Así fue como terminé follada por dos negros

El relato que les voy a contar me ocurrió hace unas semanas, durante un viaje que realicé con motivo de una investigación para mi tesis de licenciatura.

Mi nombre es Liliana, tengo 21 años de edad, y soy estudiante de Derecho en la Universidad Nacional. Debido a que me encuentro realizando el protocolo de investigación de mi tesis de titulación, tuve que viajar a la ciudad de San Martín, donde entrevistaría a dos miembros importantes del Consejo de Judicatura como parte de mi investigación.

Francamente, según me dijo mi director de tesis, no era necesario desplazarme, pues era válido realizar una llamada telefónica a estas personas y entrevistarlas de esa forma. Sin embargo, como mi abuelita tiene un departamento desocupado en San Martín, y además esta ciudad está a dos horas y media en autobús, me animé a ir personalmente.

Mi familia y yo viajamos constantemente a esa ciudad, porque tiene playa y es más tranquila que la capital, pero esta era la primera vez que yo viajaría sola. Soy la hija menor de mi familia, así que mis padres siempre me han sobreprotegido, especialmente papá, para quien soy la princesa de la casa.

Así que me costó mucho insistir para ir sola, ya que ninguno de ellos, ni tampoco mi hermano mayo, podían acompañarme en día hábil y, como los miembros de la Judicatura no podían atenderme en fin de semana, la única solución era asistir sola o simplemente no ir.

Bromeando, propuse que me acompañara Sebastián, mi novio de ese entonces, compañero de mi salón, y con quien llevaba saliendo unos cuantos meses. Me reí cuando papá advirtió, celoso, que aquella opción estaba descartadisíma.

De esa forma, terminé viajando sola a San Martín; mi madre pidió a mi padre que me diera la oportunidad, recordándole que se trataba, después de todo, de cuestiones de la universidad. Papá me dijo que me cuidara, pero se convenció que el puerto no sólo era seguro sino que casi todas mis actividades las realizaría de día.

– Prométeme que no cometerás locuras – me dijo, alborotándome los cabellos.

– Te lo prometo – le dije, sonriendo.

Él me abrazó.

El viaje fue tranquilo y la película sumamente aburrida, por lo que dormí durante todo el viaje mientras escuchaba música rock en inglés.

Llegar al edificio, afortunadamente, no me costó mucho trabajo. Y le tomé una foto a la fachada  para enviárselas a mis padres por WhatsApp y, de paso, tranquilizarles los nervios.

“Avísanos cuando estés dentro del departamento”, escribió él.

Así que subí; el edificio tenía cuatro pisos y las escaleras principales en una de sus esquinas. En cada piso había dos departamentos más o menos del mismo tamaño.

Cuando llegué ante el número 5, que correspondía al departamento de mi abuela, metí la llave y la giré. Pero no abrió.

Insistí varias veces, pero la cerradura no respondía.

De pronto, una voz me sorprendió por la espalda.

– ¿Se te ofrece algo?

Yo giré la vista.

Asomándose por la puerta entreabierta del departamento de al lado, un rostro oscuro me miraba. Me tomó unos instantes reconocer que se trataba de un hombre negro.

– Yo…- titubeé – Yo soy la nieta de la señora Lourdes. Me llamo Liliana.

Él abrió la puerta confiado, y me ofreció su gruesa mano, al tiempo que me informaba que su nombre era Renato. No podía creer la cantidad de músculos que podía haber en una palma cuando lo saludé.

– Ella no avisó que fueras a venir – dijo, pero de pronto rectificó – Lo siento, quiero decir que no viene mucha gente desconocida por aquí. Ella es muy amable, nos llevamos bien.

Miró la llave metida en el cerrojo a medio girar, y preguntó:

– ¿Tienes problemas?

Entonces, le informé sobre el problema. Él intentó abrir la chapa, primero con la llave y después con una copia que, dijo, mi abuelita les había dejado.

Yo me alegré de que ellos tuvieran aquella llave, pero me llevé las manos a la cabeza cuando no logré abrir con esa tampoco.

– Déjame probar – dijo él.

Sin embargo, tampoco pudo.

Me dijo que se tendría que llamar a un cerrajero, para que cambiara la chapa, pero me advirtió que aquello no era posible

Juntos, planteamos otras opciones, como que rentara un hotel o me regresara a la ciudad; yo evalué ambas, pero le dije que no tenía suficiente dinero y que volver a casa no era una opción. Entonces me ofreció dormir en su departamento.

– Puedes dormir con nosotros – dijo.

Yo me sorprendí, y pregunté:

– ¿Vives con tu esposa?

El rió, y después me explicó que vivía con su primo, Ítalo, quien en aquel momento estaba trabajando.

– Él es diseñador y yo soy arquitecto; rentamos juntos – me explicó.

A mí me daba nervios dormir a solas con dos hombres, y debo reconocer que el hecho de que Renato fuera negro – y probablemente Ítalo también – no hacía las cosas más fáciles.

Yo me llevé la mano a la barbilla, simulando pensar. De pronto, mi mente reaccionó: “Joder Liliana, no seas racista; además la abuelita confía en ellos, si no no tendrían su llave”.

Así que acepté. Su departamento era hermoso, pintado completamente de blanco y sumamente iluminado, el talento de ambos como diseñador y arquitecto era evidente en su hogar. Mientras les hablaba de mi, y ellos me hablaban de ellos, yo enviaba mensajes a mis padres.

Decidí no preocuparlos, y les dije que todo había resultado bien y estaba dentro del departamento de mi abuelita.

