¡Qué rico me folla papá!

Gracias por visitar este relato que me ha costado un poco de trabajo escribir, especialmente por las sensaciones tan hermosas (aunque a la vez difíciles de externar) que provoca recordar lo sucedido entre mi padre y yo.

Mi nombre es Alejandra, y actualmente, a mis apenas 23 años de edad, soy segunda chef en un hotel de cinco estrellas muy famoso que se encuentra en las playas de Ricalba, y estoy muy orgullosa de que el trabajo duro y el apoyo de mi familia me hayan permitido dedicarme a lo que más me gusta.

Lo que les contaré comenzó aproximadamente hace cinco o seis años (apenas terminaron las fiestas decembrinas), cuando yo debía elegir la carrera que iba a estudiar. Sin embargo, pese a que mi madre me sugería arquitectura (como ella) y mi papá deseaba que fuera dentista (como su padre), ambos sabían bien mi afición a la cocina y mis deseos de hacía años por estudiar gastronomía.

En ese entonces yo tenía un noviazgo de más de año y medio con un ex compañero de la escuela llamado Miguel; él era un año mayor que yo, y aunque jamás pasamos de besos y caricias bastante apasionadas, sí despertó en mi un deseo sexual que hasta entonces nunca había experimentado.

Yo estaba dispuesta completamente a entregarme a él como mujer, hasta que ciertos rumores que terminaron materializándose más y más me hicieron darme cuenta que hacía más de cuatro meses que Miguel me engañaba con una tipa a quien conoció en sus clases de regularización.

Admito que aquello me destrozó, especialmente cuando, durante nuestra última discusión, el muy sinvergüenza me culpó a mí de haber arruinado nuestra relación.

– ¡Yo tengo mis necesidades, y como vi que tú nunca harías algo serio pues decidí buscar en otro lado! – fue lo que me dijo, en referencia a mantener relaciones sexuales, antes de que yo le diera la espalda para siempre.

La decepción y el dolor que le siguieron a aquella situación hizo que me refugiara en mis padres; especialmente en papá que, siendo entrenador y director de una piscina olímpica, solía llegar a casa más temprano que mi madre, que era subdirectora de un centro de telemarketing.

Yo lloraba a menudo, cuando recordaba el tiempo y los sentimientos en vano que había pasado junto a Miguel, y la manera tan ruin en como todo había terminado. Muchas veces papá me descubrió, y entonces me abrazaba y consolaba con mucho cariño, diciéndome que aquellas cosas se resolverían más pronto que temprano.

– Eres una chica muy bonita, la más bonita del mundo – me decía, acariciándome mis cabellos lacios, largos y negros.

A mí me encantaba escucharlo, especialmente de alguien tan guapo pues (aunque era mi padre) en realidad él era el hombre más atractivo que conocía. No sólo por el cariño que me tenía como su hija sino porque realmente su físico era muchísimo más atractivo que muchos chicos de mi edad.

Eso se debía, por supuesto, a su trabajo, pues entrenar a otros nadadores significaba que también él pasaba horas en la piscina, nadando. Aquella vida más activa le hacía lucir mucho más joven que mamá, que de hecho es dos o tres años menor que él.

En todo caso, aquellos momentos de apoyo emocional poco a poco fueron convirtiéndose en una costumbre; dejamos de pasarla juntos para calmar mi pena y comenzamos a pasar tardes enteras viendo películas o la televisión.

Mi padre, llamado Tomás, no dudaba en abrazarme y acariciarme los cabellos, con un cariño paternal que me hacía sentir querida, segura y muy feliz.

En aquellas ocasiones, sin embargo, descubrí que mi padre era hombre al fin, y que constantemente la cercanía de mi cuerpo al suyo le provocaba constantes erecciones que disimulaba inútilmente.

Yo jamás se lo mencioné, para no avergonzarlo, pero sí comencé a ver a mi padre desde otro enfoque, desde un punto de vista que conforme avanzaba el tiempo comenzaba a volverse una especie de profunda obsesión por él.

Aquella situación llegó a tal grado, que una noche de insomnio no pude más, y calmé mis emociones acariciándome el coño bajo mis sabanas, magreando mis labios vaginales con uno o dos dedos…siempre pensando en él, en mi padre.

