Sexo con mi sobrinita: subiéndole el autoestima

Ya ni siquiera costó mucho trabajo enterrarle mi falo; y segundos después de la primera penetración, ya mantenía un buen ritmo.

No obstante, la manera en como mi verga penetraba su estrecho coño hizo que ni siquiera pudiera sostenerse más de un minuto, antes de que sus piernas perdieran fuerza.

– ¡Tío, ya, se siente, se siente muuuchoo! – se quejó.

Entonces, cayó completamente sobre la cama, y su cara desfigurada por el placer se intentó enterrar entre las sabanas.

Pese a aquello, no dejé de bombearla, e incluso resultaba más placentero ahora, pues mi verga se abría paso ahora entre sus nalgas, rozando con aquella piel tan tersa y suave cada vez que salía y volvía a penetrarla.

– ¡Tienes un culo precioso! ¡Se siente tan rico meterte mi verga, Jimenita, quisiera tenerla ahí dentro toda la vida! – le decía yo, embriagado por aquel placer físico y mental.

Ella sólo se limitaba a mantener la cara contra la cama, tratando de reducir el ruido de sus gemidos con las sabanas.

Yo aprovechaba en cambió para mirar hacia su culo, pues me fascinaba ver desaparecer y aparecer mi verga entre sus nalguitas una y otra vez.

Aquello me motivo a aumentar la velocidad de mis embestidas, lo que se tradujo en gritos y suspiros más intensos de parte de ella.

Cansado de no poder ver su rostro mientras la follaba, la tomé de sus cabellos y los jalé hacía mi, obligándole a alzar el rostro.

– ¡Aaaayy, aaaayyy, arrggghhttt! – gritaba ella, quien tardó en reaccionar que sus gemidos ahora invadían toda la habitación.

Me miró asustada, y apenas logró contener sus gritos dijo:

– ¡Tío, nos va a escuchar!

Pero a mí me encantó la forma en que ella gritaba con el rostro enrojecido de excitación, mirándome con ojos que rogaban parar aquel placer; así que volví a acelerar mis embestidas, obligándole a soltar nuevos sollozos.

– ¡Aaayy yaaa! ¡Aaaayyyy yaaaa, tíooo! – decía.

Yo solté entonces sus cabellos, y ella volvió a hundirlos entre las sábanas.

Coloqué entonces mis manos sobre sus nalgas, y las estrujé de manera que se separaran y abrieran más paso libre a mi tronco que le taladraba el coño.

“Qué nalgona está la putita esta – pensé – Ni siquiera puedo clavársela toda”.

Comencé a cansarme un poco, así que sin dejar de moverme me recosté un poco más sobre su espalda, de forma que mis labios besaron su nuca para después trasladarse a sus orejas.

– ¡Qué ricas nalgas tienes! – le dije entonces, completamente enloquecido – Cómo me gusta la forma en que se siente follarte.

Ella no dijo nada, y sólo se escuchaban sus gemidos cada vez más espaciados y tranquilos.

Buscando una respuesta de ella, le comencé a preguntar majaderías al oído:

– ¿Te gusta? ¿Te gusta cómo te estoy follando? ¿Te gusta cómo se siente tu conchita con la verga de tu tío?

Ella sólo se limitó a mover afirmativamente su cabeza, sin despegar el rostro de la cama. Entonces, sin dejar de enterrarle mi verga una y otra vez, yo seguí preguntándole:

– Hace rato te vi muy seriecita en el sofá, y ni me saludaste, y no han pasado ni cinco horas y ya te estoy culeando. ¿Eso querías? ¿Por eso te ibas quitando tu ropita?

Ella no respondió, y de pronto giró su vista hacia mí, deslizó una de sus manos hasta mi cabeza y me empujó por la nuca contra ella.

Me besó, como intentando acallarme, y yo le respondí aumentando las embestidas contra su deliciosa conchita.

Aquella situación me hizo excitarme tanto que la hice volver a ponerse sobre sus rodillas, en posición de perrito.

Esta vez ella lo soportó perfectamente, y hasta se recostó sobre sus brazos recogidos para ofrecerme aún más abiertamente su culo.

Mi verga, con todo su vigor, se introdujo hasta el fondo por su concha, causándole un estremecimiento que, sin embargo, supo soportar.

Yo estaba ya a punto de correrme; ella mantenía su cuello girado, mirándome de forma retadora mientras trataba de soportar inútilmente los gemidos que se le escapaban en forma de gritos por su boquita abierta completamente por tanto placer.

La sostuve fuerte por las caderas, apretujándole bien las nalgas para que no se escapara.

