Sexo con mi sobrinita: subiéndole el autoestima

Lo que les voy a contar hoy me ocurrió hace unos cuatro meses durante una visita a la casa de mi hermana Cleotilde, en una pequeña ciudad llamada Jeronche que está a dos horas de la capital, donde yo vivo.

Mi nombre es Arturo; trabajo actualmente como asistente de diseño en una compañía de publicidad, enfocada principalmente a la promoción de productos de belleza. Me dedico básicamente a fotografiar empaques de cremas, maquillajes y otros en estudios en miniatura. Esas fotografías son posteriormente retocadas y utilizadas en la publicidad que vemos en comercios y revistas.

Mi hermana, la mayor de tres que somos, me pidió que cuidara de sus hijos mientras ella y su esposo acudían a Frondón, a tres horas y media de carretera al norte.

Según me explicó Cleotilde, la madre de Anselmo, su marido, estaba delicada tras sufrir un accidente en el transporte público, y temían que pudiera ocurrir lo peor.

De modo que, ya que era fin de semana, sólo yo estaba disponible para cuidar a su hijo Luis, y Jimena, la mayor.

Aunque era obvio que Luis era prioridad, mi hermana me advirtió que prestara atención particular a Jimena, de quien dijo:

– Ha estado muy rara, muy callada, casi no quiere hablar de nada y así como andan los adolescentes ahora me es difícil pensar que no sé qué cosas le pasan por la cabeza.

Aquello me dejó muy extrañado, pues aunque tenía seis meses de no verlos, yo recordaba a Jimena como una chica feliz y parlanchina.

Llegué a casa de mi cuñado y mi hermana el viernes por la tarde, justo cuando ambos estaban metiendo dos pequeñas maletas de viaje en la cajuela del coche.

Poco me dijeron sobre el asunto de la abuela de los chico, a excepción de una llamada de un hermano de él que había asegurado que la señora comenzaba a mejorarse en el hospital, aunque seguía bajo vigilancia.

A despedir a los dos sólo salió Luis, quien insistió hasta el último momento en acompañar a sus padres.

– ¿Y Jimena? – pregunté a Cleotilde, extrañado de que no estuviese despidiendo a sus padres.

Mi hermana giró los ojos y sólo dijo:

– Está insoportable y ni creo que salga, se la pasa en su celular y callada, así que lata no te dará, pero ya te digo que siento que algo anda mal con ella. Tengo miedo de que le hagan bullying en la escuela o esa clase de cosas.

Yo todavía creí que la chica saldría a despedirlos, pero no fue así; acompañado sólo por Luis, vi alejarse la camioneta de mi hermana y su esposo a través del camino de terracería que conectaba a la carretera.

Cuando giré la vista al muchacho, quien sólo sonrió y me preguntó sonriente:

– ¿Sabes jugar Play Station?

Yo sólo solté una risotada, y moví la cabeza afirmativamente.

De modo que entramos y él se dirigió directamente a la sala, donde se veía la TV encendida con la consola corriendo.

Y ahí fue donde vi a Jimena; en efecto, arrinconada en una esquina del sofá más grande y con las piernas encogidas, mientras no paraba de revisar su celular, la chica parecía seria y desconectada del mundo.

– ¡Hola Jime! ¿Cómo estás? – pregunté, tratando de sonar animado.

Ella apenas me respondió alzando la mano – más no la vista – y con un “Hola” apenas perceptible por su tenue timbre de voz.

Confirmé de inmediato que algo andaba mal en ella, pero deduje que, después de todo, no era más que una adolescente con la clase de preocupaciones de siempre.

En el breve vistazo en que la miré, esperando que al menos me dirigiera la mirada, pude ver que vestía una pijama gris – como si no se hubiera cambiado desde la mañana – y su cabello rizado y negro suelto y sin peinar.

De modo que la primer hora y media me la pasé jugando Gran Turismo con mi sobrino, quien me ganó las primeras carreras antes de que yo comenzara a entender los controles y poderle hacer competencia seria.

Justo cuando ya estaba por ganar mi primera carrera, ambos empezaron a intercambiarse palabras, sin mirarse, al parecer por un comentario de Luis que no gustó a su hermana.

Cuando noté que los tonos de voces se elevaban, y de que aquello era ya una discusión, dejé de atender el videojuego para ver de qué estaban peleando.

