¡Qué rico me folla papá!

La sacó lentamente y luego volvió a empujar; aquello me dolió pero menos que la primera vez.

Entonces aquellos movimientos comenzaron a ganar velocidad; el dolor iba desapareciendo e iba siendo sustituido por un placer que crecía más y más en mi interior.

Cada centímetro de piel, cada rugosidad y cada vena del tronco de papá me provocaba sensaciones en mi conchita.

Empecé a gemir, y papá llevó su boca a mis oídos, donde me dijo que yo era la mujer más bonita del mundo. Yo sonreí, y él me besó.

– Te quiero mucho papi, perdón por hacerte enojar – me atreví a decirle.

Él sonrió, conmovido, me besó mi espalda desnuda y se incorporó para comenzar a embestirme con más fuerza.

– ¡Aaaayyy! ¡Aaaayyy! Despacito papi… por favor, despacito. ¡Paaaaapiii! – gritaba yo, mientras mis gemidos iban siendo reemplazados por auténticos gritos de placer.

Cuando mis alaridos de excitación aumentaron intensamente su volumen, papá comenzó a responder con fuertes palmadas contra mis nalguitas, que retumbaban por toda la casa.

Él también gemía, a mi me encantaba escuchar su gruñidos y respiraciones apuradas de tanto placer que mi apretado coñito transmitía a su tronco.

Yo giré el rostro, alcancé a encontrar sus ojos con los míos. Le sonreí, agradecida por la forma en que me estaba follando.

– ¿Te gusta? – me preguntó, sin dejar de meterme y sacarme su vergota.

Solamente pude responder que sí moviendo la cabeza, y mi sonrisa se desfiguró por el placer que sentí de repente, cuando papá aumentó aún más la velocidad de sus embestidas.

Mis tetas se movían de adelanta a atrás, y de vez en cuando papito las atrapaba en el aire y las apachurraba un poco, apretujando suavemente mis pezones, sin dejar nunca de atravesarme una y otra vez.

Y así, de aquella manera tan salvaje; de esa forma tan ruda, pero a la vez tan excitante, fue que alcancé el primer orgasmo de mi vida.

Mis piernas vibraron y mi coño parecía latir alrededor de la verga de mi padre, que seguía taladrándome sin parar, mientras yo no podía rogarle más que parara porque mi vista se había cegado y mi garganta enmudecido.

Él notó que me había corrido, y entonces se detuvo, con su verga dura y a media penetración.

De repente un sonido nos alertó; sentí que mi corazón se me salía, del susto, y tardé unos segundos en comprender que era el tono de celular de mi papá.

Él sacó por fin su tronco de mi conchita, y vi alejarse su dura verga de mi.

Regresó a la cocina y alcanzó a contestar la llamada.

– Hola. ¿Cómo te ha ido en el trabajo? – respondió con naturalidad, y comprendí enseguida que era mamá quien estaba al otro lado de la línea.

Papá regresó a la sala, con la intención de recoger su ropa y asegurarse de que yo no hiciera alguna locura. Yo en cambio no podía dejar de ver su verga, aún dura como si nada hubiera pasado.

Entonces recordé que algo había quedado pendiente, una especie de desorden invadió mi mente y entonces me acerqué gateando a papá.

Él se sorprendió un poco, y hasta intentó alejarse, pero yo me dirigí directamente a su verga, y me la llevé a la boca.

Aquello le hizo balbucear un poco, y mamá debió haberlo notado pues papá dijo:

– No, nada. Es que me estaba resbalando.

Yo no pude evitar lanzarle una sonrisa picara, con la mitad de su tronco metida en mi boquita, y él a su vez sonrió nervioso.

Sin embargo, no me detuvo. Yo solita seguí mamándole la verga mientras él hablaba con mamá por teléfono.

En algún momento mamá debió preguntarle sobre mí, porque él dijo:

– Ya estaba aquí cuando llegué. Se puso a comer dulces y la regañé, pero ahora se ha estado portando muy bien.

Ambos nos sonreímos mutuamente con aquella última frase.

Obviamente a mí me provocaba cierto sentimiento de culpa, como si fuera alguna especie de traidora, el estarle chupando el pene a mi padre mientras este le mentía por teléfono a mi madre.

Pero, por otro lado, tenía la sensación (a modo de excusa, quizá) de que si él era mi padre, yo tenía tanto derecho sobre él como mi madre.

“Nuestro amor es distinto – pensaba, mientras seguía mamándole el pene a mi papá – Es un amor de padre e hija. Eso no es traicionar a mamá”.