Entonces, el clímax cruzó como un disparo a través de mi cuerpo y un chorro abundante y caliente de esperma salió disparado contra el interior de su coño.

Ambos gemimos al mismo tiempo; fue de lejos la mejor corrida que había tenido en mi vida. Era increíble lo bien que se sentía soltar mi leche en el interior de mi sobrinita.

Ella alejó su rostro del mío, y miró al frente, desde donde soltó un gemido que sonó como música para mí. El calor de mis fluidos había abarcado todo su interior.

Satisfecho, saqué mi verga de su coño, pero aún brotaron un par de chorritos de esperma que cayeron sobre su nalga derecha y sobre el canal superior de su culo, por donde se deslizó un arroyo de liquido seminal hasta el ojete de su culo.

Habíamos terminado; y ambos permanecimos unos segundos en total silencio, sin movernos, seguramente meditando que, desde aquel instante, habíamos cruzado un límite, un tabú, del que no habría vuelta atrás.

Entonces me puse de pie, y busqué en el piso algo con qué limpiarme; tomé entonces las bragas azules de Jimena y con ellas me limpié el tronco y el glande de mi verga.

Después me puse rápidamente mis calzoncillos y pantalones.

Ella comenzó a bajar de la cama, confundida y callada, y hasta se asustó como un corderito cuando mi voz rompió el silencio, ordenándole:

– Metete a bañar, yo iré abajo. Allá nos vemos.

Jimena obedeció, y comenzó a levantar su ropa evitando a toda costa cruzar su mirada con la mía, hasta que buscando sus bragas miró cómo yo me las guardaba en el bolsillo del pantalón.

Me miró, cuestionándome, pero yo no dije nada y ella siguió su camino hacia el baño de la recamara de sus papás.

Segundos después, salí con la mayor tranquilidad posible de la recamara, y bajé lentamente las escaleras.

Vi que Luis seguía completamente absorto ante el videojuego y el televisor, por lo que salí de la casa, directo a mi automóvil.

Ahí, en la guantera, oculté bien las braguitas de Jimena, y encendí el aire acondicionado para que mi cuerpo se aclimatara.

También tomé mi control para Play Station con patrones de uniforme militar, que pensaba prestarle a Luis para que centrara su atención en el aparato y no en el tiempo que su hermana y yo dilatamos en la recamara de sus padres.

Minutos después regresé a la casa, y el control de videojuegos cumplió perfectamente su objetivo. Luis ni siquiera preguntó por Jimena, quien bajó veinte minutos después, bañada y como si nada hubiese ocurrido.

Tomó un vaso de leche y galletas, mientras yo la ignoraba centrando mi atención en el videojuego, dándole consejos a mi sobrino.

Después, Jimena se despidió, y subió directamente a su recamara, donde entré silenciosamente a las tres de la madrugada, mientras Luis estaba completamente perdido en sueños.

Ahí, bajo las sabanas de mi sobrina, volví a cogerla, sólo que más lento y más suave, sin que nuestros labios se despegarán más que para tomar aliento.

No duró mucho, y ni siquiera me corrí; pero quedé satisfecho por haberle provocado el segundo orgasmo del día, y seguramente de su vida.

Volví a mi cama satisfecho, sabiendo que aquella preciosa chiquilla había pasado – de un día para otro – de ser mi simple sobrina a convertirse en mi mujer, en mi putita.

No pude, desde luego, conciliar el sueño, hasta que no me masturbé sobre la cama y eyaculé pensando en ella.

“Es una diosa” , pensé, romántico, “y es mía”.

A la mañana siguiente bajé con la sensación de que todo lo ocurrido el día anterior había sido un sueño.

Salí de la recamara directo al baño, donde me di una ducha rápida que me dejó como nuevo. Me vestí con los mismos pants de dormir, sin calzoncillos, y una playera sin mangas blanca.

No me sorprendí cuando, bajando las escaleras, comencé a escuchar los efectos de disparos y explosiones del videojuego que le había prestado a Luis.

En efecto, frente al televisor, como si el tiempo no hubiera pasado, mi sobrino seguía jugando las últimas misiones ya de Destiny, esta vez con mi control remoto que le había prestado la tarde de ayer, justo después de haberle quitado la virginidad a su hermana, en la recamara de sus padres.

– Buenos días – dije – ¿No has parado?

Él sólo me sonrió, apenado, y me preguntó acerca de algunas dudas sobre la historia del juego.

Mientras hablaba con él, busqué a Jimena con la mirada, pero parecía como si ella no hubiese despertado aún.