– ¡No es mi culpa que en tu escuela no te quieran! – lanzó el chico, quien seguía jugando mientras le hablaba dándole la espalda a su hermana.

– ¡Tú que sabes! – grito Jimena, quien acto seguido le lanzó una almohada a su hermano, haciendo que este dejara la partida, tomara el cojín y lo aventara de regreso a la chica, a quien no alcanzó porque esta ya subía por las escaleras.

Por algún motivo, me vi en la necesidad de seguirla para comprender que había sucedido.

– ¡Justo cuando te iba ganando! – refunfuñé, poniéndome de pie.

Luis sólo se rió burlón, y siguió con la partida mientras yo subía las escaleras, al tiempo que escuchaba una puerta azotar en el piso superior.

Llegué a dicha recámara, y ahí toqué la puerta, anunciando que era yo. Sin embargo, tuve que esperar casi cinco minutos – en los que no dejé de insistir tocando y llamando – para que la puerta se abriera.

Dentro de la recámara, estaba una Jimena con los ojos aún hinchados de haber llorado. Supe que mencionar aquello no sería buena idea, así que entré con naturalidad como si no hubiera notado su mirada enrojecida.

Noté que el cuarto era muy bonito, y fue así como inicié la conversación.

– Es la recámara de mis papás – dijo ella, con desdén – Vengo aquí porque en el de nosotros no hay seguro.

– ¿Y pensabas encerrarte aquí un rato? – pregunté, tratando de sonar asertivo.

Ella admitió que estaba enojada, y conforme íbamos hablando, yo me acercaba poco a poco a la cuestión que me había llamado la atención de lo ocurrido hacía rato.

– Y, dime – lancé – ¿A qué se refería Luis con lo de tu escuela? ¿Es cierto que te tratan mal allá?

Jimena descartó el tema, pero yo insistí, pues sabía que ahí se cocía algo importante.

De tanto insistirle, terminó confesando que las cosas iban mal con sus “amigas” del salón.

Según me dijo, ella y una de sus compañeras estaba encaprichadas con uno de los chicos de un grado mayor. Y, aunque Jimena comprendió que no tenía caso competir por un muchacho, su amiga se lo tomó más personal y decidió hacerle – junto con las otras chicas – la vida imposible a mi sobrina.

– Ahora no tengo ganas ni de ir a la escuela, las que eran mis amigas ni siquiera me dirigen la palabra y sólo hablan a mis espaldas – dijo, con una evidente tristeza.

La situación, francamente, me dio coraje; puesto que aunque Jimena era la que había actuado con más madurez, había terminado siendo el blanco de aquel grupillo de brujas.

Yo le seguí preguntando sobre su vida escolar, a fin de ayudarle a hallar alternativas para superar aquel lío, y me alegré de que poco a poco ella fuera confiando en mí para decirme todo aquello.

Después de todo, eran pocos los años que nos separaban; cuando ella nació, y mi hermana tenía unos 22 años, yo había cumplido apenas la edad que actualmente tiene Luis.

Le comenté que aunque hacía dos años que había dejado la Universidad, sabía de antemano cómo eran las trifulcas y escándalos típicos de un salón de clases.

Noté que ella ansiaba con que la tal amiguita la dejara en paz, por lo que fui concreto cuando le recomendé:

– Lo primero que tienes que hacer es olvidarte de ellas. Estas tipas saben que quieres que te perdonen, y por lo tanto nunca lo harán, por la sencilla razón de que disfrutan tener ese poder sobre ti. Deja de darles importancia y ellas no tendrán más armas. Decías que tienes otras compañeras, ¿porque no te llevas con ellas?

– ¡Ay no! – expresó – Son las nerds y las feas, ¿te imaginas?

Yo medité unos segundos y le dije:

– ¡Bueno, pues mucho mejor! Así serás la más bonita de ese grupo, y de paso te irá mejor en las clases, y dado que serás la más linda, además de muy madura y lista, no tardarás en liderarlas.

Noté cómo su rostro se enrojecía antes de decir:

– No soy tan bonita.

Yo no podía creer lo que decía, y así se lo hice saber. No le mentí cuando le dije que ella no sólo tenía una cara de ángel, sino un cuerpo que se estaba convirtiendo en el de una verdadera mujer.

Eso la hizo apenarse un poco, pero también se enganchó con la idea:

– ¿Lo dices en serio tío?

