Sexo con mi intrigante vecina madura [Parte 2, final]

Revisa la primera parte de este relato en:
Sexo con mi intrigante vecina madura [Parte 1]

Desperté al día siguiente sobre su cama. Ella no estaba a mi lado, y la luz del sol se filtraba de llenó a través de la ventana.

Me levanté de inmediato cuando recordé el examen.

– Me asustaste – dijo de pronto su voz.

Yo la busqué, y encontré su mirada a través del espejo, mientras se vestía el sostén. Ya tenía puesta su falda del trabajo.

Terminé de quitarme el sueño de encima mientras ella se colocaba su camisa. Cuando terminó, yo me puse de pie, buscando mi teléfono celular para ver la hora.

– Tengo que irme – le dije – Casi es la hora de mi examen.

– Sí, tienes que irte, porque yo ya voy de salida – me dijo, aún frente al espejo, peinándose.

La miré de pies a cabeza; lucía hermosa incluso con su uniforme del banco, ¿cómo nunca me había percatado de ello?

La despedida fue de lo más fría; tanto de su parte como la de ella. A pesar de lo ocurrido la noche anterior, no sabía aún cómo comportarme sin parecer un niño.

Ella se limitó a esperarme en la puerta, y apenas salí cerró con seguro su departamento y salió a prisa hacia su trabajo.

– ¡Nos vemos! – fue lo único que dijo, alejándose escaleras abajo

La vi bajar, a paso rápido pero con normalidad. Me acerqué a mi puerta, desde donde la vi alejarse sobre la calle, hasta desaparecer rumbo a la calle principal, donde el transporte público pasaba.

Me apuré a bañarme, cambiarme y desayunar cereal; era tarde, pero no tanto. Tenía planeado despertar temprano y estudiar durante la mañana, pero evidentemente todo había cambiado tras lo ocurrido la noche anterior.

Ahora sólo podía pensar en ella, en mi vecina; no podía sacarme de la cabeza su voz, su voz riendo, su voz susurrándome y su voz gimiendo mientras la penetraba.

Tenía la sospecha de aquello podía ser el inicio de algo más serio, pero también era consciente de que bien podía ser el final de algo que nunca existió.

En el examen debió haberme ido fatal, apenas y entendía las preguntas sobre la hoja de papel. Estaba completamente descolocado.

Cuando regresé a casa, me asomé a su casa, me acerqué a su puerta y, con el corazón envalentonado, toqué.

Nadie abrió, era obvio, Lucero solía volver a partir de las cuatro de la tarde los días sábado, y apenas eran la una y media.

Perdiendo el tiempo en el ordenador, se dieron las cuatro y veinte de la tarde; entonces escuché su voz hablando por teléfono, después su puerta abrirse y cerrarse.

Me pasé el resto del día tomando valor para ir, tocar su puerta y hablar con ella; pero nunca me atreví.

A las seis de la tarde, sin embargo, ella tocó mi puerta. Me sorprendí al verla, como un niño asustado, pero ella parecía mantener la mayor de las calmas.

– No has arreglado el aire acondicionado – dijo.

Yo me rasqué la cabeza, y comencé a titubear hasta que pude organizar mis palabras.

– No tengo el material… bueno, lo tengo, pero tendré que revisarlo primero.

Ella formó una mueca en su boca.

– Estoy comenzando a creer que no eres el ingeniero más competente.

– Puedo arreglarlo – le dije, defendiendo mis conocimientos.

Ella me dio la espalda y comenzó a avanzar hacia su departamento:

– ¡Sólo arréglalo!

Suspiré, tomé una mochila donde guardaba algunas herramientas y salí de mi departamento; ella me esperaba en la entrada del suyo.

Desde luego, lucía muy bonita, aunque estaba vestida con un pantalón a cuadros azules y rosados de algodón, cómodos para estar en casa, y una blusa de tirantes color gris, que destacaba el tamaño de sus tetas.

Su cabello estaba peinado con una sola trenza.

Yo entré a su recamara, tras ella, y me dispuse a revisar el aire acondicionado, por lo que tuve que sacarlo de su cajón de hierro y abrirlo. Unos 40 minutos después, mi diagnostico se confirmaba, y era el tanque de gas enfriador lo que debía reemplazarse o volverse a cargar.