Entonces, unos pasos en el piso superior llamaron mi atención, y cuando volteé vi su figura entrando al cuarto de baño.

“¡Joder! – pensé – La hubiera esperado allá”.

Pasado un tiempo, pregunté a Luis si ya había desayunado, y me señaló una caja de cereales que estaban sobre la barra.

Me senté ahí, y me serví dichos cereales con leche; desde la barra se podía ver cómodamente la pantalla, a unos tres metros de distancia, y Luis podía mirar mi rostro y la parte superior de mi cuerpo.

Me dispuse a desayunar, y así estuve comiendo lentamente – interrumpido constantemente por Luis – durante unos cinco minutos cuando de pronto apareció Jimena bajando de las escaleras, silenciosamente, por lo ligero de su cuerpo. Se acercó a mí, y me preguntó cómo había amanecido, con la normalidad con la que una sobrina se lo preguntaría a su tío.

Yo le respondí con una sonrisa, y ella me devolvió la suya; ahí comprendí que nada de lo de ayer había sido un sueño, y que una nueva complicidad existía entre ambos.

Ella miró hacia su hermano, y yo noté que Luis ni siquiera se había percatado de la presencia de su hermana, quién vestía un conjunto de pijama similar al del día anterior pero color rosado en lugar de gris.

Entonces, una idea apareció en mi mente, y tomé a Jimena por el brazo, alejé mi asiento, creando un espacio libre, y la obligué a ponerse de rodillas frente a mí, debajo de la barra.

– ¡Tío no! – protestó en voz baja.

Yo le hice callar llevando mi dedo índice a los labios, y comencé a descender un poco mis pants de dormir, de manera que mi verga apareció ante su rostro.

“Hora de mamarme la verga, Jimenita”, pensé, mientras mi polla iba endureciéndose rápidamente, ante sus sorprendidos ojos que se abrían como platos.

Ella seguía protestando, por lo que pasaron casi un minuto y medio hasta que la convencí, o más bien la hice quedar sin remedio, al demostrarle que no iba a detenerme hasta que ella cediera.

Un verdadero placer fue sentir por primera vez su boquita y sus labios alrededor del grosor de mi verga; era una boca virgen, fresca y limpia.

Al principio, naturalmente, mamó de forma pésima, por lo que tuve que darle algunas indicaciones básicas.

Ella pronto pareció ganar interés, y comenzó a concentrarse y a mover su cabecita contra mi verga cada vez con mayor soltura.

Como su boquita era inexperta, apenas podía tragarse la mitad de mi tronco, pero yo no tenía ningún motivo de queja, pues aquello era un verdadero delirio.

Yo regresé mis manos sobre la barra, pues vi cómo Luis giraba su vista hacia mí y me preguntaba, señalando al televisor:

– ¿Crees que es buena idea utilizar esa arma en lugar del rifle de siempre?

Aquello hizo que Jimena se detuviera, seguramente muerta de miedo, pero yo respondí con naturalidad, afirmativamente. Eso la tranquilizó, y sentí sobre mi falo el ir y venir de sus labios.

Así, yo simulaba desayunar mientras Luis volteaba de vez en cuando para consultarme sobre el juego, sin imaginar que debajo de la barra su hermanita aprendía a chuparme la verga.

Yo sabía que aquello iba a durar mucho así que, después de unos tres minutos, ayudé a Jimena y me comencé a masturbar, pues sabía que debíamos terminar pronto antes de que su hermano nos descubriera.

Mientras yo masajeaba mi verga, ella seguía lamiendo y chupando tímidamente mi glande.

A mí me encantaba echar un vistazo de vez en cuando a mi entrepierna, donde la preciosa cara de Jimena aguardaba paciente a que yo me corriera.

En determinado momento, y evitando a toda costa armar jaleo con mis gemidos, me corrí dentro de la boca de la chiquilla, quien acertadamente limpió la cabeza aún chorreante de mi falo para que mi pene quedara perfectamente limpio.

Cuando aquello terminó, y yo recuperé el aliento, cubrí de nuevo mi verga bajo los pants y acaricié el rostro de Jimena.

– Buena chica – susurré, sin que Luis no escuchara.

La idea de que mi leche había sido lo primero que mi querida sobrina se había llevado al estomago aquella mañana me llenó de una extraña satisfacción.

Sin embargo, en realidad me equivoqué.

Cuando le hice señal de que podía pararse, pues Luis no miraba hacia nosotros en aquel momento, ella se dirigió directamente al fregadero de la cocina, donde escupió mi semen y se enjuago discretamente la boca.

