Saqué de quicio al profesor y terminó follándome [Parte 2, final]

Revisa la primera parte de este relato en:
Saqué de quicio al profesor y terminó follándome [Parte 1]

El día siguiente estuvo lleno de nuevas emociones, no todas buenas; yo tenía clases con el profesor los días lunes, martes y jueves. Los viernes él ni siquiera se presentaba a la escuela, pero yo sí lo vería – o lo tenía que ver – para la clase de reforzamiento en mi casa.

Creí que no iría, pero cuando llegué a mi casa él ya me esperaba en una calle cercana. Conforme me acercaba, sentí mi corazón latir más fuerte y mi coño chorrear; era como si sólo verlo me provocara una reacción inmediata.

– Sólo vengo a que me firmes – dijo, de forma seria y resuelta.

Aquello me causó tristeza, a pesar de que, en parte, yo también deseaba que cualquier cosa ocurriera con tal de no verlo. Así que no dudé en firmar el documento; en cuanto estuvo listo, lo vi irse de nuevo.

Lloré durante media hora en mi cuarto, y el fin de semana lo pasé fatal.

El lunes siguiente, durante su clase, apenas y abrí la boca cuando él me preguntó sobre completar una frase en futuro perfecto. Respondí correctamente, y él ya no volvió a preguntarme nada, al notar mi evidente depresión.

Como su clase era la última, me pidió que lo esperara.

Cuando todos se fueron, sacó el documento de su portafolio y me dijo:

– Fírmame de una vez, sería el último.

Yo ya estaba harta de que él evitara el tema, así que decidí enfrentarlo.

– ¿Porqué no va a darme las clases? No crea que va a pasar algo, pero debe darme esas clases, se las están pagando.

Él se llevó la mano a la frente, brevemente.

– No vamos a discutir eso, Mercedes, fue un gravísimo error. Te pido una disculpa y…

– No tiene porque disculparse, yo qui…

– ¡No! Estuvo mal, siempre lo estuvo. Tú no tienes absolutamente ninguna culpa. Fui yo el responsable, punto, y no debo permitir que vuelva a ocurrir.

Yo estallé:

– Bueno, entonces no le firmo nada, ¡adiós!

Salí de ahí hecha una furia, y lo vi tomar asiento detrás del escritorio, por lo que me dolió que ni siquiera intentara detenerme.

Entré directamente al baño de mujeres, dispuesta a llorar. No había nadie, ningún alma a la vista en aquella sección del plantel. Sin embargo, me vi al espejo, y pude ver cómo mi rostro enrojecido soportaba.

– No – me dije, mirándome mi reflejo – Debo insistir.

Entonces, decidida, dejé sobre el suelo mi mochila y volví al salón. Él seguía ahí, revisando el examen que nos había hecho ese día.

– ¿Qué pasó? – me dijo, sorprendido.

Lejos de toda respuesta, caí de rodillas, gateé ágilmente hasta colocarme en el espacio que había debajo del escritorio.

– Mercedes, ¡no! – dijo, intentando alejarse, pero yo lo detuve y alcancé a tomarlo de los pantalones.

– Quédese aquí o grito – amenacé, y él pareció sentirse acorralado.

Aproveché aquello para desabrocharle el cinturón del pantalón y hacer descenderlo con todo y ropa interior, quedando ante mí su verga dormida sobre sus dos testículos. Miré sus piernas, no había notado antes lo velludas que eran, mi coño babeaba de deseo.

Deseaba que me follara en ese mismo instante, que me tomara ahí mismo, en su escritorio, o bien en mi butaca. Pero antes había que convencerlo, demostrarle que estaba dispuesta a todo y que podía hacer conmigo lo que deseara. Quería que fuera mío, y que yo fuera de él.

Nunca había chupado un pene, pero tendría que aprender en el acto. Llevé mi boca hacia adelante, y me apoderé de un bocado de su verga, él no tuvo más remedio que acercarse contra el escritorio, de manera que yo quedara oculta por si alguien entraba.

En la oscuridad que se formaba, apenas pude ver cómo su pene iba endureciéndose y parándose dentro de mi boca. Su sabor y olor, noté, era un poco amargo, similar al que mi coño había emitido aquella ocasión, en la que el profesor me había desvirginado en mi recamara.

No me dio la menor sensación de asco, mi único objetivo era excitarlo, hacerlo desearme, enamorarlo y provocar que cayera a mis pies. Estaba cegada por el deseo y una cosa que cada vez más se parecía al amor.

