Venganza: humillando a mi suegra [1]

En el video, pude ver con tranquilidad la manera en que mi suegra follaba. Hay que reconocer que la señora es bastante ardiente.

Lanzaba miradas de fiera salvaje, mientras con su mano se abría una nalga para darle paso a la verga de aquel hombre que la follaba.

De pronto, la señora cambiaba de posición, caía de rodillas ante aquel falo – de buen tamaño – y se ponía a mamarlo como un becerro sediento.

Luego, ella misma se colocaba de rodillas sobre el sofá – en el que aquella vez se puso a platicar por teléfono para ignorarme – mostrándole a aquel sujeto, y a mi cámara, su trasero abierto y su coño chorreante, justo antes de ser penetrada.

¡De qué manera se la follaba aquel negro! Mi suegra, con su culo bien empinado, miraba como una fiera salvaje a aquel sujeto mientras este se le taladraba el coño con intensidad.

Era oro puro, lo supe al instante, aunque también comprendí que podía estarme metiendo en un grave embrollo, por lo que tendría que andarme con cuidado.

A partir de entonces, y durante casi dos meses, le di vueltas a varias ideas para utilizar aquel video contra mi suegra. Tenía pensado ofrecerle borrar aquel video a cambio de que nos dejara en paz, pero no estaba seguro si realmente funcionaría.

De modo que nunca me atreví; por alguna razón, sabía que enterarse de aquello le volaría la cabeza, pero no me atrevía a hacerlo, precisamente, porque era la madre de la mujer que amaba.

Hasta hace dos semanas, cuando cayó la gota que derramó el vaso.

Una mañana, muy temprano, mi novia me habló, casi llorando, para contarme que había tenido una fuerte discusión con su madre.

Según me dijo, la discusión fue tan fuerte que Luisa incluso le advirtió que escaparía conmigo a otra ciudad. Aquello escandalizó tanto a su madre que, aprovechando que su esposo estaba en un viaje de negocios, encerró a mi novia en su recamara.

– ¡Y desde entonces estoy aquí! ¡Está loca! – me dijo Luisa, sollozando.

Me colgó, y yo decidí actuar. Encendí mi computadora y pasé el video de nuevo al celular – lo había borrado de mi celular, puesto que no quería que nadie más se enterara – con la intención de ir a la casa de Luisa y amenazar a su madre con exhibir el video.

Subí el video a YouTube, y programé la publicación para el día siguiente.

Una vez listo todo, comencé a cambiarme. Hacia una media hora que mi madre se había ido, y yo tuve que mentirle diciendo que la primera clase se había suspendido.

Tomé todos mis ahorros, y los guardé en mi mochila, por si era necesario irme con Luisa a otra ciudad. No tenía ni idea de cómo iba lograr entrar siquiera a la casa, pero ya lo resolvería en el lugar.

Cuando tenía todo listo, alguien tocó la puerta.

Me extrañé al inicio, pero mi corazón dio un vuelco cuando escuché la voz de doña Daniela:

– ¡Gonzalo! ¡Sé que aquí vives! ¡Ábreme! ¡Ábreme ya!

Entonces bajé y le abrí.

Ella dio un paso, pero se detuvo para mirarme a mí y después para recorrer con su mirada mi casa. El desprecio en su rostro era más que evidente.

– Vengo a platicar contigo – dijo entonces – ¿Me vas a dejar pasar?

Yo decidí ser paciente; habría que escucharla. Y la dejé entrar.

Ella vestía unos pantalones cortos color kaki, costosos a primera vista, y una camisa blanca, manga larga, de una tela fina y suave, que transparentaba un poco un sostén blanco.

Aunque a mi suegra ya le colgaba una visible lonja por delante, en general se mantenía en forma, especialmente gracias a sus nalgas que desde siempre me parecieron firmes y de buen tamaño.

Lo primero que hizo fue transmitir su sentimiento de asco hacia mi hogar.