Yo sólo sonreí ligeramente, y regresé a mi desayuno, pensando en que sería en otra ocasión en que le enseñaría que debía tragarse mi leche.

El resto del día fue más o menos similar; yo aprovechaba cualquier momento para manosearla, especialmente su rico culo que se había convertido en mi obsesión.

De pronto sonó el celular de Jimena, quien me pasó el celular de inmediato.

– Hermanito no te pude marcar de inmediato pero ya vamos en camino, calculo que dos horas más de viaje y llegamos – me explicó Cleotilde.

Aquello me hizo alarmarme, pues yo moría por follar de nuevo con Jimena, quien debía desear lo mismo pues constantemente me rondaba e intercambiaba miradas conmigo.

Sin embargo, a pesar de que queríamos estar a solas, a Luis se le ocurrió que volviéramos a jugar el videojuego de carreras.

Yo no tuve más remedio que aceptar, pero opté por chocar y jugar mal a propósito con tal de aburrirlo.

– No sé qué me pasa – me excuse – Debe ser que dormí mal anoche.

Sólo cuando faltaba menos de una hora, el chico se cansó y decidió que quería ver una serie a la que le estaba dando seguimiento en Netflix.

Jimena y yo aprovechamos aquello para escabullirnos, esta vez en su recámara, que al menos tenía una cadena para asegurar un poco la puerta en caso de que alguien la abriera.

Antes de que subiéramos, me ofreció en voz alta escuchar un nuevo artista musical que le gustaba; yo comprendí que aquello era sólo para despistar a su hermano, y acepté gustoso la invitación.

Ella se adelantó y, apenas llegué, cerró la puerta y colocó la cadena; para entonces ya había puesto música, por lo que podíamos hacer el ruido que quisiéramos.

La lancé sobre su cama, entre montones de ropa, y me saqué los pantalones en segundos.

Ella iba bajándose poco a poco su pantalones de la pijama, pero yo llegué, tomé las orillas de estos, y se los deslice completamente con todo y bragas, quedando ante mí su coño desnudo contra el que abalancé mi boca.

¡Joder! Cuánto extrañaba tenerla de nuevo, y eso que apenas hacia unas horas que me había deslizado sobre esa cama.

No tardé mucho y enseguida, con mi verga bien erecta, me acomodé y le enterré todo mi tronco.

Ella alzó su espalda y lanzó un grito quedito al sentir invadida de lleno la cuenca entre sus piernas.

Tenía ya rato embistiéndola cuando una llamada entró al teléfono celular de Jimena.

Se asustó, pero yo la tranquilicé y le dije que contestará sin temor. Ella lo hizo, y comenzó a hablar con su madre mientras yo seguía machacando su coño, aunque de forma más pausada.

Era una ternura ver sus ojos temerosos al ver que yo no me detenía ni siquiera en aquel momento. Ella no podía evitar soltar respiraciones profundas durante la llamada, que afortunadamente no hicieron sospechar a mi hermana.

Cuando colgó, Jimena dijo que sería mejor parar pues sus padres ya estaban a menos de cinco minutos de la casa.

Por toda respuesta, me incorporé y la hice levantarse de la cama jalándola bruscamente del brazo. Avancé arrastrándola hacia la ventana, y la lancé de frente contra la pared, rodeándola de inmediato con mis brazos.

Desde aquella posición, a través de los espacios de las persianas, podía verse la llegada del auto de sus padres.

Le quité la blusa de la pijama, y le alcé su sostén deportivo, de modo que sus tetitas quedaron libres bajo la tela enrollada. Apreté suavemente sus pezones con cada mano, y con total habilidad la penetré avanzando con mi verga entre sus nalguitas.

¡Qué buena follada le di ahí! La pobre estaba enloquecida de tanto placer, y ni siquiera dijo nada cuando vimos la camioneta de sus padres entrar al enorme patio frontal.

Con la luz del sol afuera en todo su esplendor, nadie hubiera podido ni siquiera sospechar que a un costado de la ventana me encontraba yo taladrándole el coño a mi sobrinita con embestidas que rayaban en lo brutal.

– ¡Tío! ¡Aaaay tíoooo! ¡Ayayayaaaayyyyy! ¡Tíiiiioooo! – eran las únicas palabras que Jimena podía articular.

Yo estaba implacable, como si quisiera destrozarle el culo a vergazos, aunque guardando aún la consideración de que apenas ayer aún era virgen.

– ¡Ya llegaron! – gritó mi sobrino de pronto.

Yo me detuve, y saqué mi falo de Jimena unos instantes, temiendo que su hermano tuviera la ocurrencia de subir a buscarnos.