Aunque lo disfruté, por supuesto me preocupó; sin embargo, investigar en Internet lo que me pasaba por la cabeza sólo empeoraba las cosas, pues terminaba leyendo relatos de mujeres que disfrutaban de tener sexo con sus padres en lugar de recomendaciones para detener aquellos deseos tan impropios.

Cada vez que me volvía a masturbar pensando en él, me preguntaba si acaso él también pensaba en mi.

Enloquecida por aquella situación, decidí empeorarlo. Estando en casa solos, comencé a vestirme con ropa cada vez más provocadora. Me vestía con los pantalones cortos de nailon, de colores claros, que usaba como ropa interior bajo la falda de mi uniforme escolar y me tomaba la molestia de asegurarme de que mis nalguitas se “comieran” parte de la tela.

Añadiendo blusitas sin manga y pegadas, salía a la sala a desfilar de un lado a otro, bajo cualquier pretexto, siempre con la intención de que mi padre dirigiera la vista a mi cuerpo.

Yo no tenía claro qué quería lograr exactamente con aquello, pero aquella situación me provocaba tal placer que no podía parar.

Un día, sin embargo, toqué fondo. Mientras yo cocinaba una nueva receta, papá se acercó a observar. Era común que hiciéramos eso, pues yo siempre me la pasaba cocinando. Ese día él notó que yo no cortaba las zanahorias de la forma correcta, así que ofreció enseñarme una técnica que (según él) había aprendido durante el servicio militar.

Para mostrarme, se colocó detrás de mí, rodeándome con sus brazos y manteniendo su entrepierna apenas unos centímetros despegada de mi culito. Entonces, estando yo entre su cuerpo y la barra de la cocina, él comenzó a cortar las zanahorias con suma facilidad.

Realmente las cortaba bien, pero en realidad yo estaba más concentrada pensando en lo cerca que su paquete y mis nalguitas se encontraban. Yo estaba excitada, y tenía el presentimiento de que él también.

Confundida, decidí entonces atreverme a ir un paso más allá. Cuando él me dijo que intentara cortar la siguiente zanahoria como él, noté que se mantuvo en la misma posición, sin moverse un milímetro. Entonces aproveché aquella situación, y comencé a cortar la zanahoria muy lentamente, como él me había enseñado.

Sin embargo, mientras hacía eso, aproveché y me puse de puntillas, al tiempo que encorvaba mi cuerpo con la intención de que mi culito chocara con su entrepierna.

¡Qué excitante era! Aquella fue la primera ocasión en que pude sentir la dureza de su verga (que por cierto, sí que estaba erecta bajo sus pantalones deportivos) restregándose contra mi culo. Estaba tan nerviosa y emocionada a la vez, que no medí la fuerza con la que repegaba mi cuerpo al suyo.

Pasaron unos segundos cuando de pronto él dijo con una voz sonora:

– ¡¿Qué estás haciendo?!

Yo me hice pequeñita, como un animalito asustado, y él se alejó caminando hacia atrás, con el rostro descompuesto por una especie de ira y miedo combinados.

Nunca había visto a papá de esa manera, y aunque sabía que no había forma de explicar aquello, intenté tranquilizarlo:

– ¿Qué pasó? – pregunté, con la voz entrecortada, pues me sabía descubierta.

– ¡Eso es lo que quiero saber! – dijo él, enérgico – ¿Por qué hiciste eso?

– ¿Hacer qué? – pregunté con la mayor inocencia posible, aunque mis lagrimas ya se asomaban en mis ojos por la culpa y la vergüenza que me carcomían.

– ¡Eso no lo debes hacer! ¡Eso no se hace! – dijo, furioso, al tiempo que se alejaba a su recamara.

Yo me quedé en la cocina, y segundos después caí rendida sobre el suelo. Lloré durante casi media hora, pero esta vez papá no fue a consolarme.

Desde entonces, y durante las siguientes dos semanas, las cosas cambiaron completamente. Papá apenas y me dirigía la palabra cuando estábamos a solas. A pesar de que nos hallábamos en casa, sólo nosotros dos, ya no volvimos a reunirnos en la sala.

Me estaba aplicando la ley del hielo a un punto que me dolía demasiado, especialmente porque sabía que yo misma había provocado todo aquello.

Ya no volví a masturbarme pensando en él, aunque sí lloraba por las noches pensando en cómo mi perversión había arruinado la hermosa relación que tenía con él.

