Me follé a mamá el día de su boda [Parte 2, final]

Revisa la primera parte de este relato en:
Me follé a mamá el día de su boda [Parte 1]

Ambos quedamos congelados por unos segundos, hasta que escuchamos la puerta del baño abrirse y cerrarse violentamente.

Eso nos dio un margen de tiempo para organizarnos.

Mamá comprendió que debía salir de inmediato, y me pidió permanecer en aquella recamara.

– ¡Necesito que te metas dentro del armario! – dijo, señalándome el guardarropa de donde había sacado la cama.

Ella se limpió los rastros de mi leche con su toalla, antes de volverse a poner sus bragas y acomodarse su vestido.

No pude evitar sentir cierto morbo de mirar cómo la parte inferior de su cuerpo había quedado manchada con mi semen por todos lados.

Yo tomé mis cosas, y me metí al armario; mientras yo me encerraba dentro, ella salía hacia el pasillo, rumbo al baño donde seguramente su nuevo marido vomitaba.

Escuchaba sus voces hablar entre ellos, pero no entendía qué decían; estaba completamente nervioso, ante la posibilidad de que Julián entrara y me descubriera.

Entre la oscuridad, me vestí como pude, y esperé durante los 10 minutos más largos de mi vida. ¿Qué le diría si nos descubrieran? ¿Notaría – o imaginaría siquiera – él que hacía unos minutos me había follado a su esposa? ¿Creería que había escupido mi semen sobre el culo de mi propia madre?

De pronto escuché la puerta de la recamara abrirse, cerrarse de nuevo y el clic del seguro. Salí, cuando mi madre susurró mi nombre.

– ¡Tienes que irte! – me dijo, en voz baja, pero con una evidente consternación.

– ¿Qué te dijo?

– Él está bien – dijo, girando ligeramente los ojos – sólo vomitó y ya regresó a su cuarto. Aún debo bañarme, pero entraré a nuestra recamara y vigilaré que no salga por ningún motivo.

Mientras acomodaba el desastre que habíamos hecho en la cámara armable, me pidió que, una vez que estuviera lejos de la casa, le enviara un mensaje a su celular avisándole. Entonces, sin despedirse ni nada, tomó sus cosas, salió del cuarto y escuché cómo abría y cerraba la del otro cuarto.

Me quedé pensativo unos cinco segundos, hasta reaccionar y salir de ahí en silencio pero con prisa.

Una vez que llegué a la calle principal más cercana, le envié un mensaje escribiéndole: “Ya”.

Tuve que esperar unos 10 minutos antes de que un taxi apareciera y me llevara a la casa de mis padres, donde dormí en la sala, sin despertar a mi hermana ni a mi novia.

Aquella noche, soñé con mi madre, una clase de sueños que nunca se me hubieran ocurrido antes.

No tuve mucho que explicar a mi novia, y al parecer mi madre tampoco tuvo contratiempos en torno a lo ocurrido. Debo admitir que una especie de depresión se apoderó de mi durante los tres días que pasé sin verla, pues al otro día preferí no asistir a su almuerzo de recién casados, aduciendo asuntos del trabajo.

Mi madre tampoco buscó contactarme; yo suponía que aquello no sólo nunca debía haber ocurrido, sino que tenía que quedar sepultado en el olvido para siempre. Por momentos, me parecía que la única solución sensata era dejar de verla para siempre; en el fondo, sin embargo, temía enfrentar la realidad.

Pese a todo, sabía que ella debía sentirse mucho peor que yo mismo. Si follar con tu propia madre era difícil de digerir, ¿qué debía significar para una mujer tener relaciones sexuales con su propio hijo?

Sin embargo, pronto lo descubriría. Y la respuesta sí que me dejaría sorprendido.

Ocurrió diez días después, cuando ellos regresaron de un viaje de fin de semana, a modo de luna de miel, y Julián nos invitó por la tarde a una carne asada.

Francamente, no pude rechazar la invitación, especialmente porque fue mi madre quien me invitó.