– No funcionará hoy – le advertí – Tendrás que esperar al lunes, mañana no abren los negocios y hoy ya es muy tarde.

– Una lástima – dijo ella – Pero al menos ya sabemos qué tiene.

Entonces me miró, de pies a cabeza.

– Tendrás que irte a bañar si quieres cenar hoy conmigo – dijo, y con su cabeza señaló hacia su cocineta – Hice espagueti.

Sólo me tomó unos segundos aceptar su invitación. Bastó aquello para que me descolocara de nuevo.

Me bañé en mi departamento, preguntándome si aquella noche volveríamos a tener sexo.

Decidí cambiarme normal, como si fuera a mantenerme en mi propio departamento, aunque me coloqué un poco de desodorante y me rasuré los pocos vellos que me habían crecido en la barbilla.

Me abrió; parecía haberse bañado también, aunque traía la misma ropa puesta.

Señaló su pequeño comedor, donde tomé asiento; enseguida colocó ante mí un delicioso plato con pasta y albóndigas. Ella se sentó del otro lado, frente a una computadora portátil.

– ¿No cenarás? – pregunté.

– No tengo mucho apetito – expuso, concentrada en la pantalla.

Fue algo incomodo comer a solas, pero al menos la comida estaba realmente deliciosa.

Entonces, cuando estaba a punto de terminar, sentí que algo me tocó el pie bajo la mesa.

Era ella, comprendí, aunque permanecía atenta a la pantalla. Decidí no decir nada, pues supuse que era alguna clase de juego suyo.

Y así lo fue, mientras ella simulaba atender el computador, sus pies acariciaban los míos, y poco a poco empezaron a subir hasta llegar a mi entrepierna, donde palpitaron ligeramente mi pene y testículos bajo la tela de mis pantalones.

Ella soltó una risita, pero sin dejar de ver a la pantalla.

Yo trataba de evadir su pie, sólo para conocer su reacción, pero ella insistía. Bajé la mirada y vi la planta de su pie; era hermoso. Nunca había sentido ningún interés por los pies, pero el suyo era simplemente encantador.

Bastó que me masajeara con los dedos de su pie para que mi verga se endureciera; aquello me apenó un poco, porque ella descubrió la situación de mi entrepierna con un par de toques.

Sólo entonces me miró, con una sonrisa un tanto irónica:

– No eres un chico muy complicado – dijo.

Y entonces su pie desapareció, y ella también. O así me pareció, pues ágilmente arrastró su silla hacía atrás y cayó de rodillas bajo la mesa.

Pronto, sentí sus manos entre mis piernas, desatándome los cordones de mi pantalón y haciéndolos descender, seguido de mis calzoncillos.

Su fresca boca rodeó la mitad de mi tronco desde el primero bocado, y continuó haciéndolo después, mamándome la verga con una habilidad que me dejó sin aliento.

Estaba tan excitado, a pesar de que ni siquiera la podía ver debajo de la mesa. Me asomaba abajo, pero sólo veía su cabello y algo de su boca entre la oscuridad.

Su lengua y sus labios masajeaban tan bien la cabeza de mi pene que pude haberme corrido ahí mismo, ante aquella sensación.

Pero no fue así; ella terminó con un sonoro beso en mi glande y enseguida volvió aparecer al otro lado de la mesa.

Me sonrió, como una fiera, y lentamente se quitó la blusa, quedando sus tetas atrapadas tan solo bajo su sostén.

Caminó hacia su recamara, y apenas cruzó dijo:

– Ven.

Yo me puse de pie de inmediato, y me dirigí hacia ella como un autómata.

Adentró, arrodillada frente a la cama, me esperaba.

Bajo la luz de la bombilla, parecía una diosa. Yo avancé hacía ella; sus manos se cruzaban en su entrepierna, por lo que mantenía apretadas sus tetas entre sus brazos, añadiéndoles más volumen del que ya tenían.

Arrodillado también, llegué ante ella, hipnotizado por su cuerpo.

No movió un musculo cuando le retiré el sostén, y volvió a colocar sus brazos de la misma forma. Era la primera vez que veía sus tetas de forma tan cercana.

Eran enormes, y tan grandes como estas eran las manchas café claro que rodeaban sus pezones, que parecían pequeños entre tanta carne.

Ya ni siquiera tenía la voluntad de pensármelo dos veces; sencillamente me incliné ante ella, como si fuera una deidad, y dirigí mi boca a sus tetas.

