¡Qué rico me folla papá!

– ¿Y esto? – preguntó enseguida, apretando más fuerte mi pechito.

– No – repetí, más pronto – No tiene nada de malo.

Él dirigió entonces su vista a su mano, y abandonó mi teta izquierda para dirigirla ahora a la derecha. Las acariciaba con dulzura, pero también con cierto nivel de interés casi científico, como si los míos hubieran sido los primeros senos que tocaba.

– ¿Nada de esto te molesta? – preguntó, esta vez sin verme ni siquiera.

– No me molesta, puedes seguir – me atreví a retar entonces.

Y él obedeció sin problemas, su mano bajó hasta la orilla inferior de mi blusa escolar y se deslizó debajo de la tela de regreso a mis pechos.

Cerré los ojos momentáneamente del placer que me causó el contacto de sus manos desnudas sobre mi teta; él comenzaba a escarbar entre la tela de mi pequeño sostén, buscando mi pezón.

Cuando lo encontró, lo apretujó suavemente, poco a poco, hasta que mi botoncito fue endureciéndose entre sus dedos.

– ¿Esto te molesta? – preguntó, mirándome a los ojos.

– No – dije, y lancé el primer suspiro de placer de aquella tarde.

Entonces él siguió tocándome las tetas bajo al tiempo que me atraía hacia él quien, al ser mucho más alto que yo, tuvo que agacharse un poco para acercar su rostro al mío.

Yo, decidida a todo, me puse de puntillas y cerré los ojos, hasta que sentí sus labios chocar contra los míos, y su boca rodear la mía.

Durante aquel primer beso me rodeó con su fuerte brazo, casi alzándome; después, sin separar sus labios de los míos, dejó de abrazarme y bajó su mano hasta mis nalgas.

Deslizó sus dedos de inmediato, bajo mi falda, y apretujó mis glúteos antes de comenzar a juguetear con la tela de mi short de licra.

Me dio entre pena y gracia cuando él batalló varios segundos tratando de despegar la parte trasera del short, pues mis nalguitas se habían “tragado” gran parte de la delgada tela.

Seguía besándome mientras una de sus manos hacía descender mi short y la otra continuaba apretujando suavemente mis pezones.

Finalmente le ayudé a quitarme el short, hasta que mis nalguitas estaban cubiertas sólo por unas braguitas blancas y mi corta falda escolar.

Mientras me abrazaba, yo sentía sobre mi vientre el bulto que se formaba debajo de sus pantalones. Prácticamente inexperta, trataba de calcular el tamaño de su verga, pues me parecía muy grande y al mismo tiempo no podía creer que pudiera tener esas dimensiones.

Entonces dejó de besarme, y dirigió su boca a una de mis orejas, donde me mordió suavemente el lóbulo antes de decirme al oído:

– Quiero que hagas algo, ¿lo harías?

– ¿Qué cosa? – pregunté.

– Dime si lo harías – insistió.

Yo estaba completamente excitada, así que sólo respondí.

– Sí, lo que sea.

Me tomó de la mano y me llevó hasta la sala principal. Ahí hay un tragaluz, que a esa hora iluminaba completamente con la luz solar.

Mis manos temblaban, pero las de él parecían muy seguras. Era como si él supiera todo lo que iba a suceder y yo no tuviera ni idea.

Pero no era así, sabía que en el fondo eso era a lo que yo tanto había querido llegar, pero ahora que realmente había ocurrido no sabía qué hacer.

Llegamos a el medio de la sala. Y entonces me detuvo, me abrazó y volvió a estamparme un beso que no fui capaz de eludir; en vez de eso yo misma comencé a disfrutar las caricias que sus labios hacían contra mi boca.

Entonces sus manos volvieron a apoderarse de mi culito, con una mano levantó mi falda y con la otra acarició mis nalgas desnudas, deslizando sus dedos bajo la delgada tela de mis bragas.

A mí se me encrespaba la piel al sentir sus manos tocar mis nalguitas desnudas. Me gustaba la manera en que sus gruesos dedos apretujaban la piel de mis glúteos, como si quisieran arrancarlos de mi cuerpo.