Aquello pronto iba funcionando, su verga estaba completamente firme, y mi boquita inexperta apenas y podía tragarse la mitad de su tronco. Él cayó redondo, y pronto comenzó a acariciarme de los cabellos, y no tardó mucho tiempo más para empezar a empujar mi cabecita contra su polla.

Para mí era tan grande, que de vez en cuando tenía que acomodar los dientes y la lengua para abrirle paso; a veces, mi profesor empujaba tan fuerte que sentía cómo su glande acariciaba mi úvula, causándome arcadas.

Verme toser con su verga dentro debía gustarle, puesto que en varias ocasiones me empujó contra sí de aquella manera, causándome nauseas. Pero no me importaba, deseaba complacerlo en todo.

– ¡Qué buena eres! – me dijo.

Yo le sonreí, desde la oscuridad.

– ¿No se acerca nadie? – pregunté, antes de lanzar un besito a la punta de su verga.

– Nadie, pero…

– ¿Pero le gusta no?

– Sí…y quiero que sigas – resolvió entonces.

Obedecí, contenta de verle más relajado. Aproveché aquello para mejorar mi técnica, tratando de mantener su verga dentro de mi boca el tiempo más largo posible, antes de tener que sacarla para tomar aire. Poco a poco, él dejó de guiarme con sus manos, dejándome la total libertad de complacerlo.

Yo estaba aprendiendo bien, poco a poco, a satisfacer a mi profesor. No tomó mucho rato cuando ya mi lengüita recorría todo su tronco, como si fuera una paleta, y hasta me tomé el atrevimiento, empujada por su mano, de chuparle sus dos huevos, peludos.

Cuando abandone sus bolas, recorrí su tronco hacía arriba con mi lengua, y culminé con un beso en su glande. Entonces lo vi a los ojos, con la mirada más seductora que se me ocurrió.

– ¿Lo hago bien? – pregunté, simulando inocencia.

– Los haces excelentemente.

– ¿Me pondría diez? – añadí.

Él sonrió, moviendo la cabeza afirmativamente, y empujando la mía de nuevo entre sus piernas, donde seguí mamándole la verga durante unos dos minutos. Yo misma sentía una sensación de placer, y movía mi boquita y mi cabeza con los ojos cerrados, la mayor parte del tiempo, como si estuviese besando su boca y no su falo.

Sin embargo, de pronto un sonido de taconazos comenzó a escucharse, elevándose segundo a segundo.

– ¡Es la directora! – dijo él, completamente asustado.

Yo también me asusté, de manera que intenté salirme.

– ¡No! ¡No! ¡Quédate ahí, en silencio! – alcanzó a susurrar.

Yo obedecí, el logró subirse los pantalones y el bóxer, pero sin poder abrocharse el cinturón.

Yo estaba nerviosa a más no poder, y casi me echo a llorar cuando escuché la clara voz de la directora.

– ¿Sigues aquí Tomás? Acuérdate que los salones deben abandonarse, porque los de mantenimiento necesitan limpiarlo.

– Perdón directora, es que andaba con unas calificaciones – respondió mi profesor, con la voz nerviosa que, sin embargo, la directora pareció no notar.

– Sí pero ya sabes que eso es fuera, toca el timbre y tienen que irse todos. Por favor, que no vuelva a ocurrir.

Yo apenas y respiraba, sentí que por fin se iría, pero en vez de ello escuché cómo sus pasos se acercaban.

– Por cierto – añadió la directora – La maestra de base ya va a regresar, la dan de alta el miércoles, pero se presenta el jueves. Nada más te comunicas con el supervisor, y me entregas las horas extra que tienes con Mercedes y el asunto de los viáticos. Que no se te olvide.

– No hay ningún problema – dijo él.

– ¿Y cómo te has sentido en las clases?

– ¡Bien!

– ¿Ya no dan problemas? ¿Ya se está resolviendo el asunto de Mercedes?

– Sí, ya, se porta mucho mejor en clases – respondió.

Yo me hubiese soltado de la risa de no ser porque estaba muerta del miedo.

– Eso es bueno – expresó la directora, mientras sus taconeos parecían alejarse – Pero si te sigue dando problemas me dices.

Ambos se despidieron, escuché alejarse los taconazos y, treinta segundos después, el profesor se alejó y me pidió que me fuera mientras se abrochaba el cinturón.