Sin embargo, aquella situación era completamente ajena a mamá. Tanto él como yo tratábamos de actuar con normalidad ante ella, y mi madre no mostraba señales de estar enterada de lo ocurrido.

“Papá nunca se lo contó”, pensaba yo, agradeciendo que aquello sólo hubiera quedado entre nosotros dos.

De la manera en que mi relación con él se hallaba estancada, también se habían detenido mis ganas de cocinar.

Comencé a cocinar cosas simples, como arroz o espagueti, o sencillamente me preparaba comida enlatada o comía golosinas.

Papá notaba eso, pero nunca me dijo nada, y se limitaba a cocinar para sí mismo. Hasta aquel lunes por la tarde en que todo cambió para siempre.

Yo había llegado a casa más temprano de lo normal, y antes de quitarme el uniforme de la escuela me dirigí a la cocina, de donde tomé un paquete de gomitas azucaradas.

De pronto escuché el auto de papá estacionarse, pero decidí mantenerme en mi lugar; la puerta de la cochera estaba en la cocina, así que esperaría a que papá pasara de largo, sin siquiera saludarme.

Pero esta vez no fue así, cuando cruzó la puerta me miró de reojo y notó que comía las golosinas; ya antes me había visto, y seguía su camino, pero esta vez permaneció de pie ante mí.

Yo sabía que había llegado el momento de enfrentar la realidad, así que giré la mirada hacia él.

– ¿Porqué te la pasas comiendo golosinas? – preguntó – Antes comías mejor.

– Hoy haré espagueti – dije de inmediato, soltando sobre la barra el paquete de golosinas.

Él movió la cabeza negativamente, era claro que aquella respuesta no era lo que esperaba, y así me lo hizo saber:

– No te estoy preguntando qué cocinarás hoy, te estoy preguntando por qué has dejado de cocinar. ¿Es porque me molesté aquella vez? – soltó entonces.

Yo sólo pude bajar la vista contra la barra, enfocándome en mirar el paquete de golosinas para que las lagrimas no se me escaparan.

– ¡Responde! – gritó entonces, obligándome a verle de nuevo.

– ¡No! – dije yo – Sólo no tengo ganas.

– Ya deberías estar buscando en dónde vas a estudiar gastronomía, y no has hecho nada – reprochó, y aquello me hizo explotar.

– ¡Pues tú ya no me hablas! Pensé que me ayudarías.

– No te hablo por lo que hiciste.

– ¿Qué hice? – pregunté, retadoramente. Él no respondió al instante, así que repetí con cierto recriminación: – ¡Dime, qué fue lo que hice según tú!

– Tú sabes lo que hiciste – dijo él, pero yo tenía la respuesta en la punta de la lengua.

– ¡Nada más me repegué tantito a ti, y te asustaste y te molestaste y me dejaste de hablar! – expresé, con una recobrada confianza de que podía recuperar el control de aquella situación.

Él se mantuvo en silencio unos segundos, y enseguida dijo:

– Lo que hiciste estuvo mal, pero podemos olvidarlo.

– No quiero que lo olvides, quiero que me digas qué hice mal.

– ¡No fue accidental! – acusó.

Y entonces, quizá envalentonada por la discusión, dije:

– ¿Y quién ha dicho que fue accidental?

– ¡Ah! Entonces sí lo hiciste a propósito.

– ¿Y luego? – pregunté, retadora – A mi no me molestaría nada de eso.

– ¿O sea que te gustaría que te lo hicieran?

– ¡No! – lo detuve – Otros no, pero tú eres mi papá; se entiende que pasen esas cosas – añadí, girando los ojos como si aquello fuera obvio.

Él dio unos pasos hacia mí, y yo decidí mantenerme en mi lugar; nerviosa, pero segura, lo vi acercarse hasta que se detuvo a centímetros de mí, tan cerca que podía sentir su calor.

Entonces, mirándome fijamente a los ojos, acercó una de sus manos y la posó sobre mi blusa, a la altura de uno de mis senos, y apretó suavemente.

– ¿Eso no te molesta? – preguntó.

Yo seguía mirándolo, pensé un par de segundos mi respuesta antes de abrir la boca (mi quijada estaba temblando de nervios).

– No – dije.

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