Yo lo juré, y me puse de pie para recorrer su cuerpo con mi mirada.

– No creo que sea bonita, y menos con esta ropa – dijo, con una risa reprimida.

Yo giré los ojos:

– Es obvio que con esa ropa no, es para dormir, pero te apuesto que con un vestido bonito, de fiesta, notarás la diferencia.

Ella me miró sonriente, y yo me alegré de poder ayudarle a superar su tristeza.

Aquella sonrisa en su rostro me dio entonces la idea de realizarle una sesión de fotos con la cámara del trabajo, que había traído en el coche. Yo no soy realmente un fotógrafo, o al menos no un retratista, pero supuse que aplicando las mismas reglas que usaba en el trabajo podía tomarle fotos excelentes a Jimena, que la hicieran sentir más bonita y con mayor confianza en sí misma.

Así se lo planteé, y ella aceptó encantada, diciendo que hacía tiempo que había pedido una cámara a sus papás, pues quería aprender fotografía.

Yo le presumí que la cámara del trabajo era muy buena, y bastante costosa, por lo que seguramente obtendríamos buenas fotografías.

De pronto, unos golpes a la puerta, seguidos de la voz chillona de Luis, nos interrumpieron.

– ¡¿Están ahí?! – preguntó mi sobrino – ¡Ya tengo hambre!

Era cierto, habíamos pasado casi una hora platicando, de modo que era ya la hora de comer. La charla me había abierto el apetito, así que ambos salimos de la recamara, mientras mi sobrina bajaba las escaleras delante de mí, no pude evitar notar las bonitas curvas que se formaban a través de la tela de su

Al llegar nos reunimos en la sala, donde tras un breve debate decidimos comprar pizza.

Mientras yo la ordenaba, escuché a Luis murmurar a su hermana:

– ¿Lloraste?

– Cállate – se limitó a decir ella.

Media hora después la pizza llegó, y comimos tranquilamente. Terminando, sonó el celular de Jimena, quien contestó:

– Hola mamá.

Mis dos sobrinos hablaron con sus padres, Luis me pasó el teléfono y escuché a mi hermana:

– ¿Cómo estás?¿Todo bien?

– Tranquilo todo, ¿Allá cómo está la situación?

Me explico que estaban ya en el hospital, y que a la madre de mi cuñado seguro la daban de alta mañana temprano.

– En cuanto la den de alta te llamamos, quizá la llevemos unas semanas con nosotros. Hoy haremos guardia aquí en el hospital.

Tras darme algunas indicaciones sobre el tanque de gas y un extintor que había en el armario de la sala, me agradeció infinitamente que cuidara de sus hijos. Yo le dije que no era ningún problema, y nos despedimos.

Terminada la llamada busqué a Jimena, pero no la vi, asi que salí al coche, de donde tomé dos cosas: la mochila con la cámara y el juego Destiny, que pensaba prestarle a Luis y que había olvidado por completo.

Entrando le entregué el juego, y esté sonrió de lado a lado.

– ¡Cuídalo que es mi favorito! – le advertí.

Busqué de nuevo a Jimena pero no la vi por ningún lado, así que me entretuve con Luis, quien comenzó a iniciar el modo historia del juego.

Le estaba explicando algunos detalles de los controles cuando escuché un “Psst! Psst!” desde el segundo piso.

Alcé la vista y miré a mi sobrina recargada sobre el barandal, haciéndome señas para que subiera.

Sin embargo, no pude evitar quedar boquiabierto un instante, cuando la vi vestida con un vestido negro de coctel y un elegante saco amarillo.

No era la primera vez que veía ese conjunto, y reconocí de inmediato que se trataba del mismo que había usado en su graduación de la escuela secundaria, hacía menos de dos años.

Recobré la razón, y subí las escaleras hasta llegar junto a ella.

– ¿Estará bien para la sesión? – preguntó sonriente.

Yo no pude más que llenarle de halagos, aunque no pude evitar notar lo apretado que aquel conjunto le lucía ahora que su cuerpo se había desarrollado más.

La parte inferior destacaba de sobremanera sus caderas más anchas, mientras que la superior dejaba entrever un par de tetas creciendo y que no estaban tan desarrolladas cuando el vestido fue diseñado.

Reorientando mi atención, entré con ella al cuarto, y noté cómo colocaba el seguro de la puerta.

