la frente y dijo:

– Aguanta, aguanta.

Yo daba manotazos sobre su espalda, pero eran inútiles.

De pronto, sentí que aquello estallaba entre mis piernas. Una sensación surgida de ahí recorrió todo mi cuerpo hasta mi cabeza. Sentía que me desmayaba, y mi vista se nubló.

Sentía aún las embestidas de él, pero ya no me causaban tanto placer, porque ahora el placer estaba en todo mi cuerpo.

Aquello duró varios segundos, casi un minuto; poco a poco la sensación desapareció, y sus mete y saca en mi coño volvieron a monopolizar la sensación de placer.

– ¡Qué rico! – grité entonces – ¡Qué rico se siente! ¡Me encanta!

Decir aquello me liberaba, porque era la gran verdad. Me gustaba cómo me estaba follando, me gustaba aquello, y tenía que decírselo.

Me abracé a su cuello, enderezándome un poco, lo besé varias veces en el rostro, y susurré a su oído.

– ¡Me gusta! ¡Me gusta mucho!

Siguió follándome de esa manera durante algunos minutos más, hasta que le tuve que decir que mis piernas no aguantaban más, pues ya no sentía la sangre llegar a ellas por el tiempo que las había mantenido alzadas para recibir su verga.

Entonces, se puso de pie, y me hizo incorporarme. Era como una danza en la que yo sólo seguía ciegamente sus pasos. Me hizo recostarme en el mismo sitio, pero esta vez boca abajo. Yo me dejé caer, pero enseguida sentí como sus manos se apoderaban de mis caderas y alzaban mi culito hacia él.

Mis piernas estaban entumidas, pero al menos la sangre ya comenzaba a fluir en ellas.

Y, entonces, lo inesperado entre lo inesperado: una especie de sensación de frescura se apoderó de la entrada de mi ano, giré brevemente la vista, y vi a mi profesor lengüeteando con pasión la entrada de mi culo. Se sentía bien, pero me daba tanta vergüenza que escondí mi rostro entre las sabanas.

Me pregunté si pensaba follarme por el culo, o meterme el dedo o algo así. No lo iba a permitir, por más cachonda que me sintiera y por más delicioso que su lengua se moviera entre las arrugas de mi esfínter. Sin embargo, cuando estaba a punto de protestar, su boca descendió hacia mi coño, obligándome a soltar unos gemidos que iban aumentando de intensidad conforme su lengua se deslizaba más y más adentro de mi coño.

Era la primera vez que follaba pero, casi siete años después, estoy segura que fue con un verdadero maestro del arte del buen coger. He escuchado de caso en los que la primera vez en las chicas es más bien una tortura, y además de doloroso no llegaban al orgasmo, de manera que me siento afortunada, pues creo que no pude perder la virginidad con alguien mejor que él.

Él era tan bueno con su lengua, y yo estaba tan excitada y sensible, que no tardé en volverme a correr. Me dio mucha pena e intenté alejarme, porque sentí que se me salió un chorrito de orina en aquel momento; a pesar de ello, lejos de alejarse asqueado, como imaginé, mi profesor Tomás me sostuvo con fuerza y repegó más su cabeza entre mis nalgas, de tal manera que yo no podía más que sentir su lengua deslizándose a lo largo de mi rajita, y su nariz chocando a veces contra la parte inferior de mi coño y otra tantas contra el ojete de mi culo.

A mí ya me dolía la cabeza, correrme dos veces me había debilitado completamente; exhausta, comencé a ver nublado, especialmente cuando sus caricias elevaban la excitación demasiado.

Entonces se incorporó, por fin; rendida, dejé caer mis caderas, aliviada de que aquello parecía terminar. Había sido hermoso, pero yo no podía más con aquello, y me hubiera podido quedar dormida ahí mismo.

Sin embargo, canté victoria muy pronto; sus gruesas manos volvieron a tomarme con fuerza, alzándome las caderas de nuevo. Sentí la calidez de su piel posándose sobre la entrada de mi coño, pero no supe si era el glande de su verga o su dedo.