Sí era cierto que mi sala no estaba lo mejor arreglada en ese momento, pero por alguna razón no sentí pena alguna con ella. Yo también le empezaba a ganar cierto rencor.

Ella, sin pena alguna, sacudió con sus manos una de las sillas y se sentó. Le ofrecí agua, la cual rechazó, y sólo se limitó a decirme que venía a decirme algo rápido.

No entraré en detalles de cómo me lo dijo, pues aún siento furia de la manera en que, ofreciéndome una gran suma de dinero, como si eso fuera lo único que buscara de su hija, me pidió alejarme de ella y, de paso, me acusó de ser un interesado que llevaría a la ruina a su familia.

– E incluso irte de la ciudad, si fuera posible – añadió.

Cuando terminó de humillarme y de ofrecerme el dinero, decidí que era mi turno.

– Bueno – le dije – Su oferta es interesante, pero yo también quería hablar con usted. Primero que nada quisiera mostrarle un video, si no es ninguna molestia.

Ella movió los hombros, despreocupada, y sólo dijo:

– Como sea, pero que sea rápido, mi chofer está afuera y no quiero que alguien lo vaya a asaltar.

Yo decidí mantener la calma ante sus comentarios, pues sabía que aunque sí ocurrían asaltos de vez en cuando, estos eran por las noches, y por lo general eran personas de fueras quienes cometían los crímenes.

Entonces saqué mi celular, bastante nervioso por lo que vendría a continuación pero seguro de que era el momento indicado.

La vi de reojo, parecía impaciente, como si sólo esperara que tomara el dinero; estaba claro que le importaba un bledo lo que fuera a enseñarle con mi celular.

Entonces, abrí el video, le di iniciar y le pasé el aparato, que recogió sin mucha importancia, hasta que reconoció el sonido de sus gemidos.

De manera que los siguientes cinco minutos permaneció inmóvil, sentada, con los ojos abiertos y la mirada descomponiéndose en cada segundo. Cada minuto de video la calaba más y más.

Acorralada, no se atrevió a decirme nada hasta que el video terminó.

– ¿Quiere que lo repita? – le pregunté, con la intención de romper el hielo.

– ¿De dónde sacaste esto?

– Eso no importa, no es tanto mi problema como suyo.

– ¡No! No digas que no es tu problema, porque, te aseguro, que este es el problema más grande de tu vida – expuso, con energía, poniéndose de pie.

Le pedí que se pusiera de pie. Y se negó.

Le insistí, y me dijo que se iría, por lo que comencé a hablar sobre lo que ya estaba en juego.

Entonces le expliqué que ya había subido este video a YouTube y que programé su publicación para que, dentro de determinada fecha, se publicara.

Le dije que, de vez en cuando, retrasaría la fecha de publicación, de manera que nadie podrá verlo a menos que yo no quisiera – o no pudiera – seguir retrasando la publicación.

– De manera que, uno, de usted depende que el video no se publique y, dos, aunque se le ocurriera una locura, como por ejemplo querer mandarme a matar, lo único que logrará es que nadie pueda seguir retrasando la publicación y el video se publicará de todos modos.

Para entonces, ella había vuelto a sentarse sobre la silla, derrotada. Estaba sollozando, pero con la mirada perdida. Parecía calcular opciones, pero era evidente que se sabía perdida. Aquello me llenó de una satisfacción total.

– ¿Qué quieres entonces? – preguntó, limpiándose las lagrimas.

– Al principio, sólo quería que nos dejara en paz a su hija y a mi – le dije – Pero usted, pese a todos mis intentos, y buena voluntad, insiste en alejarnos.

Alzó las manos, como si no quisiera seguir escuchando mis alegatos.

– Está bien, ganaste. Los dejaré en paz. Y, ¿sabes qué? Por mi está bien si ella quiere arruinar su vida.

– Sí, pero ya no basta que nos deje en paz – solté entonces, con la cabeza caliente por aquel sentimiento de poder.

Ella me miró, extrañada, pero yo continué:

– ¿Además quieres sacarme dinero? ¿Me vas a extorsionar?