– No quiero que Luis me vea – dijo, más apenada que molesta.

Yo no dije nada, y entonces comencé a preguntarle cómo quería sus fotos.

– En el patio quedarían mejor – sugerí – Por la luz solar.

Ella no respondió nada, pero mis palabras parecieron recordarle algo; se puso de pie sobre la cama y jaló una especie de palanca del techo, entonces la luz solar entró de lleno a través de un tragaluz que yo desconocía.

– ¡Listo! – dijo ella.

Y así inició nuestra sesión fotográfica. La luz realmente ayudaba mucho, y la excelente lente de la cámara permitían realizar enfoques que resaltaban su hermoso rostro del resto del cuarto.

Tomamos unas 20 fotografías, cuando de pronto ella alzó ligeramente la parte inferior de su vestido, mostrando dos centímetros de piel de sus piernitas.

Yo me limité a sonreír brevemente antes de tomar otro par de fotos, y enseguida ella volvió a elevar un poco más su vestido.

– ¿Un poquito atrevido no? – dije, con una sonrisa nerviosa.

Ella justificó afirmando que así aparecían sus compañeras del salón en sus fotos de perfil. Yo tenía de si aquello último era cierto, pero me limité a seguirla fotografiando.

Mientras continuaba fotografiándola, mi mente me traicionó, y comencé a saborear la idea de masturbarme con las fotografías que estaba tomándole a Jimena; sin embargo, un golpe de moral me regresó a la realidad: “Joder, ¡no!, es tu sobrina, idiota”.

Traté de distraerme enfocándome en la labor de fotografiarla, pero ella no hacia la situación más fácil. No dejaba de ir subiendo su vestido más y más, además de que sus poses eran por demás sugerentes. Aquello comenzó a causarme excitación, y mi pene comenzó a reaccionar.

– Ya con esas, ¿no? – sugerí.

Ella analizó la propuesta, pero después determinó:

– Unas cuantas más, ¡por favor! – dijo, con un tono juvenil que me hizo ceder.

Yo realmente me estaba calentando demasiado, así que comencé a tratar de acomodar discretamente la entrepierna de mi pantalón, para disimular la enorme erección que comenzaba a formarse.

Ella seguía posando, con aparente inocencia, mientras iba alzando más y más su apretado vestidito.

Aquello me iba haciendo perder los estribos, ya sólo me dedicaba a apretar el disparador de la cámara, sin prestar tiempo en los detalles de enfoque e iluminación. Había dejado de ver la pantalla del aparato y sólo me dedicaba a ver directamente el precioso cuerpo de mi sobrina.

Jimena no me veía siempre, sino que tenía los ojos fijos hacía otro lado, posando, por lo que no parecía darse cuenta de la manera tan lasciva con la que su propio tío comenzaba a mirarla.

La situación se tornó tan excitante que, cuando ella dejó de alzarse el vestido, justo cuando se comenzaba a ver las primeras costuras de sus braguitas, me atreví a decirle:

– Si quieres álzate un poco más el vestido – expresé, con la voz entrecortada por los nervios.

Me sentí estúpido y atrapado en cuanto terminé de decir aquello, pero mi sorpresa fue grande cuando ella rió divertida y me dijo:

– ¿En serio? ¡Ay, pero me daría pena subir esas a mi Facebook!

Yo tosí un par de veces, y me apuré a decir:

– Bueno, sí tienes raz…

– Pero igual puedes tomármelas y las guardo, nada más para tenerlas yo – me interrumpió – Serían…como…¿cómo se llaman esa clase de fotos?

– ¿De estudio? – sugerí.

– ¡No tío! – lanzó – Me refiero a que con poca ropa… o sin ropa – remató

Yo no supe que decir, y simulé pensar durante unos segundos antes de preguntar:

– ¿Desnudos?

– Exacto – dijo ella – Me daría pena – meditó – pero sí me gustaría ver cómo sería.

En mi mente, volteando hacia el piso, mi lado perverso discutía encarnizadamente con la poca decencia que me quedaba.

“Joder Arturo, para ya, ¡no puedes hacer esto! ¡Para ya!”.

Pero la voz de Jimena desechó mis pensamientos, y alcé la vista cuando me dijo:

– ¿Así está bien?