Yo estaba tan nerviosa que obedecí de inmediato. Fui directo al baño, donde me mojé el rostro y, al abrir la boca, noté que tenía atorado un vello púbico de mi profesor entre los dientes. Me lo quité, me arreglé el cabello, tomé mi mochila y salí presurosa hacia mi casa.

Tomé asiento en una de las sillas del comedor, seguía temblando, pensando en lo que hubiese ocurrido la directora nos hubiera descubierto. Mi corazón, palpitando sin control, ni siquiera me permitía echarme a llorar.

De pronto, un par de golpes en la puerta me sobresaltaron, y hasta lancé un grito.

Me acerqué a la puerta, tratando de recobrar inútilmente la tranquilidad. La entreabrí y me asomé discretamente.

– ¿Estás sola? – preguntó mi profesor, pegado a la puerta, como si estuviera dispuesto a empujar la puerta y entrar de todos modos.

– Sí – respondí, impávida.

– ¿Puedo pasar?

– Sí – respondí, sin dudar.

Él entró. Cerró la puerta tras de sí. Me rodeó y nos besamos.

Me empujó hacia la sala, al frente del sofá donde hacía unos días me había besado por primera vez.

Sin embargo, recordé que había quedado algo pendiente. Caí de rodillas ante él, quien comprendió el mensaje y comenzó a desabrocharse el cinturón mientras yo hacía descender desesperadamente su bragueta. Apenas me fue posible, hice descender sus pantalones y calzoncillos hasta la mitad de sus muslos.

Su verga, a unos centímetros de mi rostro, estaba vigorosa y dura, yo me acerqué sin dudar, sintiendo una ansiedad tremenda por volver a tenerla en mi boca, como hacía unos minutos en el salón de clases.

Me la tragué hasta donde pude, sentía en ella el mismo sabor amargo de sus fluidos; la mamé unas cuantas veces antes de sacármela y dirigir mis labios a sus huevos. Los besé, con devoción y amor, llevándomelos a la boca en varias ocasiones, jugando con ellos. Estaba enloquecida.

Los viernes el uniforme era distinto, pues tomábamos la clase de deportes, así que utilizábamos la falda de siempre, pero una camisa de algodón de manga larga, y unos tenis blancos. Además, mi largo y negro cabello estaba peinado con una cola de caballo.

Él me pidió que sacara su verga de mi boca, yo obedecí, y entonces lanzó al suelo uno de los cojines del sofá para que mis rodillas no me dolieran. Yo le agradecí con una sonrisa, y enseguida besé la punta de su verga antes de volverla a engullirla.

Él me guiaba, con su mano, mostrándome la manera en que debía mamar su falo. Yo obedecía atenta, dejando que mi cabecita siguiera sus movimientos, pues deseaba complacerlo.

De tal modo que, en unos minutos, yo solita era capaz de darle placer con mi boquita sin necesidad de que él interviniera.

Más adelante, relajado como un rey, tomó asiento en el sofá mientras yo, arrodillada sobre el cojín, continué engullendo su tronco, acariciando su glande con mi lengua y besando constantemente, y con cariño, sus testículos velludos que colgaban orgullosos entre sus piernas.

Lo que me gustaba de lamerle los huevos era que, desde aquella perspectiva, el tamaño de su verga parecía impresionante. Me enorgullecía pensar que yo era capaz de soportar y dar placer en mi coñito, virgen apenas hacía unas semanas, a semejante pene.

De pronto, mi profesor me pidió que me detuviera y me ordenó quitarle los zapatos. Yo acaté sus deseos, al igual que cuando me dijo que le terminara de quitar los pantalones.

Él se quitó la camisa y quedó completamente desnudo ante mí. Era precioso, un hombre en todo su esplendor.

– Ven – dijo.

Yo me incorporé y él me rodeó de inmediato con sus brazos, haciéndome sentar en sus piernas. Ahí me examinó como si fuera una muñeca, sobándome las nalgas y metiendo sus manos bajo la camisa y faldita escolar, aprovechando para pellizcar suavemente mis pezones y estrujar mis nalgas entre sus manos.

De pronto me rodeó por las piernas y, con un poco de dificultad, logró ponerse de pie cargándome como si fuéramos un par de recién casados.

Entonces se dirigió a las recamaras, pero en lugar de entrar a la mía, donde me había follado la primera ocasión, ingresó al cuarto de mamá.

– Aquí es de mamá – le advertí

– Y aquí te cogeré – respondió, resuelto.

