Con mi suegro, la mejor culeada de mi vida

Mi nombre es Rosa y esta es mi historia. Hace casi un año que cometí el peor error de mi vida: casarme tan joven con Alejandro, mi actual esposo de 26 años, tras seis meses de novios. Y es que jamás imaginé que, pasados los primeros meses después de la boda, el apetito sexual de mi marido sucumbiría tanto.

Francamente yo soy muy cachonda, a mis 23 años de edad, pero es que durante mi noviazgo con Alejandro él tenía tanta energía sexual que yo estaba segura que no me faltaría más hombre que él. ¡Qué equivocada estaba!

No importaba ningún esfuerzo de mi parte, pues él siempre hallaba la manera de dejar el sexo para después. A veces nos besábamos en la cama, y él paraba de repente, argumentando siempre que tenía prisa por llegar a su trabajo.

En varias ocasiones, de hecho, yo me desperté temprano para deslizarme bajo las sábanas y despertarlo con una mamada que le endurecía la verga antes incluso de abrir los ojos.

Pero ni siquera eso funcionaba siempre, y no fueron pocas las veces que sólo me agradecía la felación y se paraba para darse una ducha, dejándome el coño chorreando de deseo.

En medio de aquella situación, un fin de semana largo, en el que no habría labores ni lunes ni martes, decidimos visitar a mi suegra, doña Leticia, una mujer de alrededor de 55 años, bastante conservadora y de firmes creencias religiosas.

Viuda y con 55 años de edad, ella es actualmente una mujer muy guapa, pese a su porte centrado, razón por la que me imagino que no le costó trabajo volver a casarse con un hombre incluso más joven que ella: Román, un hombre maduro, de unos 50 años de edad, y bastante atractivo a decir verdad.

Sus músculos, según sé, son el resultado de su trabajo como tripulante durante 30 años de buques camaroneros.

Aunque actualmente es dueño de varias tiendas de abarrotes, a las que sólo se dedica a administrar por las noches, es evidente que sus brazos siguen teniendo mantenimiento durante sus visitas al gimnasio.

Como habrán notado yo tenía, desde que lo conocí, una fascinación y extraña atracción por aquel hombre, que me doblaba en edad por mucho y que, además, era el esposo de mi suegra.

Por más varonil que era aquel sujeto, era evidente que, al igual que yo, su matrimonio debía haber sido una decepción. Por mejor cuerpo que mi suegra tuviera, estaba claro que no había forma de calentarla en la cama, por su actitud fría y seria. Aquella frustración se notaba en el porte serio y derrotado de Román.

El caso es mi marido y yo llegamos el viernes en la tarde. Después de los saludos de rigor y acomodarnos en nuestra habitación, bajamos a la cena durante la cual mi suegra le pidió a mi esposo que la acompañara al día siguiente a revisar unos terrenos que ella quería comprar.

Aunque mi esposo es arquitecto – y no auditor de bienes raíces – este no pudo más que aceptar ayudarla; sin embargo, escuchar aquello hizo que Román rompiera por fin el silencio.

– ¡Ya te he dicho que esos terrenos son fraude! Ni siquiera aparecen en el registro público, te lo digo mujer: es una trampa del tamaño del mundo.

En una sana discusión, Doña Leticia respondió que los terrenos eran “hermosos y perfectos” para una casa más amplia; me ruboricé un poco cuando añadió que era necesario un amplio jardín considerando “a nuestros futuros nietos”.

“Quizá si le dice a su hijo que me folle más a menudo”, pensé, mientras le regalaba una apenada y bastante mal actuada sonrisa.

La discusión duró algunos minutos más, y al final – sin que yo hubiera puesto mucha atención, en realidad – se decidió que sólo la señora y su hijo irían.

Por la noche, pregunté a mi marido cuál era el motivo para dejarme, y él sólo supo argumentar cosas como “está muy lejos”, “será cansado” y “es una tontería”.

Al día siguiente, por la mañana, mi marido me despertó con un beso; yo sonreí ante aquella sorpresa, así que le respondí con otro hasta que terminamos comiéndonos a besos sobre la cama de visitantes de la casa de su madre.

Aquello me puso bastante cachonda, y pronto mi coñito comenzó a humedecerse ante la idea de – por fin tras semanas de cero acción – tener una buena follada.

