Con mi suegro, la mejor culeada de mi vida

Él sólo me animaba acariciándome el cabello y los cachetes, mientras yo comenzaba ya a besarle los testículos y a llevarme cada una de sus peludas bolas a la boca.

Estaba tan excitada – y un poco alcoholizada – que no quería perder la oportunidad de disfrutar cada centímetro de aquel imponente pene.

Abandoné sus huevos y volví a su grueso tronco; del orificio de su pene ya habían salido chorritos de líquido seminal que mezclaron sabor y textura con mi saliva, y que sirvieron como lubricante para que me pudiera tragar por fin su verga entera.

Así que seguí chupándolo una y otra vez hasta que él mismo me detuvo para que me pusiera de pie. Obedecí en el acto, y él recibió mi boca con la suya, mientras sus manos gruesas y fuertes volvían a apoderarse de mi juvenil culito.

Nunca antes alguien había apretujado mis nalgas de aquella manera; era capaz de acariciarlas con delicadeza al mismo tiempo que sentía como si me las fuera a arrancar.

Pronto deslizó sus gruesos dedos bajo la indefensa tela de mi traje de baño de faldita, y no tardé en sentirlos introducirse por el canal que se formaba entre mis nalgas, hasta que uno de ellos llegó a acariciar mi humedecido coño.

Entonces, sacó su mano y se llevó aquel dedo directo a la boca, saboreando mis jugos vaginales como si fueran la más dulce miel que había probado. Ver eso hizo que la concha se me hiciera agua.

Vi su rostro cayendo, mientras se ponía de cuclillas. Inmediatamente tomó las orillas de mis braguitas y las deslizó con urgencia hasta quitármelas y lanzarlas al sillón más cercano.

Ahora estaba completamente desnuda ante él; mis piernas temblaban tan sólo de pensar en todo lo que estábamos cometiendo él y yo.

No obstante, mi suegro parecía muy seguro de lo que hacía. Tomó una de mis piernas y la elevó sobre uno de sus hombros. Yo me sostuve de su espalda para no caer, al tiempo que él dirigía su boca a mi conchita, abierta y completamente a su disposición.

Lo primero que sentí fue su lengua tratando de entrar con fuerza en mi, abriéndose paso entre mis labios vaginales, sensibles y deseosos de placer.

Siguió besándome el coño, con soltura, incluso cierto profesionalismo, pues me provocaba sensaciones que ni siquiera sabía que fueran posibles.

Una serie de gemidos cada vez más intensos comenzaron a surgir involuntariamente de mi boca.

Yo sólo podía concentrarme en no caer al perder las fuerzas ante aquellas sensaciones; pero él me sostenía fuertemente para que yo no perdiera el equilibrio. Mis manos apretaban sus hombros y sus cabellos, transmitiéndole el placer que su boca estaba induciendo entre mis piernas.

Sólo se detuvo unos segundos para decirme lo delicioso que era mi coño; yo no pude ni contestarle, así que sólo me vio gimiendo con mi cara de guarra, mordiéndome los labios.

Sonrió al verme y después volvió a la faena de enloquecerme con su lengua.

Para entonces yo estaba completamente rendida, aquel hombre me estaba proporcionando un placer increíble y lo único que yo quería era más y más.

En determinado momento, él mantuvo sus movimientos en cierto punto, en el que notó que mis gemidos se identificaban. Aquella estrategia provocó en mi un placer terrible, concentrado en un solo punto, que me hizo rogarle entre gritos que parara.

– ¡Yaaaa cabrrróonn! Me estás volviendo loca – grité, lanzándole manotazos en la espalda.

Sólo así me soltó; y yo lo miré con cierto reproche, y le jalé suavemente los cabellos a modo de regaño. Él únicamente sonrió complacido y se puso de pie.

Se dirigió a mi rostro directamente y yo lo recibí con un beso, no importándome el sabor a coño que emanaba de entre sus labios.

Sus manos jugaron con mis tetas durante aquel largo beso, mientras las mías buscaron curiosas su tronco; cuando encontré su verga, la apretujé suavemente y quedé sorprendida ante la dureza que aún mantenía.