No entraré mucho en detalle de aquella noche; Ítalo llegó más tarde y resultó ser igual de amable y simpático que su primo, e incluso me ofreció llevarme al edificio del Consejo de la Judicatura en su auto, pues le quedaba de paso a su oficina.

Me ofrecieron el cuarto de servicio; les dije que, cansada por el viaje, prefería dormir temprano.

Acostada, en la cómoda cama, me dormí escuchando de fondo una canción de salsa que venía desde la sala, preguntándome si era Ítalo o Renato el más atractivo de ambos.

Al día siguiente Ítalo cumplió su palabra, lo cual me ayudó muchísimo a llegar a tiempo, por lo que me di el gusto de tomar un café y unas galletas antes de entrar.

Logré hacer las entrevistas que tenía planeadas, e incluso conocí a dos abogados más – con una extensa experiencia – que me ayudaron con su opinión en mi proyecto. En mi mente, juré a mi misma que algún día regresaría a ese edificio, pero esta vez como abogada empleada.

Saliendo de la entrevista, contenta de que todo había salido a la perfección, me dispuse a ir directo al departamento; llevaba poco dinero, y no tenía muchas opciones para matar el tiempo. Sin  embargo, tenía pena de regresar a la casa. Fuera como fuera, me sentía un poco incomoda con la idea de ser una carga para Ítalo y Renato.

Por ello, apenas llegué, me dispuse a intentar abrir el departamento de mi abuelita de nuevo, aprovechando que ellos no se encontraban. No podía dejar de admirar su casa; me atreví a asomarme un poco en la recamara de Ítalo, quien había dejado su puerta entreabierta, y vi dentro una televisión tan grande como la de la sala y un bonito equipo de sonido.

Me preguntaba cómo habían decidido tener tal confianza en mi, al dejarme una copia de las llaves de su departamento; sin embargo, imaginé que si conocían a mi abuelita sabrían que yo no sería una ladrona.

Salí al pasillo, con la llave del departamento de la abuela, e intenté abrir de nuevo. Pero fue inútil; por más que lo intenté la cerradura no cedía.

 – También lo intentamos esta mañana y no se pudo – me sorprendió de pronto la gruesa voz de Ítalo, .

Yo giré asustada; no lo escuché subir las escaleras y me dio pena que creyera que no quería seguir con ellos.

– ¿Y Renato? – pregunté, tratando de cambiar la conversación.

– Viene atrás, fue a comprar algo de tomar – respondió, y alzó una bolsa de plástico que cargaba en la mano izquierda – Trajimos comida.

Durante la comida, ambos me invitaron a salir durante la noche; me dijeron que, ya que no tenía nada más que hacer, deseaban mostrarme su centro nocturno favorito. Aquello me emocionó, porque por supuesto que quería salir de noche, pero había prometido a papá que no haría locuras y, después de todo, ellos eran desconocidos para mí.

Les dije que lo pensaría, y salí un momento a la calle con el pretexto de comprar algo en el mini súper. Afuera, telefoneé a la abuela. Además de saludarla, le dije que había conocido a los vecinos de al lado, esperando que me diera alguna referencia sobre ellos.

Y vaya que me la dio; afirmó que eran excelentes vecinos, pero que ella creía que eran homosexuales aunque “adorables y encantadores”. Incluso me dijo que cualquier problema que tuviera, confiara en ellos, y hasta confirmó que ellos tenían copia de su departamento.

Aquello me tranquilizó enormemente; pasé a la tienda a comprar una bebida y caminé pensativa pero resuelta al departamento.

– Lo he estado pensando y creo que iré con ustedes – les anuncié, y ellos aplaudieron, afirmando que la iba a pasar bien.

Me sugirieron descansar el cuerpo y, cuatro horas después, ya me estaba vistiendo con un vestidito de noche y unas zapatillas que logré meter en secreto a mi maleta.

Cuando terminé, a las 10:15 de la noche, le envié un último mensaje a mis papás: “Ya me dormiré, fue un día pesado, mañana les aviso a qué hora sale mi autobús de regreso. Los quiero”.

También le mandé un mensaje a Sebastián: “Ya voy a descansa mi amor, estoy cansadita. Besos”.

Pensé si era adecuado llevar o no el celular, pero finalmente decidí dejarlo en el comedor, pues corría el riesgo de perderlo en la discoteca.

Mi vestido era corto de coctel, blanco, y con un original escote en el que lucía una especie de adorno en forma de cadena dorada; además, tenía una malla transparente que le daba un toque atrevido y muy sexy. El vestido era ajustado al cuerpo, con tejido elástico para estilizar la figura.

Me miré al espejo; el vestido me lucía bien – especialmente porque tenía la piel algo bronceada, por el sol de San Martín – pero mi cabello castaño oscuro, lacio y perfectamente peinado, no terminaba de convencerme, como siempre. También hice una mueca cuando vi mi nariz aguileña, herencia de papá pero que me hacía sentir fea. Además, mi frente se me hacía demasiado amplia, y mi cabeza algo cuadrada. Sólo agradecía los ojos gris oscuros de mamá, aunque odiaba mis cejas delgadas. Suspiré; “no estás tan mal”, me di ánimos.

Me dio mucha pena salir del cuarto ante ellos, pero me sentí sumamente halagada cuando me dijeron que lucía hermosa. Renato añadió que era el vestido perfecto para el lugar al donde iríamos. Yo no pude evitar sonrojarme, al tiempo que les agradecía los cumplidos.

Y aquel lugar era una discoteca enorme, llena de luces en la entrada. Se llamaba Mambo Emoción, y la música de los tambores y trompetas se escuchaba en la avenida principal, junto a otros centros nocturnos. Ni siquiera la zona nocturna de la capital era tan viva como la de San Martín.