Pero, para mi desgracia, Alejandro miró el reloj y se paró de inmediato.

– ¡Joder! Ya es tarde y debo bañarme antes.

– Alejandro… – lo detuve

– ¿Qué?

– ¡¿Qué?! ¿Me piensas dejar así?

El giró los ojos.

– Regresaré, no seas exagerada.

Yo solté una risita de indignación y volví a acostarme.

– ¡Esas cosas no se hacen! – grité, cuando él entraba a la ducha.

Así fue como, media hora después, vi el auto de mi esposo alejándose con mi suegra hacia la carretera principal.

Después de darme un baño, bajé a desayunar y me encontré con Román.

Me quedé sin habla cuando lo vi acercarse a mí, sin playera y con un short para bañarse que mostraban perfectamente la fortaleza y gran tamaño de sus piernas y brazos. Era un hombre velludo, pero cuyos pelos canosos contrastaban con su bien formado cuerpo. Además, olía a ese olor característico de un verdadero hombre.

Me saludo de beso, y me dijo que ese día aprovecharía para disfrutar de la alberca.

Me invitó, pero yo le dije que prefería descansar y leer en la sala.

“¡Joder! – pensé, cuando lo vi alejarse – ¿me invitas a la alberca y crees que no me doy cuenta de cómo me desnudas con la mirada”

Y francamente era verdad; siempre que ambas parejas nos reuníamos, mi suegro tenía la terrible costumbre de aprovechar cualquier instante para verme las tetas y el culo que, aunque no son las mejores del mundo, algo tendrán para que aquel sujeto se la pase viéndome.

Así leí durante 40 minutos, en los cuales vi a Román entrar por una botella de ron, refresco de cola y limones, así como cubitos de hielo del congelador.

Tras otros minutos leyendo, sentí la necesidad de estirar las piernas y, de paso, ver qué estaba haciendo Román.

Hacia tanto silencio que hasta me temí que se hubiera ahogado borracho en la alberca.

Pero no fue así, tranquilo a la orilla de la piscina, aquel hombre bebía tranquilamente su copa.

Lo saludé y me senté en una silla de ratán, y comenzamos a hablar sobre el clima.

Durante la charla, él me ofreció una cuba libre, que yo rechacé de inmediato; él no objetó, pero tras unos minutos de más charla amena, volvió a ofrecerme y, por alguna razón, sentí que no había más remedio que acercarme y aceptarle la copa.

– Pero sólo una – advertí, quitándome las sandalias y sentándome en la orilla de la piscina, con los pies y tobillos bajo el agua.

Mientras bebíamos, me dijo que el agua estaba deliciosa y que “sería un desperdicio no aprovechar el buen tiempo”. Yo no estaba segura si aceptar meterme a la alberca con aquel hombre; especialmente tratándose de mi suegro político. Sin embargo, con su excelente poder de convencimiento y el hecho de que la alberca, efectivamente, se veía y sentía genial, pensé: “Bueno, ¿por qué no?”.

Así que me terminé la cuba y subí a la habitación, donde tomé mi traje de baño que había traído “por si las dudas”; se trataba de uno bastante usado, de dos piezas, estampado de animal print en la parte superior y rosado con una especie de olán que da la apariencia de tener una faldita a la cintura.

Pase varios minutos pensando si era mejor ponerme short, e incluso una playera, considerando que se trataba de mi suegro y estábamos solos. Sin embargo, al final decidí que no había que perder la cabeza. Si el viejo quería verme el cuerpo, pues que me lo viera, pero realmente me apetecía nadar cómoda.

Mientras caminaba hacia la piscina, vi cómo Román me esperaba con otra cuba y me observaba sin ocultar en absoluto su morbo.

“Será la única vez que me mires el culo – pensé, aunque sin estar molesta realmente – Una vez que entre a la piscina me la pasaré nadando libremente”.

Así que, para no permitirle ni un segundo más de espectáculo,

– Creí haberte dicho que sólo una – le dije, seria pero con una sonrisa.

Él insistió, y yo fui lo suficientemente estúpida como para aceptársela.

– ¡La última! – reiteré.

– Trato hecho – dijo él, aunque no me convenció mucho.