Las besé una y otra vez; a veces una y enseguida la otra, poco a poco, hasta llegar a su pezón izquierdo. Ella se estremeció cuando mi boca la tocó, pero se mantuvo firme.

Continué con aquello, y después pasé al siguiente pezón; conforme mis labios iban apretujando sus pezones, ella iba aumentando más y más el volumen de sus respiraciones.

Poco a poco, estas se convirtieron en pequeños gemidos de placer, el cual a veces la estremecía de tal manera que me detenía acariciándome el rostro.

Pero yo evadía sus manos, y volvía a dirigirme hacia sus tetas, ansioso por besarlas para siempre.

Con el tiempo ella terminó perdiendo la compostura; sus manos ya estaban hacia atrás, apoyándose mientras soportaba las chupadas que mi boca hacían en sus tetas.

Sus gemidos eran más intensos, y sus pezones estaban tan endurecidos que parecían pequeñas piedras.

Entonces me tomó con las dos manos y me besó profundamente durante casi un minuto, invadiendo mi lengua y dejando que su boca fuera ocupada por la mía.

Después de eso se puso de pie; dándome la espalda pero girando la cabeza para mirarme, con una sonrisa, comenzó a desvestirse el pantalón con un pequeño meneo de caderas a modo de discreto baile sensual.

Hizo lo mismo cuando se quitó sus bragas blancas, quedando ante mi sus preciosas nalgas.

Estaba por incorporarme e ir por ella, pero entonces avanzó de nuevo hacía la cama.

Completamente desnuda, Lucero pasó de mí y se recostó de espaldas sobre su cama; lentamente, abrió sus piernas, ofreciéndome su coño.

Había algo distinto en su entrepierna, los vellos habían desaparecido y ahora me entregaba una concha completamente depilada.

Desatado, comencé a gatear sobre la cama, dirigiéndome hacía ella, dispuesto a follarla.

Entonces me detuvo colocándome un dedo índice en mi nariz, la cual apretó enseguida.

– No tan rápido – dijo, obligando a mi cabeza a retroceder y bajar hasta la altura de su entrepierna.

Yo cerré los ojos un instante por el dolor que me causaba en el puente de mi nariz, pero cuando los abrí me encontré de frente con su precioso coño.

Dudé unos segundos, y eso me costó que ella misma me empujara hacia ella colocando su mano sobre mi nuca. Mi boca chocó contra su humedecida concha.

El olor era ligeramente agrio, pero embriagador; me dispuse de inmediato a besar su coño, aunque era la primera vez que le hacía sexo oral a una mujer.

No sabía hacerlo, por supuesto, pero ella me guió con su mano. Nos sincronizamos pronto, ella hacía ligero movimiento hacia atrás y yo introducía mi lengua, me acariciaba el cabello de adelante y recorría sus labios vaginales con mi boca.

Ella nunca me llevaba a su clítoris, pero yo decidía cuándo, y era constantemente. Cada vez que mis labios besaban aquel botoncito de carne, ella enloquecía sobre la cama.

Pero yo iba dosificándole el placer, y así continué durante un rato, hasta que ella terminó por alejar sus manos por completo, estirando los brazos por lo ancho de la cama.

Entonces su cuerpo se contrajo, sus gemidos comenzaron a convertirse en elevados gritos y de su garganta apenas y lograban salir palabras articuladas.

– ¡Carajo! ¡Aayyy! ¡Aaaayyyy! ¡Siiií, qué rico! – gritó.

Su coño se corrió en mi boca, mediante la liberación tenue de un liquido sin sabor que inundó su interior.

También sentí sus piernas estremecerse, pues para entonces rodeaban con un abrazo mi espalda.

Mientras aquello sucedía, lejos de alejarme, mantuve pegada mi boca a su coño, sin dejar de mover mi lengua en su interior.

Ella pareció estar de acuerdo, pues me atrajo con sus piernas más y más.

Sólo cuando sentí que volvía a relajarse para. Giré la vista hacia arriba, y mis ojos encontraron los suyos.

Aún tenía una mirada de excitación, pero una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.

Entonces se incorporó, y me lanzó contra la cama, tomando yo su lugar, pues sentí su sudor sobre la cama humedeciendo mi espalda.

Me rodeó enseguida, colocándose sobre mí; con agilidad, tomó el tronco de mi verga, lo apuntó a la entrada de su coño.