Ambos iban muy guapos, con ropa elegante y vistosa. Se parecen mucho, físicamente, aunque el peinado los diferencia. Mientras que Renato es completamente calvo, y con la nariz y rostro más alargado; Ítalo tiene la cabeza redonda, y la nariz un poco más ancha, así como un cabello enchinado corto pero denso sobre la cabeza.

Y sus labios, lo que más me llama la atención de ellos, son gruesos y sonrientes, mostrando siempre una amplia y blanca sonrisa.

Los tres entramos al lugar, aunque antes tuve que demostrar que era mayor de edad al vigilante de la entrada. Me irritaba que aquello me sucediera, pero ya estaba acostumbrada, y tenía listo mi carnet del seguro social.

Llegamos, nos ubicaron en una mesa; los dos saludaban a todo mundo, y me presentaron a varias personas. Ellos parecían ser asiduos del lugar, y muy conocidos. Sin embargo, pronto llegó lo que más temía; Ítalo me hizo ponerme de pie y me arrastró hasta el centro de la pista, donde decenas de parejas bailaban.

Francamente no fue fácil para mí; no soy la chica más bonita del mundo y, desde luego, bailar no es para nada lo mío. Le insistí a Ítalo que regresáramos pero, en medio de la pista, no me atreví a armar un berrinche.

Pensando en lo ridícula que debía verme, decidí aceptar y dejé de intentar alejarme; él sonrió, me tomó firme de la cintura, y comenzó a guiarme. Poco a poco, mi cuerpo fue comprendiendo los ritmos, y la ayuda de Ítalo resultó indispensable para poder bailar con soltura.

Él era maravilloso; en pocos minutos, logró que una chica como yo, dedicada usualmente al puro estudio, se moviera sobre la pista sin pena alguna. Era como si el resto de la gente hubiera desaparecido, aunque seguía ahí, pues yo sentía que sólo éramos nosotros dos en medio de la pista.

Por supuesto, había chicas a mi alrededor que bailaban mucho mejor, pues tenían más experiencia; pero nadie ahí juzgaba a nadie, y no había miradas cuestionando mis movimientos imperfectos. Me sentí libre y, de cierta forma, más mujer que nunca.

La noche pasó así; no sólo bailé con Ítalo, sino que también Renato me advirtió que no me iría de aquel lugar sin haber bailado con él. Al final terminamos bailando por más de tres horas.

De vez en cuando, por supuesto, nos sentábamos en la mesa, donde el ron desfilaba de copa en copa. Fácilmente me mareaba pero, después de una ronda de baile, mi cuerpo parecía pedir más y más alcohol.

Ambos habían bebido también, así que una mujer, bastante mayor y amiga de ellos, terminó llevándonos al departamento en su camioneta. En el viaje, nos iba contando anécdotas divertidas que nos hacían estallar de risa. Yo iba sentada atrás, abrazada con Ítalo.

Llegamos al departamento, ambos llegaron bailando, y yo sólo los miraba riendo; Ítalo se dirigió directamente a la sala, tras encender todas las luces, y colocó un disco duro en el estéreo.

La música era mucho más suave y el volumen más bajo que en el centro nocturno; pero en el silencio de la noche se escuchaba y se sentía perfectamente. Mi cuerpo reaccionó, inevitablemente, con un ligero movimiento de hombros.

Renato se puso de pie, invitándome a bailar. Yo sonreí, completamente abochornada.

– Estoy muerta del cansancio – dije, pero sin evitar morderme el labio con coquetería.

– Tendrás mucho tiempo para dormir – respondió, comenzando a mover los pies y las caderas, cómo si yo fuera la última pieza que faltaba.

Reí, apenada pero también sumamente adulada. Y me puse de pie.

El ritmo, como dije, era mucho más lento, así que bailar fue fácil, pues sólo tenía que repegar mi cuerpo contra el suyo y dejarme guiar por él. El calor comenzó a recorrer mi cuerpo; primero mis piernas y después mis nalgas, para pasar al resto de mi cuerpo y terminar acumulándose en mi cabeza.

No voy a mentir, me estaba excitando. Y aunque aún no imaginaba para entonces lo que ocurriría, puedo decir que un sensual baile es similar al sexo en muchos aspectos.

La primera pieza terminó, pero enseguida comenzó otra, un poco más intensa, lo que hizo a Renato moverse más rápido, pero pegado a mi cuerpo.

Yo estaba extasiada; disfrutaba mucho aquel baile, era como si me estuviera redescubriendo a mí misma.

De pronto, me hizo girar varias veces, alejándome de él hasta chocar sorpresivamente contra el pecho de Ítalo; él me rodeó con su brazo, y no tardó en acomodarse hábilmente hasta que, sin ni siquiera proponérmelo, ya estaba bailando con él.

Ambos eran increíbles; me hacían sentir una bailarina profesional cuando en mi vida hubiera podido imaginarme ser capaz siquiera de pisar una pista.

Así terminó aquella segunda canción; ya había intercambiado varias veces de pareja. Me encantaba la manera en que sonreían ambos cada vez que me recibían en sus brazos. Era como ver los rostros de dos niños recibiendo el mejor regalo de su existencia, y ese regalo era yo.

Para cuando la tercera canción estaba avanzada, ya no sólo bailaba con uno y otro, sino con ambos a la vez. Movía mi cuerpo pegado de frente al de Renato, mientras Ítalo bailaba detrás de mí. Ni siquiera me importaba que su entrepierna rosara con mis nalgas. Yo misma movía mis caderas, pues sentía que bailar con ambos implicaba necesariamente el contacto físico e intimo, y aquella era mi manera de decirle a Ítalo que también estaba bailando con él.