– Extorsionar, quizá, pero no con dinero. Usted merece un castigo o…mejor dicho, yo requiero una compensación por las humillaciones que usted me ha hecho.

– Estás loco, ¡me voy!

– Entonces publicaré el video.

– ¡No te atreverás! – dijo, dirigiéndose a la puerta.

– ¿También le comenté que el video será compartido automáticamente a la prensa local, y al club de ex alumnas del colegio Mc Wilson?

Aquello era mentira – no era posible, o al menos no sabía cómo – pero necesitaba detenerla, pues sentía que estaba perdiendo.

Pero funcionó, se paró en seco, lo pensó unos segundos, giró y comenzó a caminar hacia mí. Su tono era distinto cuando me dijo:

– Está bien, ¿quieres una disculpa? Te la ofrezco. ¿Quieres que me ponga de rodillas? – enfatizó – Lo haré si me lo pides. Pero por favor no me hagas quedar mal, arruinarías muchos años de trabajo. Te lo digo en serio.

Yo sólo la escuchaba, mientras mis pensamientos procesaban idea tras otra, hasta materializarse en una sola frase: “Hazlo ya”.

– Cállese la boca – le dije.

Ella lo hizo, asombrada por la determinación con lo que se lo dije.

Entonces llevé mis mano a su rostro, sosteniéndole la barbilla con fuerza, como quien revisa a una yegua de subasta. Ella estaba congelada. Después, decidí elevar la apuesta, e introduje mi dedo índice en su boca, ella lo permitió unos segundos, antes de girar la cabeza para sacárselo.

Pero rápidamente volví a tomarla de la mejilla, ella volvió a inmovilizarse, y pude ver cierto nerviosismo en su mirada.

– ¡Por favor! – dijo entonces, con la voz entrecortada – No, por favor.

– De rodillas – susurré.

– ¡No! – dijo, uniendo sus manos, como rogándome – Podrás seguir con ella, y te daré dinero también, el que necesites.

– ¡De rodillas! – grité.

Esta vez obedeció, cayendo de rodillas ante mí, pero siguió insistiéndome en el dinero.

– ¡Por favor! ¡No seas malo! – siguió rogando, mientras yo comenzaba a desabrocharme el cinturón del pantalón – ¡Te pido que por favor no cometas un error!

– El error fue únicamente suyo – le dije, bajándome los pantalones delante de ella.

Entonces, entre sollozos, miró mi endurecida verga debajo de mis calzoncillos. Volvió a verme a los ojos, como si aquel fuera su último intento.

– Gonzalo, por favor, no cometas una locura, piensa en…¡Ay!

Jalándola de los cabellos, la arrastré hacía el sofá principal. Ahí tomé asiento, y deslicé mis calzoncillos, dejando mi verga erecta a la vista.

De rodillas, con su boca justo a centímetros de mi falo, ella lloraba tanto que los mocos se le escurrían.

– Chúpamela – le ordené, pero ella siguió sollozando.

Volví a insistir, pero de nuevo permaneció inmóvil; entonces, cansado de esperar, la tomé de los lados de su cabeza y atraje su rostro contra mi verga.

Aquello funcionó de maravilla; resignándose de último segundo, ella abrió su boca hasta tragarse mi falo por completo. Sentí la frescura de su boca, como sus dientes rozaban con suavidad mi tronco y como su lengua se acomodaba para permitir la entrada de aquel pedazo de carne invasor.

La mantuve unos dos segundos ahí, hasta que comenzó a toser, sintiendo que mi verga en su garganta la asfixiaba. Hizo un esfuerzo por liberarse, pero yo se lo impedí, manteniéndola otros dos segundos ahí. Sólo entonces, temiendo que me mordiera en un acto desesperado, la liberé.

Ella tomó aire con fuerza, como si acabara de surgir de lo profundo de un océano, pero de pronto comenzó a llorar de nuevo ante el humillante trato.