Comenzamos a platicar, y yo nadé de aquí para allá mientras me tomaba la copa. El alcohol ya había hecho sus primeros efectos, así que si bien no estaba borracha, sí me encontraba más relajada.

Así, entre platica y platica, Román y yo comenzamos a hablar de nuestras vidas maritales y, después, poco a poco, de nuestras expectativas personales.

¿Recuerdan cuando dije que la segunda cuba era la última? Pues me equivoqué, y terminé aceptando una tercera.

De alguna manera, Román me convenció de que hacía falta colocarme bronceador, aduciendo que el sol era muy intenso. Yo acepté, pese a algunos pensamientos llamando a la cordura que todavía deambulaban por mi mente.

– Tienes un bonito cuerpo – dijo Román, con lo poco que le quedaba de rectitud, mientras sus manos masajeaban mi espalda y mis hombros.

Yo estaba recostada boca abajo, sobre una toalla, de modo que era imposible saber qué tanto me estaba viendo las nalgas aquel sujeto.

En determinado momento, con una voz distinta, más seductora, Román ofreció colocarme el bronceador en mi espalda, lo que implicaba – así lo dijo – “desatar los tirantes” del sostén del traje de baño, supuestamente para no mancharlos y porque quería enseñarme “un masaje fenomenal” que había aprendido en un viaje de su juventud a Brasil.

Realmente no voy a mentirles, pude haberle dicho que no y ¡zaz!, se acabó, pero las manos de aquel hombre sobre mi espalda – combinadas con las tres cubas – ya me habían puesto bastante cachonda. Sus manos fuertes y callosas, como las del hombre de mar que era, habían recorrido mi piel con una combinación de rudeza y delicadeza que me tenía encantada.

Así que, rogando al cielo no estar cometiendo un error, acepté el ofrecimiento.

Sin embargo, por supuesto que fue un error; el muy cerdo no pudo evitar rozar mis senos con sus dedos. Aquello era una locura porque aquella zona es tan sensible, al menos para mí, que pese a lo incomodo de la situación, mi cuerpo estaba poniéndose más y más cachondo.

Mientras la manos de mi suegro volvían a colocarme el bloqueador, vigilé cuidadosamente que no se acercaran demasiado a mis tetas. Pero el muy cabrón volvió a hacerlo, y no tardé en sentir sus dedos de nuevo sobre la orilla de mis tetas, hasta que de pronto sentí cómo uno de sus pervertidos dedos se deslizaba bajo mis tetas para acariciar brevemente uno de mis pezones.

Aquello fue demasiado obvio, así que me puse de pie cubriéndome los senos con los brazos, molesta – o simulando molestia, ya no lo sé – y le dije que se había sobrepasado. Él alzó las manos, defendiéndose, y aseguró que sólo estaba colocándome el bloqueador.

– Me voy – le dije, dándole la espalda.

– ¿No esperarás a que termine?

Giré hacia él, cuestionándole con la mirada.

– ¿Hablas en serio?

Él sólo alzó los hombros, despreocupado.

Yo estaba exasperada, y así lo mostré con mis movimientos y gestos.

Parecía como si él realmente creyera que nada malo había sucedido ahí.

Sin embargo, él insistió en su “inocencia”, y lo hizo de tal forma que logró hacerme “recapacitar”, y tomar la terrible decisión de dejarle continuar, sólo que esta vez de pie.

Él terminó de colocarme el bloqueador en la espalda, con toda normalidad, sin acercarse esta vez a mis tetas.

– Voltéate – dijo, y yo obedecí de mal modo.

Entonces, se colocó en la mano un poco más de bronceador y me lo colocó en los hombros. Así, volví a sentir sus manos gruesas acariciándome, y haciendo crecer mi excitación.

Él me miraba a los ojos, y yo decidí hacer lo mismo; era realmente increíble cómo ahí, en pleno patio de la madre de mi esposo, yo estaba sintiéndome tan atraída por aquel hombre: mi suegro.

Sabía que tenía que irme, pero él seguía tocando mis hombros de una manera tan provocativa que sólo pude acercarme más y más.