Por supuesto, no pude rechistar. Mi coño babeaba de deseo por tenerlo dentro de mí, no me importaba que me follara en la recamara de mamá.

Me recostó de espaldas en el centro de la cama king size, de modo que permanecí unos segundos como una ofrenda sobre las sábanas blancas. Él se deslizó desnudo sobre mí, y mis manos buscaron pronto sostener su endurecida verga.

Entre besos y abrazos, me desnudó; primero metió sus manos bajo mi falda y me sacó mis calzoncitos blancos. Enseguida se acomodó y me penetró, por lo que lancé un gritito que él calló rodeándome la boca con sus labios.

– Deseaba tanto metértela – dijo, susurrándome al oído – Me encanta la calidez de tu concha, me encantas tú – añadió, antes de comerme a besos.

Mientras su cuerpo se movía sobre mí, sus manos no perdían tiempo y recorrían el resto de mi cuerpo. Sus dedos desabrocharon los botones de mi camisita y, cuando mi pecho cubierto sólo con mi sostén apareció ante él, lanzó su rostro contra la parte superior de mis tetas, llenándolas de lamidas y besos.

Yo no hubiera podido siquiera imaginar tal placer, su verga taladrando lentamente mi coño ya era demasiado como para todavía soportar las sensaciones que mis senos desconocían hasta entonces. Pero aún faltaba más, sus manos desabrocharon con habilidad mi sostén y lo lanzaron fuera de la cama, entonces su boca se enganchó a mi pezón izquierdo, que se endureció de goce en segundos.

No podía parar de gemir, ante todo aquello. Aquel hombre, grande y experimentado, estaba haciendo trizas mi juvenil cuerpo con tanto placer. Rodeé su espalda con mis brazos, intentando en vano disminuir sus movimientos arañándole la piel.

– ¿Te gusta? – preguntó de pronto, lanzándome una fugaz mirada.

– Sí, sí, me encanta. Me encanta mi amor – le respondí, con los ojos a punto de liberar lágrimas.

– Eres mi perrita – dijo entonces, intensificando de pronto sus embestidas – ¿Verdad? Eres mi perrita, mi puta…

– Soy tu zorrita – le interrumpí, enloquecida por una sensación repentina que recorrió mis piernas hasta estallar en mi coño – ¡Soy tu puta, tu puta! ¡Aaaaaayyyyy!

Él me sostuvo con sus gruesas manos por la cintura, sin dejar de seguir moviéndose dentro de mí, mientras yo me corría. Vi su rostro convertirse en neblina antes de que mi visión se recuperara.

Apenas logré volver del cielo al que su verga me había elevado, busqué su boca desesperadamente y anclé mis labios en ella.

– ¿Te gustó? – preguntaba entre beso y beso – ¿Te corriste, bonita?

Yo sólo movía afirmativamente mi cara, incapaz de dejar de agasajarme a besos; y el muy cabrón no dejaba de moverse dentro de mí.

Posteriormente sacó su verga temporalmente de mi cada vez más exhausto coñito; me terminó de desnudar retirándome violentamente la falda, y yo quedé sobre la cama como un corderito desnudo, sólo cubierta por mis zapatillas deportivas blancas que él ni siquiera tocó, pues en seguida se acostó sobre la cama e hizo acomodarme de rodillas sobre él, rodeándole con las piernas.

No tardó en alinear su entrepierna con la mía, acomodándome para de pronto hacerme caer sobre su verga. Suspiré fuertemente cuando sentí aquel tronco penetrarme de nuevo, aquella sensación era nueva, y él me miró desde abajo acariciándome el vientre y mis senos.

Con su guía, y poco a poco, comencé a saltar sobre su falo. De alguna manera aquella posición me gustaba más pues, aunque era un poco más cansada para mí, podía controlar mejor las embestidas y, por lo tanto, el placer de tener a mi profesor dentro de mí.

Mis tetas, aunque pequeñitas, ya rebotaban con frescura conforme mis movimientos iban aumentando de velocidad y fuerza, y el profesor Tomas jugueteaba entretenido con mis pezones, apretujándolos mientras yo no paraba de cabalgarlo.

Pronto, como si sólo estuviera examinándome al inicio, comenzó a moverse, de manera que nuestros movimientos fueron poco a poco sincronizándose en embestidas que me llenaban de placer.