Durante una conversación telefónica breve y concisa, en la que desde luego no se tocó aquel tema, ella me dijo que sería bueno que Aurora y yo fuéramos.

Estaba ya inventándole un pretexto para no ir cuando, insistente, dijo que debía hacer todo lo posible por ir.

– Yo sé que, pidiendo permiso en tu trabajo, podrás. Además es en la tarde, cuando ya no estás ocupado.

Colgué tras prometerle que haría lo posible por ir. Me preguntaba si, acaso, quería verme para dejar en claro, personalmente, lo ocurrido.

Tras salir del trabajo, al día siguiente, pasé por Aurora a su casa. Para entonces, ya le había confirmado que iríamos, aunque en mi cabeza sentía el deseo de faltar.

Llegamos y nos recibieron Julián y mi hermana, que preparaban todo en el patio de la casa, donde se desarrollaría el convivio.

Habían pocos invitados aún, porque llegamos una hora antes con la intención de ayudar.

Aurora y Yadira se alejaron rumbo a una mesa grande, donde estaban preparando una especie de guacamole y donde un amigo de Julián, cerca, revisaba las indicaciones de un bulto de carbón para asar, frente a la parrilla.

Julián me preguntó cómo estaba, yo le dije que bien. No me sentía con ánimos de hablar a solas con él, y le pregunté por mi madre.

Está arriba, me dijo que quería hablar contigo, vamos, te acompaño.

Subimos al piso de arriba, a la recamara de ambos, donde mi madre estaba recostada boca abajo en medio de una amplia cama de sabanas blancas.

Ella vestía un short de mezclilla blanco y una cómoda blusa amarilla. Miraba el televisor, el cual apagó en cuanto nos vio entrar a ambos.

Sonrió ampliamente en dirección a su marido, y luego me saludó a mí.

– Me siento un poco desganada – me dijo.

Su sonrisa me pareció tremendamente falsa. Yo no me atreví a sonreír.

– Pero esperemos que el asado la anime – expuso Julián, con su actitud positiva de siempre.

Fue difícil conversar con ambos; yo no podía evitar intercambiar miradas con mi madre cada vez que Julián decía algo, o cuando soltaba alguna carcajada, riéndose de sus propios chistes.

Era como si supiéramos que él era víctima de ambos, pero a la vez feliz ignorante de lo que ocurría. A veces, ella me sonreía, y yo me preguntaba si era su forma de controlar la culpa o acaso no le importaba lo que aquello representara para su marido.

De pronto, apareció Yadira, mi hermana, diciendo que había afuera el chofer de una camioneta preguntando por Julián.

– ¡Es la carne! – dijo él de inmediato.

Yadira desapareció, y él comenzó a dirigirse a la puerta.

Yo hice ademán de seguirlo, pero la voz de mi madre nos detuvo.

– Quiero platicar contigo, Rodrigo.

Julián la miró y luego a mí, sonriente, completamente inocente de lo que realmente ocurría.

– Bueno, los dejo – expresó, y salió del cuarto, cerrando la puerta tras de sí.

Permanecimos en silencio durante al menos cinco segundos que se sintieron eternos, antes de que ella dijera:

– ¿Cómo estás?

Yo la miré y respondí de inmediato:

– Bien, en el trabajo todo está bien.

Aclarado aquello, se dispuso a resolver el problema de inmediato.

– Siento mucho lo ocurrido aquella noche.

Yo le iba a responder que no dijera aquello, que asumía toda la responsabilidad, pero finalmente preferí ser sensato:

– Ambos tuvimos la culpa.

Ella apretó los labios, moviendo la cara afirmativamente, al tiempo que acomodaba su cabeza, sosteniéndola con su mano.

– Eso es cierto, ambos somos adultos y no nos detuvimos.

– El alcohol tuvo mucho que ver – justifiqué.

– Pero dudo que haya sido sólo el alcohol.

Permanecimos en silencio durante otro momento. Ella se incorporó, sentándose en flor de loto. Movió los ojos, como preparándose para decir algo difícil pero que ya parecía tener resuelto.