Entonces decidí que no podía esperar más y avancé hacía la esquina del sofá, donde me coloqué de rodillas sobre los asientos; estaba tan deseosa de tenerlo adentro que abrí las piernas lo más que pude, exponiendo totalmente mi concha.

Jamás me había sentido tan puta como entonces, con mi rajita completamente expuesta y mojada, deseosa de verga. Me apenó pensar en lo bajo que estaba cayendo, pero es que realmente lo estaba disfrutando.

Arrodillada sobre el sofá, mantenía mi culo completamente abierto, preguntándome qué dirían mi esposo y mi suegra si pudieran ver lo que ocurría en ese instante.

Algo nerviosa, escuchaba cómo Román se acercaba tras de mí, mientras recordaba cómo hacía unos segundos había mamado aquel pedazo de carne que le colgaba de entre las piernas.

Estaba segura que el pene de mi suegro no sólo era más largo y grueso, sino que tenía unas venas marcadas que seguro serían una delicia dentro de mi coñito.

Sentí su calor detrás de mí, pero preferí mantener la vista al frente a la espera de que su verga me partiera en dos.

Sin embargo, en lugar de la punta de su pene, fue su boca y su lengua lo que comencé a sentir de nuevo sobre la zona externa de mi raja.

Román besaba, lamía y me penetraba con su lengua de una forma tan magistral que pronto volví a suspirar agitadamente ante el torbellino de placer que comenzaba a instalarse entre mis piernas.

Mi suegro dejó un momento mi coño y comenzó a besar y admirar mis nalguitas; sólo entonces me atreví a girar la vista y me crucé con sus ojos, que acechaban graciosamente detrás de mi culo.

  – Tienes un cuerpo fabuloso – dijo él, haciéndome enrojecer de pena.

Entonces volvió a provocarme sensaciones con su boca sobre mi coño, al tiempo que sus manos apretujaban cada vez con más fuerza mis nalgas y caderas.

En determinado momento intenté separar mi culito de su rostro, pero Román me sostenía con tal fuerza que era imposible sacar su lengua del interior de mi coño.

Tanto placer me estaba volviendo loca, era increíble cómo aquel sexo oral podía ser tan bueno y tan distinto que los de mi marido, que ya de por sí me parecían magníficos.

  – ¡Ya! ¡Yaaaa por favooor! – rogaba, pero mi suegro no paraba ni un segundo.

Comencé a retorcerme inútilmente, pero sólo lograba que él me sostuviera con más fuerza e incluso llegué a sentir la punta de su nariz rozando constantemente con la entrada de mi ano, por lo que podía sentir sus respiraciones cálidas directo sobre mi apretado ojete.

Entonces no pude más y me corrí, me corrí como una verdadera zorra, gritando y gimiendo con fuerza ante el delicioso placer que mi suegro me estaba regalando con su experimentada boca.

Me corrí en su boca, con un poco de líquido surgiendo de mi conchita que palpitaba y se retorcía de un placer que duró segundos. Él no dejó de lamerme ni un segundo, como si disfrutara beber aquel brebaje de jugos vaginales que surgían de mi rajita.

Después su boca se alejó y mientras mi coño aún vibraba de excitación, tras aquel orgasmo, Román dirigió sus labios contra la arrugada zona externa de mi ano, donde su lengua empujaba una y otra vez, intentando penetrar la rugosa entrada de mi culo.

  – Ahí no, ¡ahí no por favor! – dije, cuando logré recobrar el sentido.

Entonces, por toda respuesta, sentí la pesada mano de Román caer sobre una de mis nalguitas.

  – Va a ser por donde yo diga, putita – dijo, con una voz gruesa y autoritaria.

Yo giré para insistir en que mi culito debía permanecer intacto; entonces él me tomó del cabelló y me jaló la cabeza hacia atrás.

Acercó su boca hacia mi oído, entre mis quejidos de dolor:

– Te lo diré ahora para que lo sepas: después de follarte por el coño te voy a romper ese lindo culito. Punto.

Yo me quedé helada, sin saber que decir. Me soltó los cabellos y se alejó de mí.

Entonces se incorporó y, colocándose rápidamente tras de mí, apuntó la punta de su falo a mi coñito y me penetró de golpe hasta enterrarme su verga por completo.