Entonces quedé pasmado, mi sobrina se había alzado el vestido por completo, hasta enrollar toda la parte inferior hasta la altura de su cintura. Debajo, su precioso culito lucía sólo cubierto por sus bragas color azul celeste.

Tardé segundos en reaccionar, y entonces, para no parecer atrapado, tomé una fotografía, concentrándome en la cámara y dije:

– Ese color azul combina con el amarillo.

– ¿Verdad que sí? – dijo ella – Por eso me lo puse, aunque obvio no esperaba tener una sesión de desnudo.

– ¿Quieres continuar? – pregunté, pues aún trataba de ser prevenido con lo que estaba sucediendo.

– ¿Ya no quieres? – preguntó ella, en tono serio.

– Lo digo por ti – expliqué, tratando de tomar una actitud profesional – Porque los desnudos son difíciles.

Aquella charla basada en un tono más profesional me permitió comunicarme con ella sin causarme tantos remordimientos; pero, pese a ello, mi verga no paraba de endurecerse bajo mis pantalones, extasiada por el precioso cuerpo de mi sobrinita.

– ¡Estoy dispuesta! – dijo ella, en un tono resolutivo, tras discutirlo durante un minuto.

Yo le había advertido que quizás sería mejor dejarlo para otra fecha, pero ella insistió en continuar. En el fondo, pensé, no podía estar más agradecido.

Así continuó la sesión, y poco a poco – o, mejor dicho, foto a foto – Jimena continuó alzándose el vestido, hasta quitárselo por completo cuando este ya se hallaba por encima de sus tetitas, cubiertas por un sostén deportivo del mismo color que las bragas.

Mientras acomodaba su vestido a un costado de la cama, no pude evitar notar cómo sus pezones se habían endurecido, y sus formas traspasaban la telita de la prenda. Aquello me hizo aumentar mi curiosidad, y me fijé en sus bragas a la altura de donde debía hallarse su conchita: tal y como lo sospechaba, una mancha oscura de humedad se iba formando en ese punto.

“Está excitada”, pensé.

Era obvio, por supuesto, pero entonces me pregunté porque estaba Jimena haciendo todo aquello realmente. “Quizás – medité – ella comenzó a excitarse durante la sesión, tal y como yo, y ahora no puede detenerse”.

Se encontraba más nerviosa posando sólo en ropa intima, podía verlo a través del sudor en su piel y de su sonrisa cada vez más ansiosa.

En mi mente, por su parte, las barreras éticas iban derrumbándose una tras otra, como piezas de dominó, hasta que una idea fue tomando forma hasta concluir en un pensamiento final: “Me la follare, ¡joder que sí lo haré!”.

De pronto dos golpes fuertísimos sonaron en la puerta, haciéndome abrir los ojos asustado y a Jimena saltar sobre la cama.

– ¡Tío! – gritó la voz de Luis afuera – ¿Puedes venir?

Yo me quedé en shock, y sólo reaccioné cuando vi a Jimena recoger la ropa y acomodar la cama.

– ¡Voy! – grité, y luego, entre murmullos, le dije a mi sobrina que se ocultara en el baño, que estaba dentro de la recamara sus padres.

Ella obedeció, y yo me acerqué a la puerta, mientras apretaba mi entrepierna para disimular mi erección.

Cuando abrí la puerta, de par en par, vi a mi sobrino recargado en el barandal, esperando.

– ¿Qué hacen? – preguntó curioso, y serio, mientras buscaba a su hermana dentro.

Yo traté de sonar normal:

– Ella, en el baño, estábamos hablando de algunos problemas en su escuela.

Él lanzó una risita, y dijo:

– Ella se preocupa por tonterías.

Yo le dije que no eran tonterías para ella, y después le pregunté qué necesitaba.

Él me explicó que había un problema que no podía superar en el juego, ya que estaba en idioma inglés; así que tuve que bajar a la sala y configuré el idioma. Me sorprendió que ya había avanzado buena parte del inicio del juego.

– Eres bueno – admití, pero él ya no me hacía mucho caso, atraído completamente por la pantalla.

Los personajes, lugares y situaciones de estas historias o relatos son ficticios, completamente salidas de la imaginación de las y los autores. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales, es pura coincidencia. Relatos.gratis no revisa ni publica relatos sobre hechos que sus autores afirmen ser reales o basados en situaciones que realmente ocurrieron.
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