– El objetivo es que lo sucedido debe ser olvidarlo y que no se vuelva a repetir…pero, no voy a mentirte, de cierta forma te extraño. Te extraño como una mujer extraña a un hombre.

Me dijo aquello mirándome directamente a los ojos, estudiando mi reacción, yo moví la cabeza negativamente, pude haber aprovechado esa declaración para tomar el papel de verdugo y asignarle toda la responsabilidad. Pero comprendí que, si había que sincerarse, era eso lo que debía hacer.

Entonces le dije la verdad:

– Yo también, yo también te extraño de esa manera; y creo que por eso será difícil para ambos.

Giré el cuerpo noventa grados, pero mirándole.

– Creo que es mejor que me vaya.

– Quédate – dijo ella, y se puso de pie en el acto.

Bajé la vista, vi cómo sus hermosos y desnudos pies tocaron el suelo, y avanzaron hacía mi. Cuando ya la tenía en frente, alcé la vista y me encontré con sus ojos.

Ella no soportó mantener su mirada y me abrazó, ocultando su cabeza en mi pecho. Yo no la abrace, sabía que abrazarla sería perder otra batalla contra el deseo.

Después, como si su nerviosismo hubiera cesado, alejó su rostro del mío, se paró de puntas para besarme la mejilla, y se alejó de mi, dirigiéndose al baño de su recamara.

– Me cambiaré rápido, espérame, quiero que bajemos juntos – dijo, cruzando la puerta sin cerrarla.

Yo tomé asiento en la orilla de la cama; vi hacia el baño y, como la puerta quedó abierta, pude ver cómo hacía descender unas bragas color blancas, con unos encajes de adorno. Después, con la misma despreocupación, se quitó la blusa.

Sacó una bolsita, donde guardaba sus maquillajes, y se concentró en pintarse el rostro, cubierta sólo con su ropa interior. Me pregunté si hacía eso siempre o quería que yo la viera.

De vez en cuando, lanzaba furtivas miradas hacía mi, a través del espejo, pero enseguida continuaba maquillándose, como si mi presencia no significara algo por qué preocuparse.

En cierto momento, vi cómo se acomodaba las bragas, y pude ver el bulto de una toalla femenina en el área de su coño.

Aquello me recordó que mi madre era joven, o al menos era muy joven cuando yo nací; no estaba seguro de su edad, yo tenía 25 años de edad, ella debía tener poco más de 45 años. No estaba seguro, y no quería preguntárselo.

Mientras la miraba, mi mente y cuerpo comenzaron a reaccionar.

Me fascinaba más ver su cintura desnuda que la forma en que sus nalgas se tragaban la tela de sus calzones. Me llamaba más la atención sus delicados brazos que la redondez de sus tetas bajo el sostén, vistas a través del espejo.

Era mi madre, pero también una mujer hermosa. No podía dejar de verla, y mi verga no podía tampoco dejar de endurecerse bajo mis pantalones.

Entonces me puse de pie. Me acerqué a la puerta de la recamara, lento pero seguro, y coloqué seguro.

Después, como un asesino serial de película, me dirigí silencioso y decidido hacia la entrada del baño, donde mamá se encontraba. Mis manos desabrochaban despreocupadamente la hebilla de mi cinturón.

Antes de cruzar la puerta, ella me vio a través del espejo, pues se estaba delineando las cejas. Noté cómo vio lo que mis manos hacían, así que giró noventa grados, recargando sus nalgas en la esquina del lavabo.

Su rostro cambió; comprendí que estaba lista para recibirme.

Cuando llegué ante ella, me abrazó de inmediato y yo rodeé su cintura con mis manos. Nuestros labios se unieron como imanes, y pronto sentí su lengua adentrándose en mi boca.

Mis manos bajaron, y se apoderaron de sus nalgas; eran preciosas, mis palmas se estaban volviendo adictos a la sensación de tocar su culo.

