Venganza: humillando a mi suegra [1]

Hola, mi nombre es Gonzalo y tengo 23 años. Desde hace como tres semanas empecé a salir con una chica muy hermosa llamada Luisa, que tiene apenas 19 añitos.

Aunque ambos nos amamos, su mamá, que se llama Daniela, nos ha hecho la vida imposible.

Con lagrimas en los ojos, Luisa me ha contado que mi suegra no me acepta como su pareja. Según dice, a su madre no sólo la diferencia de edad le molesta, sino también mi “origen demasiado humilde”.

Y es que mi suegro, quien por cierto se ha mantenido a un margen respetuoso respecto a nuestra relación, es un hombre de negocios muy destacado en la región.

Yo no lo conocía personalmente, sólo de nombre, y por supuesto que jamás imaginé que Luisa sería hija de él, pues ambos nos conocimos en el mismo gimnasio donde entrenamos.

“Mi mamá hasta me reprochó que fuera al gimnasio donde nos conocimos – me contó una tarde Luisa, casi llorando – y dijo que mejor hubiera ido a uno más caro, más exclusivo, para que nunca tuviera que haberme cruzado contigo”.

Aquella situación realmente me enfurecía; odiaba que nuestro noviazgo se viera afectado sólo por los caprichos de aquella señora, quien desde que me conoció comenzó a humillarme, sin pena alguna.

De hecho, cuando la conocí la primera vez, fue porque Luisa me llevó a comer con ellos, para presentarme como su nuevo novio.

Desde un principio, la mujer me vio con mucha seriedad, pese a que su marido se portó bastante cortés. A mí me pareció que doña Daniela era muy guapa, y obviamente tenía un parecido con Luisa, sólo que en una versión más madura y mucho más amargada.

Doña Daniela era de estatura media, con el cabello negro, normalmente enrizado pero que se alisaba con frecuencia, así como unas formas de mujer madura que trataba de mantener su figura. Pese a todo lo mal que me trataba, no podía yo acusarla de ser poco atractiva.

Aunque al principio me trató con relativa educación, no tardó en hacerme preguntas durante la comida acerca de mi “origen”.

Yo no iba ahí a engañarlos, admití que provenía de una familia humilde y que mi madre, con mucho esfuerzo, nos había criado a mí y a mi hermana.

Aquello no le pareció interesar en lo absoluto, y hasta hizo una mueca de disgusto cuando escuchó que estudiaba en la universidad pública local, a pesar de que comenté que tenía una beca bastante buena gracias a mis buenas calificaciones.

Por toda reacción, doña Daniela sólo se limitó a mencionar a los “muchos jovencitos” que conocía y que estudiaban en el Colegio Mc Wilson, el más caro y “más destacado de la ciudad”.

Cuando la comida terminó, pasamos a una salita muy bonita que había en una especie de balcón que daba al enorme patio de la casa. Ahí pude platicar con el papá de Luisa, don Santos, con quien charlamos tranquilamente puesto que, con toda la intención de ser descortés, mi suegra se alejó en un sofá al otro lado de la sala y sacó su teléfono celular con el que comenzó a platicar con una amiga durante prácticamente toda la tarde.

Desde entonces la relación con ella sólo empeoró, le hacía la vida imposible a su hija con tal de forzarla a rendirse y dejarme. Pero, por más trabas que hacía, nuestro amor no hacía más que crecer.

También comencé a saber cosas sobre mi suegra. Revisando revistas locales de eventos sociales, descubría que aquella mujer era muy famosa entre la alta sociedad de la ciudad.

Constantemente, aparecían fotografías de ella en periódicos y revistas locales, a veces en la inauguración de un nuevo negocio, o en algún evento en alguna escuela o colegio privado. Y, de unas semanas para acá, comenzó también a aparecer en varios eventos políticos, pues las elecciones para elegir nuevos representantes en el Cabildo estaba próxima.

No obstante, era contradictorio verla sonreír amablemente en aquellas fotografías al tiempo que trataba la relación de su hija conmigo con un enorme desprecio.

Esa situación la platiqué con mi madre, quien siempre ha sido muy amable y cree mucho en que la gente puede recapacitar. Me sugirió hablar a solas con la doña Daniela, a fin de convencerla de que yo podía darle a su hija una vida digna.

Aquella idea me la recordaba constantemente, pero yo estaba seguro que aquella mujer nunca cambiaría. Sin embargo, un día decidí hacer caso a mi madre.

Como había exentado el examen de ese día, decidí faltar a clases, sabiendo que doña Luisa se encontraría sola en su casa.

Había preparado una especie de discurso, en el que le decía que estaba dispuesto a luchar y trabajar para ofrecerle a su hija el mismo estilo de vida que ellos le habían proporcionado.

Al llegar, me encontré a una ancianita tras las rejas del patio, en la entrada principal. La dulce mujer estaba arreglando las flores más cercanas a la entrada.

Iba a tocar el timbre, pero decidí hablarle a aquella viejita:

– Disculpe, ¿se encuentra doña Daniela?

La dulce anciana sonrió al verme, y me hizo repetir la pregunta, pues no escuchaba bien.