Seguía hablando con mamá, mientras yo decidí que era momento de resolver los pendientes y entonces saqué su verga de mi boca y me dirigí directamente a sus testículos.

Esta vez no estaba dispuesta a dudar más; besé de inmediato sus dos huevos, con veneración, y no tardé en llevarme, suavemente, uno completamente a la boca.

Jugué con su bola dentro de mi boquita, ensalivándola y besándola cuando escapaba de entre mis labios.

Aquello causó en papá una terrible sensación de placer, y trataba de detenerme colocando su mano en mi cabeza. Pero yo lo eludía y volvía a buscar alguno de sus testículos para besarlo y llevármelo a la boca.

El pobre no podía más, y se vio obligado a despedirse rápidamente de mamá, con el pretexto de que tenía que pasar al baño.

Cuando colgó, yo dejé de besarle sus huevos y me quedé de rodillas, mirándolo de reojo como niña regañada.

Entonces me ordenó que me parara, me cargó en sus brazos y subió conmigo las escaleras, como un par de recién casados, mientras yo le llenaba de besos el rostro.

Ahí, en mi recamara, sobre mi cama, entre mis viejos peluches y almohadas de adolescente, papá volvió a follarme.

Esta vez fue distinto, pues me abrazaba apasionadamente mientras su verga salía y entraba lentamente de mi.

Nunca había experimentado tal placer, era como si mi cuerpo se deshiciera en sus brazos.

Y así, tras correrme por segunda vez, papá descargó por fin su leche en mi interior. La calidez de su semen llenándome el coñito me arrancó un profundo suspiro de placer.

Se mantuvo unos segundos en mi interior, hasta que su verga volvió a hacerse flácida y escapó por sí misma.

Entonces él me dio un profundo beso, antes de salir lentamente de mi recamara. Yo me quedé varios minutos en aquella posición: de espaldas sobre la cama, con las piernas aún abiertas y con la leche de papá escapando gota a gota de mi coño, y embarrando de fluidos mi colcha.

Así pasaron tres días en los que nada más ocurrió. Ni siquiera en las horas en que estábamos solos en casa él se me acercaba para hacerme suya de nuevo, a pesar de que mi cuerpo deseaba con urgencia tenerlo de nuevo abrazándome, tocándome toda y poseyéndome como él lo hacía.

Hasta que el jueves, mientras yo preparaba un guisado en la cocina – había vuelto a cocinar desde el siguiente día en que aquello ocurrió – escuché el auto de papá estacionarse y después la puerta abrirse.

Creí que pasaría de largo, como los dos días anteriores, pero esta vez se acercó a mi lado, y yo volví a verlo a los ojos.

Él me entregó un regalo, envuelto en una bolsita sencilla de celofán. Yo sonreí agradecida, y de la bolsita saqué un collar bastante infantil, con pequeñas bolitas rojas de donde colgaba la figura rechoncha de un unicornio.

– ¿Y esto? – pregunté divertida, y algo extrañada por aquel regalo.

– ¿Recuerdas lo que sucedió el lunes? – preguntó papá, con cierta dificultad, pues era la primera vez que hablábamos de aquel asunto

– Obviamente sí – respondí, tratando de no escucharme nerviosa; como si aquello no hubiera sido grave – ¿Qué tiene?

– Si algún día quieres que se repita, sólo cuélgate este collar, entonces yo te buscaré.

Su respuesta me dejó perpleja; y tardé en entender realmente sus palabras. No quise pedirle que me lo repitiera, pero me costaba creer que algo así se le hubiese ocurrido.

Entonces, una vez que comprendí sus palabras, y cuando estaba él apunto de alejarse hacia la cocina, le grité:

– ¡Espera!

Entonces él se detuvo y giró a verme. Yo aproveché su atención para elevar lentamente mis manos, con el collar entre mis dedos. Las acerqué al cuello, me hice el cabello hacia atrás y me abroché su regalo.

Él captó de inmediato la señal, yo estaba nerviosísima, pues todo mi atrevimiento se había ido en aquel simple movimiento de manos.

Mi padre llegó hasta mí y me rodeó con sus brazos. Yo alcancé a apenas a apagar las llamas de la estufa, pues sabía que aquello nos tomaría un buen rato.

Me cargó de inmediato, con facilidad, como si yo fuera la misma niñita de siempre. Yo iba enganchada a su cuello, besándole mientras él me llevaba al segundo piso.