En determinado momento de la canción, Renato me atrajo hacía él; su cuello se cruzó con el mío, podía escuchar su respiración sobre mis hombros. Mis pechos chocaban con su cuerpo y aquello me estaba terminando de descontrolar. Estaba excitadísima, de una forma que nunca antes hubiera sentido, mucho menos con Sebastián.

Las mejillas de Renato y mías rozaban constantemente; y la endurecida verga de Ítalo contra mis glúteos ya era más que evidente. Para entonces, lo admito, ya estaba tan excitada que sentía mi coño babear de deseo.

Sin embargo, también tenía un temor natural de que aquello se desatara. De alguna manera, quería salir huyendo pues yo era completamente inexperta, más no virgen, puesto que hacía unas semanas que había entregado mi virginidad a Sebastián en una aburrida visita a un motel de paso.

Esto era completamente distinto, el calor y la excitación en mi cuerpo eran mayores incluso que cuando había tenido a mi novio dentro de mí. No había comparación; mientras él era apenas un niño, ahora estaba entre dos verdaderos hombres.

Estaba muerta de nervios, quería que todo se desatara pero también esfumarme, las dos cosas al mismo tiempo.

Mientras mi cabeza daba vueltas, mis ojos se cruzaron con los de Renato; decidí tomar un poco de iniciativa y me mantuve fijo en él, quien tampoco despegó su vista de la mía.

“Joder – pensé – bésame ya”.

Y así lo hizo, vi acercarse su rostro, sus gruesos labios abriéndose; uno de sus dedos, gruesos pero suaves, alzó suavemente mi barbilla. Yo lo permití, pero cerré los ojos mientras mis labios se separaban lentamente.

Entonces sentí el contacto de su boca con la mía, mi piel se encrespó al instante; el sabor de sus labios era distinto a los que hubiera probado antes, y daban la sensación de que, por primera vez en mi vida, estaba besando a un verdadero hombre.

Aquel besó fue el detonante de todo lo demás; a partir de entonces, los tres entramos en otra dimensión en lo que todo tendría cabida.

Mientras mi boca y la de Renato se besaban, sentí sobre mis nalgas mayor presión de la endurecida entrepierna de Ítalo, quien no tardó en posar sus manos en mi cintura.

Aunque estaba excitada, también estaba temerosa; al fin de cuenta, ellos eran realmente desconocidos para mí, no sabía de ellos más que lo vivido en las últimas horas, y comprendí que aquella situación se dirigía peligrosamente a lo prohibido.

Mi cordura luchaba por convencerme de detener aquello; bien pude haber gritado, o simplemente zafarme y salir corriendo hacia mi recamara. Pero la pasión, el calor y la humedad que se formaba entre mis piernas terminó por derrotarme, y mis brazos rodearon el musculoso cuello de Renato sin despegar mis labios de su boca, mientras sentía las manos  de Ítalo ya acariciaban mis nalgas antes de deslizarse bajo mi vestido.

Para entonces ya estaba más que resignada: sería follada por dos negros, y vaya que lo disfrutaría.

Los dedos de Ítalo se filtraron entre mis piernas hasta lograr masajear mi coñito por encima de mis empapadas bragas, no tardó Renato – a quien no podía dejar de besarle y morderle los labios – en colocar su mano también, de modo que ambos se turnaban para magrearme la concha.

Yo decidí no quedarme atrás. Cegada por la excitación, una de mis manos buscó el bulto de Renato; mi sorpresa fue grande cuando mis dedos rodearon un tronco tan grueso que ni siquiera tenía comparación con la joven verga de mi novio.

Sentí la boca de Ítalo besar mi cuello, por lo que giré mi rostro y terminé con mi mirada cruzándose con la suya: él iba a decirme algo, pero yo no quería escuchar nada todavía, temerosa de saber que aquello fuera realmente un error, así que alargué mi cuello y le besé, primero la mejilla y enseguida sus carnosos labios.

Mi cuerpo se reacomodó, ahora estaba frente al otro negro; con fines comparativos, mis manos buscaron también su falo, que ya había estado chocando contra mi culo desde hacía rato. Apretujé su verga, y descubrí que era tan grande y gruesa como la de su primo.

No pude evitar sonreír nerviosa, y él me tranquilizó con una sonrisa antes de volverme a besar; por detrás, ahora era Renato quien acariciaba mi cintura, caderas y culo, sus gruesas manos eran tan amplias que cada palma podía rodear perfectamente cada una de mis nalguitas.

Mientras yo besaba a su primo, Renato comenzó a alzarme la parte inferior del vestido, de manera que mis culo apenas cubierto por mis bragas estaba a su merced.

Ítalo, por su parte, ya apretujaba a través de la tela mis tetas que, aunque no eran muy grandes, a él parecían encantarles.

Rodeada por aquellos dos, la temperatura de mi cuerpo estaba por encima de cualquier limite; yo misma deseaba que terminaran de desnudarme, pero por ningún motivo deseaba estar en otro lugar que no fuera entre aquellos dos hombres.

Renato debió haber escuchado mis pensamientos, pues de pronto me tomó por la cintura y me alzó con tal facilidad que yo sentía que flotaba.

Me llevó hasta el sofá principal de la sala, de suave tela gris, y me hizo colocarme de rodillas en el asiento de en medio, de modo que mis manos y codos quedaron recargados sobre el respaldo.

No entendía nada, y tardé unos segundos en comprender que, arrodillado en el suelo, la boca de Renato besaba desesperadamente mi culito.