No pasaron ni unos segundos, cuando apenas iba a voltear para preguntarle qué seguía, cuando sentí su verga atravesar su coño lenta pero decididamente.

– ¡Ayyyayayayaaaayyy! – grité, incorporándome.

Él se quedó dentro de mí, mientras yo me acomodaba, buscando la manera de que aquella vergota incrustada entre mis nalgas me causara el menor dolor posible.

Tuve que ayudarme con mis manos, de tal manera que el tronco de mi cuerpo se alineara en horizontal con su rico pene; aquello aminoró el dolor, y comencé a sentir solamente el placer de tenerlo dentro.

Entonces, comenzó a moverse, sentía como su verga recorría adentro y hacia afuera una y otra vez entre las paredes de mi coñito recién estrenado. La sensación  era de insoportable placer, y sentí que no tardaría mucho en volver a correrme.

Sin embargo, eso no ocurrió, pues no pasaron ni dos minutos de intensas embestidas cuando la respiración de mi profesor comenzó a intensificarse, hasta convertirse en toses y jadeos de placer; giré la vista para ver su hermoso rostro descomponerse ante la excitación, me sentía orgullosa de haber logrado satisfacer a un hombre como él.

Aunque yo no podía quitarme de encima la expresión de guarra, por el intenso placer que sentía, le lancé la sonrisa más tierna que pude. Sabía, por instinto, que estaba a punto de correrse, y una especie de romanticismo me hizo desear que lo hiciera dentro de mí.

Sin embargo, él sacó su falo y comenzó a masturbarse, con la clara intención de correrse sobre mis nalgas y espalda. Yo protesté:

– ¡No! Adentro, por favor – rogué – No pasa nada, no se preocupe.

Él pareció meditarlo unos segundos, hasta que al final volvió a metérmela por completo, lanzando las últimas embestidas.

Yo quería ver su expresión en el momento en que se viniera en mi, y así fue: cerró sus ojos, lanzó la cabeza hacia atrás, gritó de placer y entonces sentí un chorro cálido chocando y corriendo entre las paredes de mi conchita.

– ¡Aaaayy! – no pude evitar gritar, porque aquel calorcito realmente se sintió delicioso.

Él dejó caer su robusto cuerpo sobre mí, clavándose completamente en mi coño. Yo perdí fuerzas en brazos y piernas, quedando completamente boca abajo, con él sobre mí.

Con su verga aún goteando semen dentro de mí, mientras perdía volumen, mi profesor se levantó un poco con ayuda de sus brazos, y entonces su boca comenzó a besar mi nuca, mi espalda, la parte trasera de mi cuello y de mis orejas.

– ¡Qué hermoso fue! – susurró a mis oídos con suavidad y agradecimiento – ¡Fue una de las cosas más hermosas que he sentido! – dijo.

A mí se me estaba derritiendo el corazón. Permaneció unos minutos más ahí, incluso después de sacarme la verga de mi coño; aunque había perdido la erección, su pene seguía goteando de vez en cuando liquido sobre mis nalguitas, mientras él seguía masajeando mi espalda a besos y diciéndome al oído que yo era el ser más precioso del mundo.

Fue deprimente despedirme de él, más tarde, después de que nos vestimos en silencio, ya un poco más avergonzados por lo ocurrido. En cuanto le firmé el documento, media hora antes de las dos horas que debíamos haber practicado, él se fue.

Limpié todo detalle en la sala y mi cuarto; la sabana era caso perdido, estaba manchada de sangre y fluidos, por lo que tuve que ponerla en la lavadora durante 30 minutos de lavado intenso que, afortunadamente, la dejó impecable.

Fui a tenderla, a la zona en la que había más sol, pues mamá preguntaría para qué la había lavado y tenía miedo de despertar cualquier sospecha. Finalmente, ella no notó nada raro; aquella tarde, dormí como nunca.

CONTINUARÁ…

Los personajes, lugares y situaciones de estas historias o relatos son ficticios, completamente salidas de la imaginación de las y los autores. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales, es pura coincidencia. Relatos.gratis no revisa ni publica relatos sobre hechos que sus autores afirmen ser reales o basados en situaciones que realmente ocurrieron.
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