Sin embargo, esta vez no le dejé que me llevara hacia mi cuarto. Sino que le pedí que nos dirigiéramos a su recamara; por alguna razón, quizá simple morbo, quería que mi padre me follara en la misma cama que mamá.

Él sólo sonrió, con cierta malicia, y me llevó hasta el interior de su recamara. Una vez adentro cerró la puerta tras nosotros y me lanzó suavemente sobre la cama, boca abajo.

Se acercó hacia mí y me jaló de los pies, hasta que mi cuerpo quedó doblado en la esquina de la cama, de tal manera que mi culito quedaba perfectamente expuesto.

Él no perdió más tiempo y, tomándome firmemente de las caderas, se colocó tras de mí, en cuclillas, y besó mis nalgas, lamió mi coño y después comenzó a pasar sus labios sobre el ojete de mi culo.

Todo aquello era nuevo para mí; la manera en que su lengua satisfacía a mi conchita, y el extraño placer que generaba sentir su fresca lengua sobre la entrada de mi ano.

Sentía que de esa manera me correría muy pronto; pero entonces papá se puso de pie y me giró, para que ahora estuviera acostada de espaldas.

Me acomodó más hacia el centro de la cama, y luego subió al colchón y gateó hacia mí, con su pene y sus testículos colgándole  bellamente.

Se colocó entre mis piernas, y preparó su deliciosa y dura verga que apuntó a la entrada de mi coñito y me penetró de golpe, hasta lo más profundo, haciéndome retozar y gritar de placer.

Apretaba con los puños las sabanas blancas de la cama de mis padre mientras él aumentaba cada vez más y más las embestidas. El interior de mi conchita estaba tan húmeda que a papá no le costaba nada follarme, y me enterraba su tronco hasta el tope, de modo que sentía su huevos chocando una y otra vez contra la parte inferior de mi coñito.

Traté de detenerlo, o al menos lograr que disminuyera la intensidad de sus embestidas; pero él tomó mis manos con las suyas y atrapó mis muñecas contra la cama.

Apresada por sus manos, ya no era capaz de hacer nada al respecto, y no tuve más remedio que soportar todo el placer que mi padre quisiera darme a través de su verga penetrándome.

Entonces enloquecí:

– ¡Asiiií! ¡Asiiiiií papiii siigueeee!

Y papito me daba gusto, y su verga me taladraba más y más. ¡Qué rico era tenerlo dentro de mí!

Su boca iba de un lado a otro; me pasaba a besar, metiéndome la lengua en mi boca, después se deslizaba hasta mamar mis pezones con sus labios, y entonces buscaba mi cuello y lo llenaba de caricias con su boca.

– ¡Me gusta! – gritaba yo, sin ningún pudor – ¡Meee, guusta cómo me cogeeesss, papiiiii!

Él respondía a mis gritos con nuevos besos, y con más rápidas embestidas.

Cuando liberó por fin mis brazos, lejos de intentar detenerlo, lo rodeé por la espalda. A veces era tanto el placer que sentía que no podía evitar arañarle la espalda.

– No hagas eso, o mamá se enterara – me decía.

Entonces yo pedía disculpas, y abría más mis piernitas, a modo de enmienda, y papá aprovechaba eso para clavarme aún más profundo su larga y dura verga.

Después me tomó de los cabellos, jalándomelos hacia atrás, mientras se acercaba a mi oído para decirme:

– Quiero que seas mi puta, quiero que seas mi putita para siempre. ¿Me escuchaste?

Yo no hubiera podido negarme, moví la cabeza afirmativamente, y entre gemidos y gritos respondí:

– ¡Sssssiiií! ¡Sí, lo que digas papi! ¡Seereeee, sereee tu puta para siempre!

Han pasado muchos años desde entonces; y mamá nunca se enteró de lo nuestro.

Ellos siguen viviendo en la capital, pero a veces ambos – o papá solo – me visitan en Ricalba.

Siempre que podemos, ambos nos escapamos ya sea a un motel o a una playa solitaria, o en mi piso de alquiler si mamá no viene con él. Y hasta la fecha seguimos follando con la misma pasión de siempre.

FIN.

Los personajes, lugares y situaciones de estas historias o relatos son ficticios, completamente salidas de la imaginación de las y los autores. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales, es pura coincidencia. Relatos.gratis no revisa ni publica relatos sobre hechos que sus autores afirmen ser reales o basados en situaciones que realmente ocurrieron.
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