Pero entonces escuchamos la puerta principal cerrándose de golpe y en seguida lo vimos aparecer a través de la ventana en dirección al coche de sus padres.

– Terminemos esto de una vez – dije, y al instante la tomé por las caderas y volví a enterrarle mi verga hasta el fondo.

Decidido a correrme pronto, la embestía con toda fuerza, importándome poco sus gritos, gemidos y ruegos de que me detuviera.

– ¡Ya tío por favor! ¡Ya porrrrr….faavooor!

– Chilla todo lo que quieras – dije, violento – tus papitos no van a escuchar cómo me estoy cogiendo a su hijita querida.

Ella en efecto se sintió libre de gemir más fuerte, al saber que ya no había nadie en casa y su familia, a unos 15 metros de distancia, no escucharía.

Me encantaba escucharla gemir, y ella parecía disfrutar también la libertad de lanzar aquellos apasionados gritos.

Fue un alivio ver como Luis había salido al patio a ayudar a sus padres con la abuela, a quien le preparaban una silla de ruedas que mi cuñado no lograba armar.

Yo seguía castigando el sapito de Jime, pero no aguanté más semejante situación y pronto sentí mi leche fluir desde mis testículos.

Y así, mientras el resto de la familia ayudaba a la dulce viejecita, yo descargaba una nueva dosis de leche en el mojadísimo coño de mi sobrina, cuyos gemidos iban cesando conforme mis embestidas pararon.

Aquel último polvo lo sellamos con un beso.

Para cuando los otros cuatro entraron a la casa, encontraron a Jimena lavando tranquilamente los trastes, sin sospechar en lo más mínimo lo manchadas que debían estar sus braguitas, por el semen aún caliente que fluía desde su coño.

Me fui aquella misma tarde tras comer con todos y conocer a la madre de mi cuñado, que sobra decir que es una mujer bastante respetable y amena.

Ante mi auto, con el motor ya encendido, mi hermana y su marido no paraban de agradecerme el haber cuidado a sus hijos.

Yo no mentí para nada cuando les dije que aquello había sido un verdadero placer.

Desde entonces no he vuelto a aquella casa, pero sí que me he encontrado con Jimena, pues en cuatro – casi una vez cada dos semanas – ocasiones hemos planeado vernos a escondidas.

Yo pido permiso en mi trabajo y conduzco hasta su ciudad, mientras que ella simula hacer trabajos en equipo en casa de alguna de sus compañeras para la escuela.

Oculta en los asientos traseros de mi coche, visitamos moteles en donde tenemos privacidad absoluta.

Una vez que terminamos, la paso a dejar sobre la carretera, de modo que ella camina el último tramo hasta su casa.

Ha sido arriesgado, por supuesto, pero es así como hemos podido vernos para follar.

Sólo puedo comentar que ella está aprendiendo muchas cosas, y que se está volviendo una verdadera experta en el extenso arte de follar.

Además, es verdaderamente excitante hacerle el amor con su uniforme escolar puesto, especialmente cuando sólo le bajo sus braguitas y me la culeo con la falda a cuadros alzada.

En cuanto a sus relaciones en clase, me ha contado que las cosas marchan mucho mejor, pues ha hecho amistad con sus otras compañeras, mientras que a las que antes se burlaban de ella apenas las toma en cuenta, lo que ha hecho que a la larga las cosas terminaran volteándose gracias a la renovada confianza de Jimena en ella misma.

Siempre me gusta recordar lo tímida que era al inicio, especialmente ahora que me sorprende la gran habilidad con la que salta sobre mi verga y abre las piernas para recibirme completamente, y la manera tan perfecta en que me mama el falo desde la punta hasta la base, incluyendo mis huevos con los que la última vez jugueteó metiéndoselos en la boca y masajeándolos con su lengua.

Por supuesto, ahora ya sabe que cada gota de mi leche debe terminar en su estomago, incluso la que le lancé en una ocasión sobre su precioso rostro.

Han sido más de cien días de locura, y hemos prometido no dejarnos de ver nunca, aunque claro, nadie puede saber qué depara el futuro.

En mi buró, guardadas en un cajón, aún permanecen las bragas azules de Jimena, recordándome que ella, mi sobrina, es ahora mi putita.

Gracias por leer mi historia.

FIN

Los personajes, lugares y situaciones de estas historias o relatos son ficticios, completamente salidas de la imaginación de las y los autores. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales, es pura coincidencia. Relatos.gratis no revisa ni publica relatos sobre hechos que sus autores afirmen ser reales o basados en situaciones que realmente ocurrieron.
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