Aquello fue aumentando de intensidad; mis manos sostenían mi cuerpo apoyándose sobre sus pechos mientras la suyas estaban instaladas en mi culo, acariciando mis nalgas y magreando con sus dedos la entrada de mi ano.

En determinado momento me hizo girar, con su verga dentro, de manera que yo le diera la espalda. Aquello me gustaba, porque la sensación era distinta; mientras, él aprovechaba para acariciar mi cola de caballo y mi espalda.

– ¡Sigue saltando, perrita! – gritaba, como si no verme a los ojos le animara a decirme majaderías que, a fin de cuentas, me calentaban más – ¡Qué rico saltas sobre la verga de tu profesor! ¡Eres la alumnita más puta que he conocido!

Yo respondía a aquello aumentando la velocidad de mis saltos, o apoyándome en sus pantorrillas para mover de arriba a abajo mi culo, provocando que los movimientos de mis glúteos lo hicieran lanzarme nalgadas mientras me recordaba la clase de zorra, perra y piruja que yo era.

Aquella situación me estaba volviendo a excitar de sobremanera, de modo que fui atenuando los movimientos, temerosa en realidad de experimentar otro orgasmo.

Él debió notar eso, y de pronto sentí como sus manos apretaron mis piernas y las jalaron con tal fuerza que pronto mis rodillas quedaron por encima de sus hombros y, mi humedecido coño, a la altura de su boca.

Ni siquiera tuve tiempo para prepararme cuando sentí su lengua introducirse en mi coño.

– ¡Ufff! ¡Auughhh! – gemí, pero él siguió con aquello, mientras sus labios se restregaban contra los pliegues de mi conchita y su nariz lanzaba aire cálido contra mi esfínter.

Me mantuve así durante unos 30 segundos, cuando de pronto fijé la vista en su verga, que ante mí seguía endurecida y hermosa. Sabía que bastaba acomodarme un poco para delante para que yo pudiera mamársela mientras él continuaba deleitándose con mi coñito.

Y así fue como experimenté mi primer 69. Con una mano sostuve su tronco, llevándomelo a la boca, mientras que con la otra acariciaba cariñosamente sus testículos.

Aquello no era fácil, porque el placer que mi profesor provocaba en mi coño no dejaba que me pudiera concentrar en su verga.

Su hábil boca ya no se limitaba a mi conchita, sino que salía de vez en cuando para besarme las nalgas y lamerme los pliegues de la entrada de mi culo.

– ¡Qué delicioso culo tienes Mercedes! – lo escuché decir, antes de sentir cómo su lengua intentaba introducirse en mi apretado esfínter.

De pronto volvió a mi coño y ahí se mantuvo hasta que volvió hacerme correr como desquiciada. Caí rendida, incapaz de hacer otra cosa que sentir cómo sus labios, lengua y boca provocaban toda clase de sensaciones entre mis piernas.

Sólo entonces me permitió descansar; se puso de pie y me miró desde la orilla de la cama. Yo le sonreí, apenada. Después se acercó a mí, y me ofreció su verga acercándola a mi rostro; yo me la tragué de un bocado.

Mientras se la mamaba, él me decía:

– Después te voy a dar una buena cogida en el salón, ¿cómo ves?

Yo sólo movía mi cabecita afirmativamente, pues mi boca estaba llena con su tronco.

– Mientras todos estén en el recreo, tú vas a estar con mi verga en tu conchita, y después te voy a venir a coger aquí también – continuaba diciendo, mientras yo sólo deseaba que ya fuera la siguiente clase.

Así estuvimos menos de un minuto, pues de pronto tomó una de las almohadas de mamá y la dejó caer a sus pies. Después las señaló, indicándome que debía arrodillarme ahí.

Le obedecí; para entonces, estaba dispuesta a obedecerle en absolutamente todo. Lo adoraba a él, y a su manera de follarme, a la manera en que me hacía sentir plena con su cuerpo.

Caí rendida a sus pies, y enseguida me tomó de los cabellos, con una violencia que me hacía sentir más placer que dolor, y me obligó a tragarme su verga de golpe.

Sentí cómo la punta de su falo provocaba arcadas en mi garganta, pero no tuve que resistirme, él mismo me volvió a jalar hacia atrás, tomándome de la cola de caballo, y volvió a impulsarme de nuevo contra su verga. Así continuó, sin hacer caso a mis constantes arcadas; yo no protesté, si aquello era una especie de castigo, entonces me encantaba.