Deslicé mis dedos debajo de la tela de sus bragas, inspeccioné curioso la sensación de tocar su toalla intima. Ella no reaccionó ante ello, entregada completamente a mis besos.

Aquello debió haber durado unos 20 segundos. Cuando nos separamos, su mirada se volvió ansiosa.

– Hoy no podremos – me dijo por fin – Yo no puedo hoy.

Le dije que lo entendía, pero de todos modos mis dedos siguieron buscando la forma de acceder a su coño:

– Siento no poder hoy, de verdad – reiteró, moviendo su cintura para alejar su culito de mis manos.

Yo insistí, estaba dispuesto a follarla como fuera, y quería que ella supiera eso.

La abracé con más fuerza, pero ella se resistió y se liberó de mis brazos. Pareció evaluar la situación, y entonces se arrodilló ante mí.

Abajo, sus manos se dirigieron directo a mi entrepierna; me bajó el cierre e hizo descender mis pantalones. Besó  de inmediato mi verga palpitante a través de la tela de mis calzoncillos, justo como en la noche anterior, y pronto los deslizó hacia abajo.

Cuando mi pene apareció como resorte a centímetros de su rostro, erecto totalmente, ella lo tomó del troncó y lo apuntó a su boca, en donde mi glande desapareció.

Pude sentir su lengua rodeando la punta de mi verga; mi madre la chupaba como si fuera un caramelo. Mis manos acariciaron su cabeza, sus cabellos, mientras ella iba avanzando poco a poco, metiéndose mi falo cada vez más dentro de su boca.

Estuvo así casi un minuto, y yo sentía mi mente volar. De pronto se detuvo, sacó mi polla y se quejó, tocándose las rodillas.

– ¿Qué pasó?

– Nada, dijo ella…

Yo comprendí, entonces le dije:

– Ve a allá – señalándole un tapete de baño frente al lavabo.

Ella comprendió, y se dirigió gateando hasta allá. Yo la alcancé, dando pasitos, pues aún tenía mis pantalones y trusa enrollados en mis talones.

Nos acomodamos ahí, y enseguida volvió a tragarse mi verga, sin ni siquiera utilizar sus manos. Así lo hizo durante varios segundos, como si estuviese mostrándome sus habilidades en el sexo oral. Yo estaba sencillamente fascinado, buscando constantemente su mirada, pues me excitaba que nuestras miradas, de madre e hijo, se cruzaran y unieran en aquellos instantes.

Ella me miraba como una criatura salvaje a punto de ser dominada, rindiéndose más y más cada vez que mi tronco recorría su garganta.

En aquella zona, también podía verme a mí de frente y a ella de espaldas ante el espejo. Me miré a mi mismo a los ojos, a través del espejo, mientras ella movía su cabecita, chupándomela sin parar.

A mí me encantaba observar la expresión de mi propio rostro a través del reflejo, mientras mi madre iba adelante y hacia atrás contra mi pene. En mi imaginación, deseaba congelar aquella imagen para siempre.

Me vi a mi mismo con cierto orgullo, me sentía el amo del mundo, el hombre más afortunado.

Entonces, sin dejar de mover su cabeza, mamando mi verga ininterrumpidamente, sus manos desabrocharon mis zapatos. Haciéndolos a un lado, junto con mis calcetines. Sacó mi pene de su boca un instante, para terminar de quitarme los pantalones y hacerlos a un lado también.

Apenas quedé desnudo completamente de la parte inferior, ella volvió a su tarea.

Con el tiempo, mis manos intervinieron; a veces la obligaba a permanecer con mi tronco dentro, generándole arcadas. Otra veces, dirigía su cabeza hacia debajo de mi verga, restregándole el rostro contra mis bolas.

Pero, a la larga, aquello se volvió innecesario. Ella variaba sus movimientos, y chupaba mis huevos y se atragantaba con mi verga de forma autónoma. Atrapadas en su sostén, sus tetas rebotaban graciosamente, al ritmo de sus mamadas.