– ¡Sí! ¡Sí se encuentra la señora! – me dijo, señalando hacia la casa.

Le pedí que me abriera, pero dudo al no reconocerme. Entonces le dije que yo era el novio de Luisa y hasta le dije el nombre de don Santos.

– Pues déjame le pregunto a la señora – me dijo, dándome la espalda.

– ¡No! – le grité, pues sabía que doña Daniela le diría que no me dejara pasar, y yo realmente quería dejar las cosas claras.

Le expliqué que mi suegra me estaba esperando, y le insistí tanto que la dulce viejita por fin me permitió entrar.

Haber logrado entrar, lejos de representar una alegría, me llenó de nervios. Estaba a punto de enfrentarme a mi suegra cara a cara.

Entré a la sala principal, y no había nadie. Esperé un rato, y luego me puse de pie, pues nadie aparecía. Caminé un poco y me acerqué a la puerta trasera, por donde se accedía al porche trasero que mencioné hace rato.

Sin embargo, unos gritos acallados y unas respiraciones rápidas me detuvieron.

Me asomé de inmediato, pero con cautela, pues reconocí que era la voz de mi suegra, sólo que parecía estar tosiendo y quejándose.

Por un segundo, me imaginé salvándola de una asfixia, lo que quizás ayudaría mucho a caerle mejor.

Pero no fue así, y lo que vi realmente me dejó mudo.

Un hombre, alto y mulato, embestía una y otra vez su verga contra el coño de mi suegra. Esta hacía tanto escándalo, y aquel tipo le lanzaba tantas nalgadas, que ni siquiera me escucharon y no se percataron de mi presencia, pues ambos me daban la espalda.

Logré mantenerme en silencio, y me deslicé de nuevo adentro de la casa.

Estuve echando vistazos, de vez en cuando, y con sumo cuidado.

A veces los veía besándose, mientras él la penetraba una y otra vez.

En otra ocasión, ella aparecía mamándole la verga a aquel moreno, antes de volverse a poner de pie y ofrecerle las nalgas para ser penetrada de nuevo.

La escena era tan candente que no tardó en endurecerse mi verga bajo mis pantalones.

Entonces, una idea iluminó mi cabeza.

Saqué mi celular y lo puse en modo de grabación de video. Casi me da un susto cuando la app soltó el sonido de entrada, pero afortunadamente ellos ni se enteraron y yo silencié mi teléfono.

Cuidadosamente, y sin asomar mi cabeza, deslicé el mi mano para que sólo mi celular saliera. Debió haber sido bastante discreto, porque ellos jamás lo notaron.

Los intensos gemidos de ambos me hacían saber que ellos seguían en su faena. Además, podía ver sus figuras vagamente a través de las fisuras de las persianas, aunque trataba de concentrarme en mantener firme y bien colocado el teléfono.

Una vez que sentí que fue suficiente, y cuando ellos aún seguían follando, detuve la grabación y salí despacio de aquella zona de la casa.

Me dirigí sin pensarlo a la salida, ahí, la viejita seguía enfocada en sus flores. Me alcanzó a ver, y me despedí de ella, aunque me dio la sensación de que ni siquiera recordaba quien era yo.

Salí corriendo directo a mi casa, con el corazón palpitando a mil por hora. Había grabado a mi suegra teniendo sexo con otro hombre, con el que engañaba a su marido, lo que me generaba sentimientos encontrados de nervios y una especie de triunfo.

En el transporte público, y durante todo el camino, ni siquiera me atreví a sacar mi celular del bolsillo, pues temía perder el aparato y, con él, aquel video.

Como era temprano, mi madre estaba en el trabajo, así que subí directo a mi cuarto, me senté sobre mi cama y saqué mi celular.

Abrí el video, y entonces vi mi gran error: ¡Había colocado mi dedo enfrente de la cámara!

– ¡Mierda, mierda, mierda! ¡Qué estúpido soy! – pensé.

Sólo se escuchaban sus gemidos en los primeros segundos, estaba a punto de cerrar el video cuando, ¡voila!, mi dedo desapareció y, en la pantalla, apareció mi suegra saltando enérgicamente sobre aquella verga.

Me sorprendió ver que el video duraba casi cinco minutos, de verdad había quedado tan impactado que ni siquiera me di cuenta del paso del tiempo.

Cerré el video de mi celular, y lo conecté directo a mi laptop. Ahí lo guardé en el disco duro, y también en un USB; para estar aún más seguro, guardé una copia en la nube, mediante una cuenta de Dropbox que utilizaba en la universidad.

Una vez guardado todo, me senté frente a mi computadora, me saqué los pantalones, y abrí el video. Fue una de las mejores pajas de mi vida.

Los personajes, lugares y situaciones de estas historias o relatos son ficticios, completamente salidas de la imaginación de las y los autores. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales, es pura coincidencia. Relatos.gratis no revisa ni publica relatos sobre hechos que sus autores afirmen ser reales o basados en situaciones que realmente ocurrieron.
Las imágenes utilizadas son meramente ilustrativas, y no tienen ninguna relación con lo expuesto en los textos. Si usted reclama los derechos de autor de alguna imagen, puede solicitar la baja a través de [email protected]

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.