Cuando sus manos se cansaron de magrear mi culo, comenzaron a deslizarse hasta mi cintura. Papá es tan alto que yo tenía que ponerme de puntillas y él agacharse un poco para que nuestros labios pudieran unirse, pero en cuanto su brazo rodeó mi cintura me alzó y casi por instinto le rodeé la cintura con las piernas.

Ya antes me había cargado de esa manera, pero lo había hecho como un padre que sostiene a su hija cariñosamente, y no como un hombre y una mujer llenos de pasión.

Una de sus manos pasó de mi cintura a mis nalgas de nuevo, para sostenerme. Yo le ayudé a sostenerme rodeándole el cuello con mis brazos. Su otra mano, por su parte, comenzó a deslizarse bajo mi blusa para volver a mis tetas, en donde mi pezón seguía tan duro como un principio.

Entonces, con una habilidad que me dejó asombrada, se deshizo rápidamente de mi sostén, desabrochándolo ágilmente y sacándolo por debajo de mi ropa para lanzarlo a uno de los sillones.

Aquello le dio la libertad de tocar mis pechos con mayor soltura. Yo me sentía abrumada; sentir sus dedos apretujando mis pezones al mismo tiempo que mis nalgas descansaban en su otra mano era algo que sencillamente no me esperaba.

Sin embargo también me hacía sentir bien y una húmeda ansiedad seguía acumulándose entre mis piernas mientras sentía su barba de tres días raspando suavemente mi piel.

Fue entonces cuando papá me soltó, regresándome suavemente al suelo. Entonces me tomó de la blusa escolar y la alzó, sacándomela en unos segundos y dejando mis pechos al aire.

Inmediatamente se colocó de cuclillas frente a mí para que su boca alcanzara mis senos. Sentir por primera vez sus labios rodeando uno de mis pezones me hizo temblar de la emoción; estaba a punto de dar un paso hacia atrás, pero sus manos me detuvieron y se apoderaron de mis nalgas.

Sin dejar de pasar su boca de un pezón a otro, y tras acariciar mis pompis durante unos segundos, sus dedos se dirigieron ahora a la parte trasera de mi falda escolar.

Ahí desabrochó el botón y abrió el cierre de mi falda, y le dio unos jaloncitos hacia abajo hasta que esta cayó hasta mis pies.

Yo estaba inmóvil, como una muñequita de porcelana a merced de lo que el deseara hacer con mi cuerpo y, por supuesto, también muerta de nervios y de un extraño deseo por tenerlo pegado a mí.

Él sonrió cuando vio el frente de mis braguitas, oscurecidas por la humedad que se había acumulado hasta entonces. Tocó esa zona con un dedo que después dirigió a la orilla de mi boca, donde sentí la viscosidad de mis propios fluidos.

Entonces se alejó unos metros de mí; yo me quedé en medio de la sala, cubierta sólo con mis bragas, y con mi falda escolar sobre mis zapatos de charol, esperando pacientemente a su regreso.

Comenzó a quitarse su playera, y enseguida aparecieron sus marcados abdominales. Inmediatamente pasó sus manos a su cinturón, que se desabrochó en segundos para después deslizar el cierre de sus jeans.

Así, con un solo movimiento, se bajó los pantalones y sus calzoncillos y ante mis ojos apareció por primera vez su verga desnuda, grande y venosa, y perfectamente depilada al igual que sus rosados testículos. El coño se me hizo agua sólo de imaginar que, más probablemente, aquel pedazo de carne me quitaría mi virginidad esa misma noche.

Se acercó a mí, hasta quedar enfrente, colocó sus manos sobre mis hombros y los empujó hacia abajo. Yo entendí perfectamente el mensaje, y me dejé caer  ante él.

– Chúpamela – ordenó, apenas mis rodillas tocaron el suelo.

Y yo obedecí.

Su verga aún no estaba totalmente erecta cuando yo abrí suavemente mis labios, un poco dudosa aún, y él la acercó hasta dirigirla a mi boca.

Entonces, con la cabeza de su falo metido en mi boquita, sentí cómo se endurecía hasta alcanzar su máxima erección. Yo no pude más abrir mis ojitos de sorpresa, y mirar a mi padre como un corderito asustado.