Sus gruesos besos recorrieron mis nalgas y la parte superior de mis nalgas, yo no tuve más remedio que acomodarme, ofreciéndole aún más mi cuerpo.

A la distancia, detrás de él, vi a Ítalo quitándose primero la camisa, después los zapatos y, finalmente, el pantalón.

Entonces se acercó a nosotros,  mientras su primo ya besaba repetidamente el bultito de mi coñito que se formaba debajo de la tela de mis bragas.

– ¿Qué precioso cuerpecito? – murmuró Renato, mientras su lengua ya paseaba por el canal que se formaba entre mis nalgas.

Yo apenas estaba entendiendo qué clase de sexo era aquel, pero estaba segura que era por demás excitante.

– ¿Es una delicia, no? – preguntó Ítalo, quien se detuvo a unos centímetros de nosotros, mirando cómo su primo se agasajaba con mis nalguitas.

Yo no pude evitar mirar su abultada entrepierna, cubierta apenas por unos apretados calzoncillos.

– ¡Qué si no! – respondió Ítalo, lanzando una sonora palmada sobre mi glúteo izquierdo – Es pura calidad de mujercita.

Entonces volvió a besarme el glúteo derecho, mientras su primo, de pie, comenzó a apretujar el izquierdo, aún estremecido por la nalgada.

– ¡Qué rica colita! – dijo, sin dejar de manosearme y antes de lanzarme también un par de palmaditas más suaves.

No pude más que ruborizarme al escuchar la forma en que se expresaban de mi, así que mantuve la vista al frente. Todo era confuso entonces, y yo estaba rendida de excitación.

Entonces sentí cómo el sofá vibraba, giré hacia mi derecha y vi a Renato parándose sobre el sofá; avanzó, hasta colocarse frente a mí, con sus nalgas recargadas en el respaldo y su bulto a unos centímetros de mi rostro.

Yo debí parecer asustada cuando alcé mis ojos hacía su rostro; él me sonrió y me acarició la barbilla, antes de empujar mi cabeza contra su entrepierna.

Mis labios chocaron contra su verga endurecida atrapada bajo los calzoncillos, y sólo entonces reaccioné y coloqué mis manos en sus piernas para mantener mi rostro alejado de su entrepierna.

Él rió levemente, y me dijo:

– ¿No quieres?

– No sé – le respondí, y sonreí como tonta.

– Es lo que tú digas – me dijo, y yo me ruboricé de nuevo.

Me mordí los labios nerviosa, él permaneció pacientemente frente a mí. Yo trataba de mirarlo a los ojos, pero mi mirada se desviaba constantemente al grosor de su falo que se formaba a través de la tela.

Sentí el tiempo eterno, y me vi obligada a tomar una decisión, así que alcé mis manos, las coloqué a un costado de sus caderas, e hice descender con mis dedos a sus calzoncillos.

Entonces un vigoroso y duro tronco apareció desnudo ante mi; era sencillamente maravilloso, pues el pene de Sebastián parecía un chiste al lado de aquel animal oscuro y grueso.

Volví a alzar la mirada, como si esperara alguna orden de Renato. Pero, entonces, lo que sucedía en mi trasero captó de pronto mi atención; Ítalo había hecho descender mis calzoncitos hasta mis rodillas, de modo que mi culo y mi húmedo coño quedaron desnudos ante él.

De pronto sentí como su lengua comenzó a recorrer mi sensible piel entre mis nalgas; se deslizó peligrosamente hacía la arrugada entrada de mi ano, pero viró enseguida hacía abajo, en dirección a mi coño.

Ahí, sentí cómo su boca y sus labios comenzaban a causar sensaciones entre los labios vaginales de mi conchita.

Yo regresé la vista al frente, donde me esperaba la imponente verga de Renato.

Decidida, tomé el tronco con mi mano, que se veía diminuta ante tremendo animal; comencé a masturbarlo lentamente, hasta que su glande se humedeció de sus fluidos y pude acelerar los movimientos de mi mano.

Él permanecía paciente, como si aquello fuera poca cosa para su falo. Sintiéndome retada, pensé en qué le parecería que fuera mi boca la que le masajeara la verga.

Y así lo hice. Cerré los ojos y abrí lo más grande que pude mi boca, acercándome a su entrepierna; podía sentir como el tronco de Renato entraba entre mis labios hasta chocar con mi lengua.

Cuando abrí los ojos, mi sorpresa fue grande al descubrir que no había logrado ni tragarme la mitad de aquel enorme pene; él intentó empujarme, para que me tragara más de su tronco, pero lo único que logró fue provocarme arcadas.

Atrás, en mi colita, Ítalo había terminado de darse un festín con los jugos de mi coñito, y estaba terminando de desnudarse a unos metros de nosotros.

Sin dejar de mamarle y masajearle la verga a su primo, eché un vistazo para conocer la envergadura de su pene, que inevitablemente estaba a punto de penetrarme.

Lo que vi fue un tronco tan bestial como el que tenía en la boca.

Pronto se colocó tras de mí y sentí la punta de su verga recorriendo de arriba a abajo los labios exteriores de mi humedecida concha; el instinto y el miedo me hicieron apretujar mis pompis, rechazándole, pero él me tomó con firmeza de las caderas, obligándome a abrir mis piernas como una flor.

Entonces me penetró; pese a que estaba mojadísima, no pude evitar soltar un grito de dolor y placer – con la verga de Renato dentro de mi boca – al sentir cómo aquel grueso tronco invadía violentamente mi coño.

Giré la vista, y vi que apenas dos tercios de su tronco estaban clavados en mi coño.

– ¡Ufff! – dije, mirando a Ítalo – Despacio por favor.