Yo no le di tiempo a nada, volví a tomarla de la cabeza, esta vez tomándola con más fuerza de sus cabellos, y la atraje de nuevo hacia mi falo.

Al principio yo misma la movía, haciéndole mamar mi verga de adentro hasta afuera. Con el tiempo, ella comprendió que debía continuar sola, y así que pude relajarme y disfrutar de aquella mamada.

¡No lo hacía nada mal mi suegra!

Ella siguió, poco a poco, hasta que las lagrimas se secaron, y una resignación combinada con determinación la hicieron continuar con aquella felación, como si se tratara de un simple obstáculo que debía cumplir antes de poder vivir en su normalidad. Qué equivocada estaría.

Sin embargo, como sus movimientos eran monótonos, tuve que dejarle las cosas claras. Tomándola de los cabellos – cada vez con menos delicadeza, por cierto – la obligue a sacarse mi verga de la boca, y dirigí sus labios hacia mis testículos.

Empujándola contra mí, la obligué a lamerme los huevos, algo a lo que intentó resistirse inútilmente, pues medio minuto después sus labios ya ensalivaban mis bolas, y se llevaba de vez en cuando un testículo a su boca.

– Muy bien doña Daniela – le dije, aplaudiendo tres veces – Ahora regrese a mamármela.

Entonces, me sorprendí, sacó una de mis bolas de su boca y se dirigió de nuevo a la cabeza de mi verga, pero no sin antes recorrer todo mi tronco con su boca. Aquella acción voluntaria me sorprendió, pero también me hizo comprender que aquella mujer estaba más que dispuesta a resolver el asunto de los videos a toda costa.

Siguió chupándome el falo unos minutos pero, consciente de que su chofer la esperaba, la hice detenerse y le dije:

– Quiero que vayas a donde tu chofer, y le digas que vuelva aquí hasta dentro de una hora. Si no regresas en menos de dos minutos, olvídate de todo.

Ella aceptó. Era una jugada arriesgada, pues bien podría decidir irse a su casa, olvidándose del video.

Salió de casa de prisa y sólo por curiosidad activé el cronometro de mi celular. Cuando este marcó el minuto 20 segundos, ella tocó de nuevo a mi puerta.

La hice entrar tomándole del brazo, y le ordené que se arrodillara, a lo que obedeció de inmediato, con una actitud casi robótica.

– Ahora sube las escaleras – le dije, señalándolas – pero sin ponerte de pie. Allá arriba – le anuncié -te voy a follar como me dé la gana. ¿Me entendiste?

Ella no respondió, me miró con cierto rencor, pero también tragando saliva ante lo que acaba de escuchar. Pero de todos modos comenzó a avanzar, arrodillada en cuatro, mientras yo admiraba su determinación y también su culo.

Mientras subía, como si fuera una mascota, utilizando sus manos y rodillas para avanzar escaleras arriba, yo aproveché para videograbarla desde atrás.

Cuando ella lo notó, protestó:

– En eso no quedamos.

– No tienes opción – le dije – Así que acostúmbrate.

Ella se mantuvo pensativa unos segundos, me lanzó una mirada llena de odio – que quedó registrada, maravillosamente, en el video – y continuó avanzando.

Yo enfocaba la cámara a su trasero, y en el movimiento de su cuerpo mientras gateaba cuesta arriba. Cuando estaba a punto de llegar, le lancé una nalgada y le apretujé el glúteo izquierdo, grabándolo todo.

Esta vez no protestó y escondió su rostro, pues estaba volviendo a llorar, doblándose al fin ante tales humillaciones.

Yo me adelanté y, con violencia, la tomé de los cabellos y la arrastré hacia mi cuarto. Eso le hizo perder el equilibrio, y cayó de cara contra el suelo. Había sido, sin duda, algo rudo, considerando que ella tenía 44 años.

Sin embargo, aquello no me importó, sólo me interesaba follarme a aquella mujer, así que volví a tomarle de los cabellos, y la arrastré como a una perra hasta mi cuarto, cerrando mi puerta tras de nosotros.

CONTINUARÁ…

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