Aunque había visto videos antes sobre eso, nunca antes había tenido un pene dentro de mi boca, y estaba tan nerviosa que era incapaz de moverme.

Al ver que no reaccionaba, y que permanecía inmóvil con su tronco metido en mi boca, papá tuvo que ponerse manos a la obra.

Me tomó suavemente de los cabellos de mi nuca, entonces me jaló hacía atrás y luego me atrajo de nuevo hacia adelante. Fue el primer mete y saca, pero entonces se quejó un poco y sacó su falo.

– No debes meter los dientes – me dijo, a modo de ligero regaño.

Yo sólo moví mi carita afirmativamente, y entonces abrí mi boquita de nuevo, a su señal, y el introdujo su verga de nuevo entre mis labios.

Tuve que aprender en el acto a esconder mis dientes para no lastimar el tronco de mi padre, mientras el tiraba y empujaba mi cabecita, haciendo que su verga entrara y saliera una y otra vez a través de mis labios.

Obviamente no tardé en tomar el ritmo; ya me había acostumbrado al sabor fuerte de sus fluidos y al olor caliente que parecía emanar de sus huevos.

Con el tiempo él se percató de que ya no era necesario guiarme, y que yo solita podía seguir mamándole la verga.

A mí ya me dolían un poco las rodillas, pues no estaba acostumbrada, así que cuando él tomó asiento en uno de los sofá, yo le pedí que me alcanzara uno de los cojines.

Papá tomó el más pequeño, y lo lanzó al suelo frente a él; yo me arrodillé sobre el cojín, y me agaché para volverme a tragar su verga.

Eran movimientos monótonos, pero que iban tomando un ritmo cada vez más ágil. A veces la vergüenza me invadía, pero papito me acomodaba el rostro para que yo lo mirara a los ojos mientras le chupaba su tronco.

Cuando él notó que su hijita ya mamaba verga con soltura, me enseñó de qué otras maneras podía satisfacerlo. Entonces me mostró que mi lengua tenía la libertad de salir y lamer su tronco, de la punta hasta la base.

Entonces, me colocó la mano sobre la cabeza, deteniéndome a la altura de sus testículos y me pidió que le besara los huevos.

Yo no quería decirle que no, pero tenía mucha vergüenza y un poco de asco al principio. Sus bolas, sin ningún bello, eran grandes y colgaban de sus piernas como dos sacos llenos agua.

Dudé tanto que terminé exasperando a papá; entonces se puso de pie, me tomó de los cabellos y me obligó a ponerme de pie. Lancé un gritito de dolor y apenas me incorporé me jaló del brazo y me empujó contra el sofá donde él había estado sentado.

La falda y mis braguitas se me desatoraron de los pies en el camino, por lo que quedé solamente con mis zapatitos de charol y mis calcetas blancas.

Con sus manos me acomodó para que quedara de rodillas sobre el sofá y, apenas recuperé la orientación, lo sentí tras de mí.

Giré la vista y vi su imponente cuerpo tras mis nalguitas. Sus manos sostenían con fuerza mis caderas, y era imposible escapar.

Se masajeó un poco su verga, preparándola, yo quedé hipnotizada por la dureza y el largo de aquel pedazo de carne. Entonces vi cómo lo apuntaba a mi coñito, y cerré los ojos: mi papá estaba a punto de quitarme la virginidad.

Sentí un pedazo de carne abrirse paso entre mis piernas, y el primer dolor inició cuando se hizo un espacio entre mis labios vaginales.

Yo ya estaba mojadita, pero eso no evito que el dolor fuera intenso mientras su pene avanzaba centímetro a centímetro entre las apretadas paredes de mi conchita.

Ni siquiera sentí en qué momento me rompió el himen; pero apenas había introducido dos tercios de su tronco en mi cuando yo sentí que me estaba partiendo en dos.

– ¡Papi! ¡Papi me duele mucho! – dije entonces, rompiendo el silencio por fin.

– Tranquila – respondió.

Ya no parecía el hombre enfurecido de hace unos minutos, sino el padre cariñoso que tranquiliza a su hija mientras esta aprende algo nuevo. No pude evitar sonreír; conmovida por el cuidado con el que ahora iniciaba los primeros movimientos de su verga, que parecía atorada en mi apretado coñito.

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