Él fue lindo, y comenzó a cogerme lentamente, aumentando a un ritmo adecuado sus embestidas; poco a poco, la verga iba entrando cada vez más profunda en mi coño, que se iba dilatando de tanto placer.

Adelante, Renato me daba indicaciones de cómo complacerle con mi boca. Yo ponía atención, pues sabía que él podía enseñarme muchísimo más que Sebastián, cuya verga pude tragarme completa de un solo bocado durante la única ocasión en que le practiqué una felación.

Aquel negro, en cambio, me enseñó a como tragarme casi por completo su descomunal tronco, a como recorrer por fuera, con mi lengua, toda la longitud de su verga, y a como juguetear con sus testículos en mi boca.

El sabor de su piel era salado, especialmente en sus bolas, donde el sudor se acumulaba, mientras que su glande y sus líquidos eran más bien amargos.

 – Qué bien la chupas – comenzó a decirme, mientras yo lo miraba sin dejar de mamarle la verga – Te estás volviendo experta en un ratito. ¿Verdad?

Yo respondí, sin sacarme su falo de la boca, con un discreto  movimiento afirmativo de mi cabeza.

– Bien, bien – me dijo, acariciándome los cabellos como si fuera una gatita – Desde que te vi la primera vez sabía que ibas a terminar besándome los huevos – dijo – ¿Verdad que sí?

Esta vez, decidí hacer la respuesta más concisa, saqué de mi boca su pene y me dirigí directamente a sus bolas; ahí, lancé varios y sonoros besos a cada uno de sus testículos, tal y como él lo deseaba. Después, decidí intensificar aquello, y me comencé a llevar sus huevos a la boca, manteniéndolos largo rato ahí.

– ¡Ahhh! ¡Qué delicioso los chupas! ¡Joder que rico mamas! – dijo él, extasiado por aquello.

La razón por la que yo no paraba, era porque desde hacía rato que las embestidas de Ítalo me habían causado un subidón de placer. Algo indescriptible y nuevo para mí.

Mi boca tuvo que abandonar aquel pedazo de carne, pues una sensación de placer y calor surgió de pronto desde mi vientre y se dispersó enseguida hacia mi coñito.

Sentí que mis piernas vibraban de forma autónoma, como si se me estuvieran entumiendo.

– ¡Se está corriendo la perrita! – anunció Ítalo, justo antes de intensificar sus movimiento.

Entonces Renato me jaló de los cabellos, obligándome a alzar la vista.

– ¿Es cierto? ¿Te estás corriendo Lilianita? ¿Te estás corriendo en tu coñito?

Yo apenas y pude mover mi cabeza afirmativamente, a pesar de que no entendía realmente lo que estaba sucediendo, con el rostro descompuesto por el éxtasis.

Enseguida, él me metió su verga en la boca, pero yo era incapaz de seguírsela mamando.

Frustrado, comenzó a golpearme el rostro con su tronco, mientras yo permanecía incapaz de reaccionar a otra cosa que no fuera el torbellino de placer en mi vientre.

Entonces caí rendida entre las piernas de Renato, con sus bolas descansado sobre mi frente. Ítalo por fin paró, y sacó su verga de mi coño. El placer aún rondaba entre mis piernas mientras mi respiración se normalizaba.

Como si fuera su muñequita de trapo, comenzó a quitarme el vestido y después mi sosten. Apretujó durante varios segundos mis tetitas, así como los endurecidos pezones.

Posteriormente bajó del sofá, seguramente con la intención de ser el siguiente en follar mi coñito, cuando de pronto un fuerte sonido invadió la sala.

Los tres volteamos hacía la mesa del comedor, donde mi teléfono celular sonaba.

Tardé en lograrme incorporar, y después avancé lentamente hacía el comedor; de lejos vi el nombre de Sebastián en la pantalla pero, cuando llegué, el sonido había cesado.

– Se perdió la llamada – murmuré.

Entonces sentí cómo Renato, a quien hace unos segundos le estaba chupando la verga, se colocó detrás de mí, me empujó, haciéndome caer sobre la mesa, y me penetró con tal habilidad que, en pocos segundos, ya lo sentí ir y venir a través de mi conchita.

Era simplemente delicioso; en mi interior, podía sentir las diferencias entre la textura de su tronco y el de su primo. Pronto me solté a gemir como loca, ante las cada vez más intensas embestidas.

De repente mi corazón volvió a saltar de nervios cuando el timbre del celular sonó de nuevo; revisé la pantalla, era Sebastián otra vez.

Tomé el celular y giré mi rostro hacía Renato, rogándole que parara un momento; lejos de hacerlo, siguió cogiéndome, pero al menos disminuyó la intensidad de sus movimiento.

Traté de calmar mis propia excitación y contesté la llamada.

Activé el altavoz, esperando que así el sonido de nuestras respiraciones se confundiera con el de su voz, y para no tener que estar colocando el aparato todo el tiempo en mi oído.

¿Bueno? ¿Liliana? – dijo la voz preocupada de mi novio.

– Hola Sebas – le dije, simulando una voz somnolienta.

¿Te desperté verdad? ¿Perdóname mi amor, es que estaba preocupado?

Aquello me hizo sonreír irónica, me preguntaba cómo sería la reacción de mi novio si le contestara: “Me agarras en mal momento mi amor, justo me están follando dos negros”.

– Sí, no te preocupes – le contesté, con mucho esfuerzo, pues por más que Renato había disminuido la velocidad, su gruesa verga hacía que mis caderas se retorcieran de placer.

Te había estado marcando y ya me estaba preo… – seguía diciendo Sebastián, pero yo estaba distraída viendo cómo el oscuro tronco de aquel negro aparecía y desaparecía entre mis nalguitas.

