Sexo con mi sobrinita: subiéndole el autoestima

Volví directo a la recamara, con Jimena; resuelto lo de Luis, mi sangre se había enfriado, y ahora pensaba con más claridad sobre la manera en que me la follaría. Apenas subía los escalones y mi verga ya iba endureciéndose. Sólo me temía que la interrupción de mi sobrino hubiera echado por la borda la excitación de la chica.

Pero no fue así, llegué a la recamara y cerré la puerta con seguro. Me dirigí a la puerta del baño, toqué un par de veces y escuché su voz:

– ¿Quién es?

No respondí, y abrí la puerta, que estaba sin seguro. Ella estaba sentada, aún en ropa interior, sobre la taza de baño, que tenía la tapa bajada.

– Ya está jugando de nuevo.

– Casi nos ve – dijo ella, y su rostro se enrojeció de inmediato.

Ocultó su rostro entre sus manos, dispuesta a llorar de la vergüenza.

Entonces yo me acerqué a ella, quien se puso de pie con la intención de salir del baño.

Yo la detuve rodeándole la cintura con mis manos; me senté en la taza, de donde ella se había parado, y la atraje delicadamente hacia mí.

Ella no opuso resistencia, ni siquiera cuando la hice sentarse sobre mi rodilla.

– No llores – le dije con ternura, aunque en realidad me calentaba tremendamente tener sus nalguitas casi desnudas sobre mi rodilla.

Le acaricié el vientre y la espalda suavemente, mientras le decía que nada malo había pasado y que, si así lo prefería, podíamos detener aquello.

Ella entonces se secó las lagrimas rápidamente, y dijo:

– No, hay que terminar tío, tómame esas fotos.

Apenas terminó la frase, comenzó a retirarse su sostén deportivo, aún sentada en mi rodilla.

Yo apenas podía dar crédito a lo que veía, pero reaccioné rápido y la hice ponerse de pie, frente a mí, y yo mismo deslicé sus braguitas hacia abajo.

– Alza los pies – le dije, para poder quitarle bien su trapito, y ella obedeció sin chistar.

Ella posó su vista en mi entrepierna, y sonrió aún con los ojos enrojecidos para decirme:

– ¿Te excita verme?

Yo, quien era consciente de la enorme erección que había bajo mis pantalones, decidí no ocultar más.

– Sí – respondí, sin pena alguna – Eres una chica muy guapa, estoy seguro de que eres la más linda de tu salón. Tienes un cuerpo precioso y una belleza natural, esa es la verdad.

Dije aquello de corrido, sin tropezar, y el rostro se le enrojeció como un tomate, así que giró de inmediato, mostrándome por un instante sus preciosas nalguitas, antes de dirigirse hacia la cabina de la regadera.

Apenas entró, abrió la llave, y el agua comenzó a recorrer su piel.

Me puse de pie y tomé la cámara; sabiendo que aquello era ya una farsa, pero que valía la pena mantener la tensión un poco más.

Tomé un par de fotografías, pero de pronto una idea cruzó mi mente.

Cerré la cortina de vidrio de la cabina de la ducha, lo que hizo que mi sobrina dejara de posar.

– ¿Qué te parece esto? – comencé a decir – Has como que bailas pegándote contra el vidrio, de manera que sólo se vean claras las partes que estén pegadas a la cortina. Además, el vapor del agua le dará un efecto más sensual.

Jimena lo pensó unos segundos, y yo me pregunté si la palabra “sensual” había sido adecuada.

Pero entonces ella comenzó a moverse, pegando primero la parte delantera de su cuerpo contra el vidrio, de manera que se resaltaban sus pezones oscuros que contrastaban bellamente con su piel morena clara.

Yo reanudé la toma de las fotos; estaba tan seguro que en unos segundos la haría mía, que hasta me di el lujo de tomar las fotografías con toda calma y técnica, de manera que – de hecho – excelentes tomas se lograron en aquel instante.

Segundos después ella cambió de posición y, meneando deliciosamente la cintura, comenzó a repegar su trasero contra el humedecido vidrio.

Yo no pude más que tomar todas las fotografías posibles, al tiempo que comprendía que mi sobrina Jimena era la criatura más hermosa sobre el planeta.

Ella frotaba una y otra vez su culo contra la cortina; era como una danza que me iba absorbiendo más y más, conforme las curvas de sus nalgas retozaban contra la superficie del vidrio.

De pronto, no pude más, y solté la cámara, colocándola sobre una mesita en donde había maquillajes de mi hermana; pero, sin embargo, Jimena siguió con su erótica danza.

No paró ni siquiera cuando me puse de pie a centímetros de ella, sólo separados por el delgado vidrio; dirigió su mirada contra la mía, como si estuviese retándome a dar el siguiente paso.

Tampoco paró de bailar cuando deslicé la cortina, abriéndola hasta que ya no hubo nada que nos separara…pero ella seguía moviendo su culito, golpeándolo contra una superficie imaginaria.

Entonces, llevé una mano a sus caderas, obligándola a parar aquel baile; sus ojos entonces cambiaron, y comenzaron a asustarse. Yo llevé mi otra mano a su mejilla, deteniéndola cuando vi que intentaba mirar hacia enfrente.