A mí me encantaba verle su rostro deformándose por aquellos actos auto humillantes, humedeciéndose con mis fluidos al tiempo que su maquillaje se corría.

Así permaneció durante un tiempo; y de vez en cuando utilizaba sus manos, para masajearme el tronco. Yo la dejaba ser, pues ella misma exploraba la forma de complacerme.

Minutos después, la sensación de éxtasis me invadió. Era el aviso de que estaba a punto de correrme. Saqué mi verga de su boca.

– Quédate ahí – le dije, mientras con mi mano comenzaba a masturbarme.

Ella obedeció, como una feliz esclava, metió sus manos entre sus piernas arrodilladas, y cerró los ojos a la espera, con una ligera sonrisa dibujada en su rostro.

Aquella actitud, pese a todo, me tomó por sorpresa, y yo bombeé mi tronco unos segundos, apuntando directo a su rostro.

Entonces, mis testículos se contrajeron.

El primer chorro de semen cayó en su parpado izquierdo, con tal fuerza que una línea de leche cruzó hacia arriba su frente hasta manchar un poco su cabello. El resto cedió a la gravedad y comenzó a descender sobre su ojo, desde donde más tarde llegaría a su mejilla izquierda.

Aquella primera carga la hizo impulsarse un poco hacía atrás, por la sorpresa. Sin embargo, de forma disciplinada, volvió a colocarse en su sitio, justo a tiempo para que un segundo escupitajo de leche golpeara su frente baja, cerca de su ojo derecho.

Una mancha lineal manchó parte de su frente y de su cabello, pero la mayor parte se deslizó y quedó en la cuenca que formaba su ojo.

Estaba inmóvil, sin importarle mis gritos de placer ante una de las mejores eyaculaciones que había tenido.

Mi verga ya no arrojaba más leche, pero su rostro sucio con mis fluidos me excitó tanto que me acerqué y embarré en sus mejillas los restos de semen que quedaban en la punta de mi verga.

Entonces retrocedí y disfruté del panorama que ofrecía su cara llena de mi leche. Tenía ante mí a la mujer más zorra y más cachonda del mundo, y era mi madre.

– Eres mi puta – pensé, en voz alta.

Tragué saliva, imaginando que aquello había cruzado los limites.

Sin embargo, ella sonrió tenuemente, moviendo su cabeza afirmativamente de forma sumisa.

– Sí – dijo entonces, con la voz entrecortada – Lo soy.

– Dilo – pedí yo, dominado por un sentimiento de poder.

– Soy tu puta…soy tu… ¡tu madre! – añadió, costándole pronunciar aquella última palabra – Pero también tu puta, y me gusta.

La sangre se me subió a la cabeza al escuchar aquello. Le ordené con un movimiento de manos que se colocara de pie. Ella obedeció, como una geisha a mi disposición.

La hice girar, para que mirara su cara manchada de mi semen a través del espejo. Ella no pareció muy complacida con lo que vio, y una sensación de humillación comenzó a distorsionar su rostro.

Yo la rodeé, colocándome detrás de ella, con mi verga aún chorreante repegándose sobre su culo, y manchando de fluidos sus bragas.

Acerqué mi rostro por el costado izquierdo de su cabeza, besé su mejilla, manchándome los labios ligeramente con mi propio semen.

Ella intentó sonreír, pero no pudo.

Lejos de romperme el corazón, aquello inspiró aún más mi perversión.

– ¡Vas a ser mi puta hoy, mañana y siempre! – le advertí.

Ella movió su cabeza afirmativamente, mientras sus ojos entrecerrados intentaban retener las lagrimas que se acumulaban bajo sus parpados.

Aquello me hizo estallar, no de ira u enojo, sino de esa sensación de poder sobre ella; la idea de que podía hacer con ella lo que quisiera me invadió.

La tomé con una mano de la nuca, y empujé su cabeza hacia adelante, hasta que su rostro impactó contra el espejo, manchándolo de semen.