Volví a mirarlo a los ojos, intentando que se detuviera de nuevo, pero el muy cabrón siguió follándome; como premio de consolación, sólo acercó su rostro a mi espalda y besó dulcemente mi piel.

¿Estás bien? – preguntó mi novio, cuando notó que no le contestaba.

– ¡Sí! – reaccioné – Lo que pasa es que estaba quedándome dormida otra vez, hoy me cansé y tengo mucho sueño. Así que…quisiera…seguir durmiendo.

¡Joder! ¡Qué bien se sentía el duro falo de Renato! Apenas pude terminar aquella última frase, pues sentí cómo su verga me penetraba hasta el fondo justo antes de salir por completo de mi coño. Aquello fue demasiado, y no pude evitar dejar escapar un suspiro.

¿De veras estás bien? – me preguntó Sebastián.

Yo no pude responderle de inmediato, puesto que vi cómo Renato se alejaba e Ítalo tomaba su lugar; casi sentí perder el aire cuando el otro negro me clavó su falo, segundos después de la salida de su primo.

Tuve que girar el rostro hacia él y, pese a mi rostro desencajado por el placer, rogarle en silencio que no me follara tan duro durante la llamada.

Vi cómo ambos se intercambiaban sonrisas picaras, los muy cabrones estaban burlándose de la situación.

¿Me escuchas? – insistió Sebastián, al teléfono, su voz ya se notaba molesta.

Me imaginé su carita blanca y finita enrojeciéndose de furia.

Volví a la llamada y le respondí:

– ¡Sí! Sebastián, te estoy diciendo que me despertaste. Tengo sueño – grité, más por lo excitada que por lo exasperada.

Perdón – dijo él, sintiéndose culpable – Pero es que te decía que te había estado llamando.

Yo no podía resistir las ganas de soltarme en gritos y gemidos del placer que la verga de Ítalo estaba provocando en mi coño, y con mucho esfuerzo respondí.

– Dejé el teléfono en vibrador – le mentí – Como me despedí de ti, pensé que nadie me marcaría.

Comenzó a decirme, entre nuevas disculpas, que necesitaba saber a qué hora regresaría yo a la capital, pues él quería recibirme en la terminal, pero debía planear para ello unos encargos que su madre le había encomendado.

Yo apenas y le puse atención, y desactivé temporalmente el micrófono de mi celular para poder gemir y gritar de placer libremente.

– ¡No tan duro, por favor! – le rogué, diciéndole lo arriesgado que era hacer aquello durante la llamada, pero a él no pareció importarle mucho.

De pronto, sacó su verga de mi, seguramente para cederle de nuevo el lugar a Renato, quien ya se acomodaba tras de mí.

Aproveché aquello y lo empujé hacía el sofá; ahí, lo rodeé con mis piernas y me clavé su verga, esperando que en aquella posición yo tuviera más control de las embestidas.

¿Entonces qué opinas? – preguntó Sebastián, por lo que tuve que activar el micrófono de nuevo, mientras cabalgaba muy despacito sobre la vergota de Renato.

– Pues no he comprado los boletos mi amor, pero supongo que después de las cinco o seis de la tarde llegaré – le respondí, justo a tiempo para volver a desactivar el micrófono.

Aprovechando aquel espacio de tiempo, Ítalo – quien se había colocado a un costado del sofá – me tomó de la cabecita y la atrajo hacia su entrepierna, obligándome a tragarme todo el tronco de su falo.

Por el altavoz, con aquel pedazo de carne invadiéndome hasta la garganta, escuchaba a mi novio explicándome sus planes para el día de mañana y cómo haría “lo que fuera” para estar a tiempo en la terminal para recibirme.

Escuchaba las risas burlonas de ambos negros, mientras Sebastián charlaba despreocupado, ignorante de que su novia tenía dos grandes y gruesas vergas metidas en su coño y boca.

Yo me sentía un poco humillada, en realidad, especialmente por la manera en que Ítalo empujaba mi cabeza contra sí, obligándome a tragarme su verga hasta mi garganta, lo que me causaba toses y nauseas.

Pero, al mismo tiempo, aquella rudeza de parte de ambos me tenía más excitada que nunca, y más pensando en el inocente Sebastián al otro lado de la línea telefónica.

Como por mamar el pene de Ítalo había descuidado los movimientos de mis caderas, Renato comenzó a moverse bajo de mi y sus embestidas comenzaron a intensificarse.

Todo aquello me tenía loca; los líquidos de Ítalo se combinaban con lo que debía ser el sabor de mi coño, generando un gustillo delicioso. Aquello era más excitante cuando consideraba la manera ruin en que estaba engañando a mi novio.

Cuando me saqué la verga de la boca, para responderle a mi novio, no pude evitar darle un sonoro besito al glande y regalarle una sonrisa traviesa a Ítalo, quien me acarició suavemente la cabeza.

Y entonces así quedaríamos, ¿cómo ves?

A mí me urgía despedirlo, pues no soportaba tanto placer en silencio, por lo que decidí ir al grano:

– De acuerdo Sebastián, pero mejor márcame mañana. De verdad tengo mucho sueño, y necesito dormir. Te quiero, adiós.

Afortunadamente él no se lo tomó a mal, y decidió dejarme dormir – o follar, mejor dicho – en paz.

De acuerdo mi amor. Descansa, dulces sueños. Te extraño mucho.

– Yo también – alcancé apenas a decir, pues el travieso de Ítalo me estaba follando cada vez más rápido – Adiós.

Colgué el teléfono y lo lancé a un costado.

– ¡Qué malos! – grité, reprochándole a ambos.