Completamente congelada, no movió ni un musculo cuando mi rostro se acercó al suyo y uní mis labios a los suyos.

Siempre recordaré aquel primer beso, la manera tan tímida en que Jimena recibió mi boca, sin atreverse a mover sus labios hasta que mi lengua los obligó a abrir camino.

Nunca olvidaré la sensación que fue introducir mi lengua en su boca, hasta encontrar la suya, al tiempo que mi otra mano comenzaba a dirigirse de su cintura a su nalga izquierda, apretujándola apenas pude.

Ella hizo ademán de girarse hacía mí, pero yo la detuve sosteniendo con fuerza sus caderas con ambas manos. Ella se mantuvo ahí, y me vio caer de rodillas sobre el tapete de baño que estaba justo fuera de la cabina de la regadera, de modo que mi rostro quedó a centímetros de su culo, el más precioso del mundo, y mi mayor adoración hasta la fecha.

Su cuerpo vibró de miedo cuando sintió el contacto de mis labios con la piel de sus nalgas. Pasé enseguida mi lengua sobre la superficie de su culo, y pude percibir en el agua que aún había sobre su piel el sabor de su esencia, de su juventud y belleza.

Estuve unos segundos tapizando su culo de besos, hasta que no pude resistir más y tomé sus nalgas con cada mano, y las separé para que el canal entre su culo diera paso libre a mi lengua, que deslicé de arriba a abajo, una y otra vez, hasta detenerme por varios segundos lengüeteando el cerrado ojete de su culo.

Ella lo aceptó los primeros segundos, pero pronto apretó sus nalgas para que yo parara.

Yo me disculpé dándole un par de besitos a su culito, y me puse de pie, hasta llegar de nuevo a su cuello y de ahí a su boca, cosa que al principio no le gustó del todo, pues mi lengua hacia segundos que se había deslizado sobre la entrada de su ano.

– ¿Quieres hacer algo más? – le pregunté.

Ella movió la cabeza afirmativamente, incapaz de articular palabra, pero enseguida se repuso y confirmó:

– Sí, sí quiero…pero está Luis.

– Lo haremos en silencio – resolví, y tomé una toalla de mano que estaba sobre el lavabo, y con ella sequé su cuerpo.

Jimena permanecía de pie, con una asombrosa serenidad, mientras mis manos la secaban, preparándola para lo que se convertiría en el mejor follón de mi vida.

Apenas terminé, me volví a sentar en la taza de baño, y de nuevo la hice posarse sobre mis rodillas. Me sorprendió cómo su culo parecía más voluminoso sobre mí que cuando aún vestía las bragas.

– Este es el mejor momento de mi vida – le dije, y no estaba mintiendo – Te agradezco.

Ella volvió a enrojecerse, lo cual me encantaba. Entonces pase una de mis manos bajo sus rodillas y la otra en su espalda, y me puse de pie, llevándola hacia la recamara como la doncella que era.

La coloqué de espaldas en el centro de la cama de sus padres; a lo lejos se escuchaban los disparos del juego, por lo que comprendí que Luis no sería mayor problema.

Comencé a desnudarme, primero con la camisa, después los zapatos y el pantalón; me quedé sólo en calzoncillos, y sonreí satisfecho cuando observé como la mirada de mi sobrina se mantenía expectante en el bulto que se formaba entre mis piernas.

“Te vas a llevar una buena follada Jimenita”, pensé, justo antes de bajarme aquella última prenda.

Con mi verga endurecida y altiva, me acerqué lentamente a la chiquilla, quien permanecía inmóvil, pero con un nerviosismo evidente.

Caí en la cuenta de lo delicada e inocente que era, virgen sin duda alguna, y me pregunté si no era acaso lo mejor parar aquello, disculparme con ella y decirle que todo aquello estaba mal. Pero no, sus piernas torneadas por su juventud, su vientre limpio y sus pechos inmaculados eran ahora mi obsesión. Era yo un lobo hambriento ante la más tierna de los corderos.

Consciente de esa ventaja, me lancé sobre ella.

Sus manos apenas alcanzaron a levantarse y a posarse en mi pecho cuando me deslicé sobre ella, hasta que mis labios encontraron los suyos.

Con mis pies, hice que los suyos se abrieran, quedando la parte baja de mi cuerpo acomodada entre sus piernas.

Mientras la besaba, pensaba en mi siguiente movida; prácticamente, por la inexperiencia de mi sobrina, corría por mi cuenta de que aquello fuera realmente una buena experiencia para ella.

Así que, con la mayor de las ternuras, besé sus mejillas, de ahí su cuello durante varios segundos, bajando después a sus pechos, donde mis labios saludaron suavemente a sus pezones.

Aquella sensación en sus tetas fue más que suficiente para que ella comenzara a suspirar de placer, por lo que comprendí que aquel era el camino adecuado.

Seguí entonces mi recorrido hacia abajo; mis labios besaron su vientre y de ahí la parte frontal de sus caderas, antes de llegar y aspirar el olor de sus delgados y aún juveniles vellos vaginales.