– ¡Espera! – le dije

– ¿Qué? – preguntó, era la primera vez que su mirada parecía preocupada.

– Condón – fue lo último que logré decir.

Ella sacó el aire, y me señaló un cajón al otro lado de la recamara.

– Allá hay – me dijo, mientras comenzaba a hacerse a un lado.

– Si no hay problema de ti tampoco mío – expuse, notando su contrariedad.

Me escuchó, lo pensó dos segundos, y se dejó caer sobre mí falo.

La penetré – o ella misma se clavó, mejor dicho – hasta el fondo; el calor de su interior dominó mis sentidos, y ella comenzó a cabalgar una y otra vez, cada vez más rápido.

Veía sus cabellos brillar con la luz de la recamara; ella miraba al techo, y yo veía entusiasmado sus tetas rebotar mientras ella saltaba intensamente sobre mi verga.

Yo me sentía en el cielo; mis manos estaban vueltas locas. Ya sea que apretujara sus nalgas, acariciara sus caderas u oprimiera suavemente sus tetas, tenía siempre disponible la sensación de tocar una piel suave y firme.

Ella tenía un cuerpo hermoso, que desbordaba belleza por todos lados; era la mujer más preciosa que conocía, que nunca había conocido, y cabalgaba entre gemidos sobre mi verga.

Gemía con una voz de ángel, y yo mismo tenía que resistir la sensación del rocé de su interior sobre mi tronco erecto como una roca.

Después de un rato, paró, se arrodilló alejándose un poco y dirigió su boca directamente en mi entrepierna; sus labios rodearon enseguida mi falo.

– ¡Me encanta tu verga! – dijo, besó un par de veces mi glande, y volvió a llenar su garganta con mi tronco.

Notó que mi cuerpo comenzaba a dar avisos de clímax, y entonces, sin meter las manos, aceleró los movimientos de su cabeza.

Se movía tan rápido, y sus labios rodeaban con tal fuerza la circunferencia de mi verga que ahora era yo el que, con las manos extendidas y apretando las sabanas entre mis manos, trataba de soportar el placer.

Entonces me corrí; mi verga estalló dentro de la boca de Lucero, pero ella no dejó de moverse. De hecho, llevó sus manos buscaron mis testículos y los apretujaron, como si buscara exprimirme la última gota de leche.

Yo me estaba volviendo loco de tanto goce.

– ¡Yaaa! – le rogué, y lentamente comenzó a detenerse.

Siguió mamándome la verga lentamente, miré hacía ella, y encontré sus ojos traviesos y una sonrisa maléfica, divertida de ver mi rostro descompuesto por el placer.

Entonces sacó mi falo, que perdía dureza ya, de su boca, se despidió con un beso en mi glande y gateó hasta adelante.

Mis manos apretujaron sus tetas de inmediato, como si las necesitaran urgentemente. Me mostró brevemente mi esperma en su boca, antes de sonreír y tragárselo.

Yo sonreí encantado, y ella me besó.

Desde entonces aquello se ha repetido en varias ocasiones; terminé, el lunes, de reparar su aire acondicionado y ella me pagó lo acordado, pero durante las siguientes noches seguimos reuniéndonos.

Han pasado varias semanas desde entonces, no me he atrevido a formalizar nuestra relación, y ella tampoco ha dicho mucho al respecto.

Ya comenzamos a realizar otras actividades, como ir al cine o comer en restaurantes juntos, pero jamás caminamos juntos en los pasillos de la vecindad. Sigue, después de todo, siendo un secreto.

Es obvio que la quiero, pero sé que ella sabe que no funcionara. A estas alturas, me he enterado que tiene 35 años, más de una década nos separa y, aunque a mí no me importa, tampoco puedo ignorarlo.

Un día le pregunté qué pensaba de nuestro futuro.

– Esas cosas no me preocupan – me dijo – Y algún día dejarán de preocuparte a ti – añadió.

La amo, y me gustaría que esto durara para siempre.

FIN.

Los personajes, lugares y situaciones de estas historias o relatos son ficticios, completamente salidas de la imaginación de las y los autores. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales, es pura coincidencia. Relatos.gratis no revisa ni publica relatos sobre hechos que sus autores afirmen ser reales o basados en situaciones que realmente ocurrieron.
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