Mi verga estaba ganando volumen de nuevo, y decidí que no iba a desperdiciar aquella oportunidad.

Ella se quejó, con un gritito, pero yo la mantuve así sin problemas, pues de todas formas no se resistía.

Con mi otra mano, comencé a jalonear sus bragas hacia abajo; ella trató de impedirlo, diciéndome repetidas veces que no podía, pero finalmente sus calzones terminaron a la altura de sus rodillas.

Mi falo, cada vez más erecto, ya se deslizaba entre los muslos de mi madre.

– ¡No quiero que te manches! – rogaba, pero manteniendo la voz baja – ¡Por favor! ¡Otro día, sin problema otro día! ¡Rodrigo!

Pero no la escuchaba, estaba cegado por el deseo de demostrarle hasta que punto era capaz de llegar.

Mi mano buscó desesperado entre los productos de belleza que había sobre el tocador, hasta que tomé una crema humectante.

– ¡No! – dijo entonces, comprendiendo – ¡No, ya te había dicho que no!

– ¡Cállate! – le dije.

Trató de evitarlo como pudo, especialmente al principio, pero poco a poco fui ganando. Sus esfuerzos iban menguando conforme yo avanzaba en mi cometido.

Se resistía al principio, pero no pudo evitar que mi dedo índice penetrara en su culo. Con menos fuerzas aún, tampoco logró evadir el segundo dedo que le introduje por el ojete.

Cuando era mi verga la que apuntaba a su esfínter, ella sólo hacía ya peticiones inútiles.

– ¡Nunca lo he hecho! ¡Por favor, Rodrigo! – dijo, aunque aquello sólo me motivó más.

Coloqué la punta de mi verga entre las arrugas que rodeaban la entrada de su culo; un pequeño empujón me permitió marcar el camino adecuado, logrando meterle todo mi glande.

Ella comenzó a gritar, pero tratando de que sus sollozos no se elevaran mucho.

Cuando bajó el volumen de sus gemidos, decidí empujar más.

– ¡Aaaaaayyyy! ¡Aaayaaayayay! – gritó, recargando su rostro sobre el espejo – ¡Duele, duele; Rodriiiggggoooo!

Pero yo continué, paré un segundo solamente, cuando mi tronco iba a mitad de camino. Sentí una especie de curva o zona más estrecha dentro del recto de mi madre, y eché un vistazo hacia abajo, donde mi pintoresca verga desaparecía por el ano de mamá.

Entonces reanudé la marcha; con un poco más de esfuerzo, logré clavar mi verga completa. Sonreí, satisfecho de haberle roto el culo de mi madre.

Me mantuve unos segundos ahí, busqué su mirada en el espejo, pero no fue necesario. Ella había girado su rostro, donde mi esperma ya se estaba secando, dejándole unas manchas blancas y húmedas.

Parecía examinarme, tratando de comprender quién era yo. Aquello me puso incomodo, así que me dispuse a follarle el culo.

Saqué lentamente mi verga hasta la mitad, y después volví a metérsela hasta el fondo. Aquello la hacía gemir de dolor, pero no había en sus movimientos la menor intención de detener aquello.

Poco a poco, y añadiendo más crema humectante, logré acelerar los mete y saca. Poco a poco, el ritmo fue manteniéndose, y ya me era más fácil mover mi tronco entre su estrecha cavidad.

Sin duda era una sensación mucho mejor que cualquier otra. Note que sus gritos de dolor se habían transformado en placer, e incluso comenzó a susurrar de vez en cuando: “¡Sí, sí!”.

– ¿Te gusta? – le pregunté.

Ella buscó mis ojos a través del espejo.

– Se siente bien – dijo, cuando los halló.

– ¿Quería dejarte claro que yo seré tu hombre? – le dije.

– No tenías que hacerlo – dijo, mientras su rostro se enrojecía – Yo soy tuya; soy tuya Rodrigo, toda tuya.

Tuvo que dejar de hablar porque yo intensifiqué la velocidad de mis movimientos.