Le lancé un manotazo a la pierna de Ítalo, quien intercambiaba risas con su primo, y enseguida este volvió a atraerme hacia él. Yo abrí mi boca grande y continúe mamando su deliciosa verga, gustosa y feliz de tener a aquellos dos negros sólo para mí.

Estaba desatada, comencé a cabalgar más fuerte sobre el tronco de Renato, olvidándome de mi novio, de mis padres y de cualquier otra persona que pudiera juzgar lo que estaba pasando en aquella sala.

Así continuamos durante minutos; Renato se puso de pie con su verga clavada en mi coño, como si fuera yo una muñequita de trapo.

Me llevó a su recamara, seguidos de Ítalo, y ahí me hizo colocarme en cuatro sobre la cama, posición con la cual siguió castigando mi agradecida concha.

Su primo se acostó delante de mí, para que yo siguiera mamándole la verga.

No tardé en volverme a tener un nuevo orgasmo, esta vez gracias a los perfectos mete y saca de Renato, sobre cuya verga mi coño untó un chorrito de liquido.

Yo me estaba cansando; un minuto después era Ítalo quien de nuevo embestía contra mi coño. Yo lo disfrutaba, pero también me preguntaba en qué momento acabarían ellos, para que yo pudiera descansar.

Así se los transmití, por lo que decidieron ponerme de rodillas en medio de la cama, rodeándome de pie y ofreciendo sus troncos a mi boca.

De manera que, masturbándoles y chupándoles la verga, logré por fin que eyacularan sobre mi rostro.

Tomándome firmemente de los cabellos, Renato me obligó a mantener mi carita inmóvil y mirando hacia arriba. El chorro expulsado por su glande me cayó sobre la nariz y me entró también la boca, mientras que el de Ítalo golpeó acertadamente el centro de mi frente.

Cuando Renato me soltó, y mi cara miró al frente, sentí cómo la leche de Ítalo se deslizaba por mi rostro hasta metérseme por ambos ojos.

– ¡Ay! ¡No puedo ver! – grité como tonta, mientras escuchaba sus risas burlonas.

Renato me alcanzó un trapo para limpiarme; cuando terminé, descubrí que aquello eran sus calzoncillos.

Más tarde, sin ni siquiera permitirme meterme a la ducha, me invitaron a dormir con ellos; concilié el sueño entre besos y manoseos por parte de ellos.

Eran las seis de la madrugada cuando desperté en medio de ellos dos; en silencio, avergonzada por lo ocurrido la noche anterior, salí de puntitas de la recamara y me dirigí a mi cuarto.

No voy a mentir, mientras me limpiaba con crema mi cuerpo y mi rostro quebrantados, lloré por la culpa y la vergüenza que aquello significaba para mí. Era como un balde de agua fría.

Pese a eso, horas después, cuando Ítalo regresó tras comprarme un boleto de autobús y yo ya tenía listo todo para irme, ambos volvieron a calentar aprovechando que aún quedaba casi una hora de tiempo.

Me hicieron arrodillarme en la cocina, donde mamé alternadamente la verga de ambos; incluso intentaron meterme ambos glandes en la boca al mismo tiempo, pero resultaba físicamente imposible.

Lo mismo intentaron en mi coño más adelante cuando, mientras yo estaba sobre el sofá con el culo alzado, pero tampoco fue posible.

Terminaron corriéndose en mi coño, primero Renato y enseguida Ítalo. Con mis nalguitas mirando al suelo, me vistieron con mis braguitas y mi pantalón, que habían quedado enrollados en mis rodillas.

Así me llevaron a la estación de autobuses, donde apenas y alcancé a subir a mi camión.

Durante las más de dos horas, con sus fluidos dentro de mí, ignoré la película y al resto de los pasajeros pensando en lo que había ocurrido en San Martín.

¿Se habían aprovechado de mi inocencia? Quizás. ¿Lo había disfrutado? Muchísimo, pese a su rudeza. ¿Lo volvería a hacer? No estaba segura, realmente no estaba segura.

La última media hora de viaje la pasé mirando por la ventana, sonriente y dichosa.

Cuando llegué, me esperaba mi familia y Sebastián. Me dio pena verlos, pero comprendí que tenía que aparentar la mayor de las normalidades.

Me acerqué a ellos y los saludé con la misma efusividad que ellos.

Me dio vergüenza pensar que, mientras los abrazaba y besaba cariñosamente a todos, de mi coñito aún fluía lentamente la combinada leche de aquellos dos negros.

– Te extrañé muchísimo – dijo Sebastián cuando lo abracé – Espero que todo haya salido bien.

Sólo le sonreí, ni siquiera me atreví a responderle, pues pensé que él nunca sería ni la mitad de Renato e Ítalo.

Una semana después, la abuela llamó a la casa por teléfono. Pidió a mi madre que me felicitara, pues había encontrado el departamento “tal y como lo dejó”. Sin embargo, también le llamó la atención puesto que, aparentemente, yo había cerrado mal al irme y la cerradura estaba descompuesta, por lo que tendría que reemplazarla.

Cuando mi madre contó aquello, mientras yo me hallaba en la sala con papá, este movió la cabeza negativamente, haciendo una mueca:

– Alguna tontada tenías que hacer en ese viaje – dijo él, más bromista que molesto.

Yo sólo solté una risita.

FIN

Los personajes, lugares y situaciones de estas historias o relatos son ficticios, completamente salidas de la imaginación de las y los autores. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales, es pura coincidencia. Relatos.gratis no revisa ni publica relatos sobre hechos que sus autores afirmen ser reales o basados en situaciones que realmente ocurrieron.
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