Dejé caer mis brazos, rendida, mostrándole las tetas, y seguí acercándome a él y él a mí hasta que nuestros rostros estuvieron tan próximos que no tuvimos más remedio que besarnos.

Y así fue como cerré los ojos, disfrutando sus labios chocando contra los míos.

“¡Joder, qué estás haciendo! ¡Joder, qué estás haciendo! ¡Joder, qué estás haciendo!”, pensaba, mientras era incapaz de detenerme.

Entonces me rodeó con los brazos, que me alzaron con facilidad mientras no parábamos de besarnos. El sabor de sus labios eran simplemente perfecto, demasiado masculinos y fuertes. El bajó sus manos hasta mis nalgas, cargándome, y yo le rodeé la cintura con mis piernas, metiendo mi lengua en su boca mientras mis tetas desnudas se repegaban a su pecho peludo.

Avanzando con facilidad, se acercó a las escaleras de la alberca y comenzó a sumergirse conmigo. Ahí, entre juegos, seguimos besándonos y, aprovechando que el agua estaba hasta su cintura, metí la mano bajo el agua y busqué por primera vez su verga.

– ¡La tienes grande! – no pude evitar decirle, un tanto desinhibida por el alcohol pero también por los nervios que me provocaban mi cada vez más intensa excitación.

– ¿Te gusta? – preguntó.

– Aún no lo sé – dije, coqueta, antes de que él volviera a atraerme hasta su boca.

Cobrándose mi descaro, Román ya no tuvo dudas para apretujar mis nalgas y mis tetas. Yo tampoco le ponía límite alguno, y estaba tan cachonda que sólo me preguntaba en qué momento lo tendría dentro de mí.

Sin embargo, un sonido repentino nos asustó a ambos; afuera, tras los muros, el motor de un coche se escuchó.

– Son los vecinos – me tranquilizó – acaban de volver.

– ¡No podemos estar aquí! – dije – Nos verán.

Él no rechistó, y salió de la alberca, directo a la casa, por la entrada de la sala. Yo salí igualmente, pero antes fui a tomar una toalla para cubrirme las tetas con ella y secarme en el camino.

Sin embargo, apenas crucé la puerta, me lo encontré a él, con otra toalla a su cintura. Me rodeó con sus brazos y volvimos a besarnos, tan pegados que podía sentir su endurecido miembro chocando contra mí.

Nos besamos durante varios segundos, hasta que una de mis manos se deslizó entre las telas de la toalla.

Tal y como lo imaginaba, Román se había quitado su short de baño y ahora su verga grande y dura permanecía libre bajo la tela. La acaricié durante varios segundos, imaginando todo el placer que un tronco como aquel podía darme.

La estaba saboreando con la palma de mis manos, mientras el besaba mi boca y mi cuello.

Entonces, no pude resistir más el deseo. Yo sabía que lo que estaba a punto de hacer era un error grandísimo, pero, ¿acaso no habíamos llegado demasiado lejos?

Me dejé caer de rodillas ante él, y yo misma desatoré la toalla de su cintura hasta dejarla sucumbir hasta el suelo. Ante mis ojos, a centímetros de mí, apareció su verga desnuda: un verdadero ejemplar, largo y grueso, mejor que el de mi marido sin duda, y tan endurecido que parecía apuntar hacia mí.

Alcé mis ojitos, como si estuviese pidiéndole permiso. Él sonrió y, por toda respuesta, me acarició la mejilla con su mano antes de llevar sus dedos a mi nuca y atraer él mismo mi cabeza hacia su tronco.

¡Qué delicioso! Nunca me había tragado una verga de aquel tamaño; por más que abrí la boca apenas pude engullir dos tercios de su falo, con el que me atragantó de inmediato provocándome algunas arcadas.

Él me liberó después, dejándome toser un par de veces, pero enseguida volvió a llevarme contra su verga, que cada vez entraba más profundo en mi garganta.

Hizo aquello unas cuantas veces más, hasta que me permitió continuar solita. Entonces me di a la tarea de mamar aquella verga con toda libertad.

No sabía ni por dónde empezar, era tan imponente que sólo se me ocurría intentar tragármela completa una y otra vez. Sin embargo, después decidí ponerle un poco de creatividad, y comencé a lamerle el tronco por fuera, desde su glande hasta la base de su tronco.

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