Desde ahí, ya se podía oler la sensación dulzona proveniente de su conchita, que hacía casi media hora que estaba más que excitada.

Por lo tanto, decidí pasar a la acción y, tomando con firmeza sus piernas, las abrí para que mi cabeza pudiera escurrirse entre ellas. Y así, con decisión pero también mucho cuidado, besé su coño.

De inmediato, una de sus manos apretó mis cabellos, pidiéndome parar, pero yo continué, y comencé a deslizar mi lengua entre los labios vaginales de su deliciosa conchita.

Era increíble la sensibilidad del sexo de Jimena a cada contacto con mi boca; la pobre se retorcía de excesivo placer con cada uno de mis movimientos de mi más experimentadas lengua y boca.

– ¡Tío, despacito! – rogó.

Yo le besé su conchita con más suavidad, pero ni siquiera eso fue suficiente para que ella dejara de golpear suavemente mi espalda con sus piecitos, tratando de alejar mi rostro de su coño.

Y yo, además, me rehusaba completamente a parar aquel delicioso banquete; no tengo palabra siquiera para explicar el exquisito sabor de sus jugos virginales, una autentica miel de doncella.

Pero hacer aquello, me llevó pronto a que mi verga se endureciera hasta sus últimos límites; parecía que la vena más exterior de mi tronco estaba a punto de estallar del nivel de presión al que se hallaba.

Deseé entonces con locura penetrarla, convertirme en su primera vez y hacerla mía.

Así que subí mi rostro de nuevo al suyo; ella volvió a dudar en besarme, al notar el aroma de su coño en mi boca, por lo que tuve que presionar mis labios contra los suyos y abrir sus dientes con mi lengua para encontrarme con la suya.

Pronto se acostumbró al sabor de su sexo, rendida en parte por las caricias que con mis manos lanzaba sobre sus sensibles tetas.

Entonces tomé con firmeza mi tronco, y apunté la cabeza de mi verga contra la entrada de su coño. Ella me miró fijamente, temerosa pero decidida, y susurró:

– ¡Despacito tío, que no me duela!

Yo le besé la frente y después la boca, y le prometí que tendría cuidado.

Entonces comencé a meterse la suavemente, despacito y con sumo cuidado; era una delicia sentir su estrecha conchita dilatándose con resistencia ante mi endurecida verga.

– ¡Aaaghhh! – gritó ella, y yo la tranquilicé con un poco de caricias.

Pero ella siguió lanzando quejidos.

– Tú puedes, Jime – la animé – Ya casi, tranquila.

– ¡Duele! – protestó – ¡Despacito por favor!

Pero en realidad mi sobrina estaba siendo muy valiente, sus quejas no eran tantas aún, y su coño ya se había tragado más de la mitad de mi verga.

No voy a mentir, ni siquiera sentí el momento en que le rompí el himen con la punta de mi tronco, a pesar de que un hilillo de sangre surgió de entre los límites de su invadida concha.

 – Lo estás haciendo muy bien – dije – Ya casi terminamos.

Acerque mi mano a su rostro y le acaricié la frente haciendo a un lado los cabellos sudorosos. Después coloqué mis manos sobre sus pechitos, y me dediqué a comenzar el bombeo.

Fue lento durante los primeros dos minutos, por supuesto, y de vez en cuando tenía que detenerme para que ella se acomodara de la mejor manera, para que el grosor de mi verga no le lastimara tanto.

Pero, poco a poco, mis embestidas fueron aumentando su fuerza y velocidad, y sus quejidos pasaron a ser auténticos gemidos de placer.

Ella parecía esforzarse en no alzar tanto el volumen de sus gritos, pero yo no se lo hacía fácil, pues no me atrevía a dejar de taladrarle el coñito.

Yo estaba realmente en el cielo; coloqué mis manos bajo ella, extendiéndolos en su espalda, haciéndola alzar sus pechos contra mi boca, que comenzó a deleitarse con sus endurecidos pezones.

Estos eran tan deliciosos que pasaba mis labios de una teta a otra, enloquecido como perro hambriento, sin dejar en ningún momento de lanzar mi tronco contra su concha.

Aquello, por supuesto, extralimitó sus sensaciones, y de pronto sentí  su cuerpo vibrar hasta que el interior de su coño palpitó un par de veces.

Me detuve un momento, sosteniéndola aún por la espalda, y disfrutando verla al tiempo que ella gozaba el primer orgasmo de su vida.

Unos veinte segundos después, cuando el placer comenzaba a diluirse, ella me miró; de forma hermosa, ambos intercambiamos una mirada cómplice. Tío y sobrina, follando en la recamara de sus padres, éramos la pareja más feliz en aquel instante.

Reinicié mis movimientos, ante su sorpresa, pues al parecer creía que aquello estaba finalizando. Pero de ninguna manera sería así, y yo no estaba dispuesto a parar sin correrme en ella.

Tras unos minutos más en aquella posición, la hice colocarse en cuatro, y me instalé detrás de su precioso culo, cuyas nalguitas parecían un tributo en aquella posición tan sugerente.

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