De pronto, vi su rostro acongojarse de placer, adiviné que estaba a punto de correrse. Rebelándome, me apoderé de su verga con mi boca, me sostuve de sus piernas y comencé a mamársela con vigor.

En ese instante sentí como un primer estallido de leche explotaba en mi boca, aquello me sorprendió y me hizo retroceder y liberé su pene. Vi, como si fuera en cámara lenta, la punta de su falo apuntándome y disparándome una segunda carga de esperma en mi rostro.

La mayor parte cayó sobre mi ojo izquierdo, dejándome parcialmente ciega; él recobró el control, me tomó de los cabellos y me sostuvo mientras masturbaba su verga para exprimir las últimas gotas gruesas de su leche que cayeron sobre mi boca y cara.

Sus fluidos eran cálidos y salados.

Él restregó su glande en mis labios, para que los últimos rastros de semen fluyeran dentro de mi boca, sobre mi lengua, donde su leche se iba acumulando.

– Trágatelos – ordenó.

Yo obedecí al instante, sin pensarlo; sentí su cálida leche corriendo por mi garganta hasta caer en mi estomago.

Él me acarició la cabeza, como si felicitara a una mascota. Después me lanzó dos suaves bofetadas en mi mejilla, en una actitud que me hizo entrever que había terminado de utilizarme.

Aquello me hizo sentir momentáneamente humillada, pero traté de no pensar en ello, y sí en los besos y caricias que hacía unos momentos me había regalado con pasión.

Entonces, se alejó de mi y comenzó a vestirse con prisa. Salió disparado a la sala y, cuando yo me estaba apenas poniendo de pie, regresó al cuarto de mamá con su maletín en una mano, y con una hoja y pluma en la otra.

Era el acuse que debía llenar con la firma de mamá para confirmar que la clase de reforzamiento de hoy se había llevado a cabo.

Yo me senté en la cama, y firmé apoyándome en el buro. Mi cara seguía llena de su leche, y varias gotas ya me habían caído en las tetas y vientre.

Entregué la hoja y pluma al profesor Tomas, quien las recibió de inmediato y me dijo:

– Lo siento mucho, pero ya tengo que irme.

Yo protesté. Pero de inmediato dijo:

– Mañana nos vemos, te buscaré para que hablemos.

Volví a sentarme, aceptando su decisión, imaginándome siendo follada en plena hora de receso, como él me lo había prometido.

Al día siguiente asistí a clases con nerviosismo pero también deseos de verlo. A la hora de su clase, sin embargo, no entró él, sino la directora del plantel.

Aquello me puso de nervios. Imaginé que el profesor Tomás había sido descubierto o había revelado lo nuestro. Mi rostro se enrojeció.

No obstante, la directora pasó al frente, nos pidió atención y dijo que la clase se suspendería, puesto que el profesor Tomás…

– Ha tenido que retirarse del plantel y del curso de forma precipitada, debido a problemas de salud de uno de sus familiares en la capital – explicó la directora, de forma impersonal – De todos modos, sólo perderán la clase de hoy, pues el jueves la profesora Liliana se reincorporará a las clases.

Escuchaba aquello inmóvil, todos mis compañeros se pusieron de pie y se retiraron en cuanto la directora se fue. Ellos estaban felices, yo tenía el corazón roto.

Nunca volví a verlo; sólo tenía su nombre como referencia. Jamás me atreví a preguntarle a la directora más datos sobre él, quien al fin de cuentas era un maestro que no vivía en nuestro pueblo, y que iba de plantel en plantel cubriendo los turnos de profesores en licencia.

Lo odié por un tiempo, pero era más el cariño que le tenía y hoy en día lo recuerdo con añoranza.

Hace poco, accediendo a la base de datos del Sistema Nacional de Salud, encontré todos sus datos mediante su nombre y apellidos.

Sé que está casado, que tiene una hija y que vive en una ciudad cercana a mi trabajo.

Creo que no debo contactarlo, pero realmente lo extraño. Tengo muchas cosas qué contarle, y mucho más qué preguntarle.

Quizás, si lo contacto y algo más que una charla sucede, lo escribiré en algún otro relato.

Gracias por leer mi historia.

FIN

Los personajes, lugares y situaciones de estas historias o relatos son ficticios, completamente salidas de la imaginación de las y los autores. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales, es pura coincidencia. Relatos.gratis no revisa ni publica relatos sobre hechos que sus autores afirmen ser reales o basados en situaciones que realmente ocurrieron.
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