Durante un instante, curioso, saqué mi verga de su culo para ver su ojete dilatado. Era una oscura cavidad, de la que surgió un suave aroma a excremento.

Poco a poco, aquel agujero iba perdiendo tamaño conforme sus arrugas se reacomodaban hasta transformarse de nuevo en el apretado ano que conocí la primera noche que follamos.

Coloqué un poco de crema sobre la entrada de su culo, y volví a penetrarla de nuevo. El sonido característico de una flatulencia sonó al momento en que mi verga se abrió paso por su recto.

– ¡Ayyy qué rico! – suspiró, mientras volvía a metérsela hasta el fondo.

– Quisiera tenerla ahí toda la vida – le dije, ella sonrió y movió su cabeza afirmativamente.

Cerró sus ojos de placer cuando volví a metérsela y sacársela de nuevo.

Seguí embistiéndola unos segundos más, pero comprendí que no iba a eyacular pronto y que la tardanza podía generar sospechas.

Llenarle el culo de leche a mi madre tendría que aplazarse para otra ocasión, comprendí.

Deslicé lentamente mi tronco hacía afuera, disfrutando los últimos instantes de la calidez de su recto.

– ¡Aaaauffff! – expresó, cuando mi verga salió por completo de su ojete.

El tronco y punta de mi pene tenían pequeños rastros de mierda, pero muy pocos. Un poco de suciedad también quedó entre sus nalgas, noté.

Entonces me alejé, dándole la espalda y dirigiéndome a recoger mi ropa. Me limpié la verga con papel de baño húmedo y un poco de jabón liquido. Me vestí, echándole un vistazo a mi madre de vez en cuando.

Para entonces, ella ya limpia el semen restante de su rostro con un pañuelo desechable, evitando mi mirada. Estaba avergonzada y se sentía humillada; pero no me importó.

Cuando quedé listo, me dirigí a la entrada del baño.

– Te veré abajo – le dije.

Ella limpiaba su culo con otro pañuelo; me miró y movió la cabeza afirmativamente.

– Sí – me dijo, con esfuerzo.

Cuando iba a mitad de camino sobre su recamara, la escuché estallar, llorando.

Me uní a la fiesta como si nada hubiese ocurrido; abajo me esperaba Julián, quien de inmediato me ofreció un plato con una cecina recién salida de la parrilla.

– Llegas a tiempo Rodrigo – me dijo, sonriente, siempre intentado ganarse mi confianza – Acaban de salir las primeras.

Yo acepté el plato, y le regalé una sonrisa condescendiente a la que, sin embargo, no prestó atención.

Comenzaba a desagradarme, de cierta forma, pues no podía creer que permitiera que yo, en su propia casa, llenara de leche el rostro de su esposa para después romperle el culo.

¿Se imaginaba lo que acaba de ocurrir entre mi madre y yo en su propia recamara? ¿Tenía idea de la manera en que me la follé la noche de su boda?

No, la respuesta era no, y seguramente no lo sospecharía jamás.

“Yo soy el hombre que necesita mamá”, pensé.

– ¡Ahí viene la feliz esposa! – gritó mi hermana.

Yo giré la vista hasta la entrada trasera de mi casa.

Con un vestido azul corto y pegado, pero elegante, llegaba mi hermosa madre. Julián la recibió, tomándole de la mano y trayéndola hacía nosotros, como si fuera su chambelán.

Pero ella miraba a su alrededor, buscando con la cabeza suavemente; de pronto encontró lo que deseaba: mi mirada.

Yo le sonreí, ella también. Nadie más notó nuestra conexión.

“Es mi madre – pensé, completamente seguro – Y también mi puta”.

Y así ha sido hasta entonces.

FIN

Los personajes, lugares y situaciones de estas historias o relatos son ficticios, completamente salidas de la imaginación de las y los autores. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales, es pura coincidencia. Relatos.gratis no revisa ni publica relatos sobre hechos que sus autores afirmen ser reales o basados en situaciones que realmente ocurrieron.
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