Apenas me estaba recuperando de la primera embestida – que había hecho que mi espalda se doblara de dolor – cuando sentí su verga deslizarse hacia fuera para volver a introducirse de nuevo contra el fondo de mi coño.

Y así, en segundos, yo no era más que una muñequita de trapo salvajemente follada por aquel maduro vergudo y viril que era mi suegro.

Resultaba delicioso sentir su grueso tronco machacando mi coño, que tan ansioso había estado de algo como aquello. Mis gemidos comenzaron a escapar a trompicones de mi boca.

Mientras me follaba, sus manos me lanzaban constantemente fuertes palmadas contra mis nalgas, por lo que el sonido de los manotazos sobre mi piel se combinan en armonía con mis gritos y gemidos de alocado placer.

  – ¿Te gusta? – me preguntó, sin dejar de embestirme.

  – ¡Sí, sí! – dije, con absoluta sinceridad – Me estás cogiendo bien rico, me encanta.

Escuchar aquello debió motivarle, pues sentí de pronto una aceleración en sus movimientos, tanto que él mismo parecía gemir de placer tanto como yo.

– ¡Sigue, sigue! – gritaba yo, siempre que mis gemidos me lo permitían,

Ya ni siquiera me acordaba de que mi culito estaba condenado a ser follado, pues el placer que las embestidas sobre mi concha provocaban nublaba todos mis pensamientos.

El me seguía lanzando nalgadas, me apretujaba las tetas, me pellizcaba suavemente los pezones y se acercaba a mis oídos para decirme guarradas, todo mientras no paraba de follarme.

Yo también movía mis caderas, tratando de sincronizar sus movimientos con los míos, para que su verga saliera más fácil y más rápido de mi rajita.

A veces él se cansaba y se detenía, pero yo seguía moviéndome para que mi concha no dejara de tragarse una y otra vez aquel tronco.

– ¡Qué nuerita tan putita me tocó! – dijo, mientras permitía que yo me moviera sola.

Yo respondí a aquello moviéndome más rápido, apretando mi conchita, hasta que lo hice suspirar de goce. Entonces él volvió a moverse, y ambos nos fundimos en una serie de meneos rápidos que nos hicieron sudar.

– Así, apretadita tu conchita, ¡muévete, muévete Rosita! – me ordenaba, mientras yo trataba de mover mis caderas más rápido, clavándome lo más ágilmente aquel tronco que me tenía ensartada.

A veces su pene se salía de mi conchita, pero entonces él me sostenía de las nalgas, me colocaba hábilmente en posición y me la volvía a enterrar hasta el fondo. Un par de veces dejé que su verga se saliera a propósito, con tal de sentir cómo me volvía a partir en dos.

Posteriormente cambiamos de posición, él se sentó en el sofá y yo me coloqué de frente, encima de él, y comencé a saltar sobre su tronco apenas me lo metió en la raja.

Mientras yo gozaba con su verga, su boca y su lengua jugueteaban con mis pechitos y mis pezones; era terriblemente excitante sentir aquel placer combinado, uno que venía desde entre mis piernas y otro que fluía de mis senos.

De vez en cuando paraba, o disminuía el ritmo, pero Román siempre se encargaba de seguir moviéndose para que mi conchita no dejara de recibir su falo.

Cambiamos de posición varias veces; durante un momento me hizo ponerme de pie, y yo me pare de puntitas, abriendo mis nalguitas para que su verga pudiera penetrarme. Me gustaba, porque cuando perdía las fuerzas podía sentir como su tronco sostenía mi peso.

Después me recosté sobre el sofá, en medio, de tal manera que pude abrirme bien de piernas para que él se deslizara sobre mí y me penetrara, mientras nuestras bocas se buscaban para fundirse en un beso.

Lo bueno de aquella posición es que podía sentirlo más dentro de mí, con su verga gruesa y dura llegando hasta el tope de mi conchita.

Fue en ese momento cuando se detuvo, sacó su pene de mi interior y me alzó las piernas, de manera que la entrada de mi culito fuera más visible.

– ¡No! – comencé a rogar – No, Román, otro día, te lo prometo.

– Será hoy – dijo él, resuelto.

Yo seguí insistiendo, pero sus brazos fuertes y sus gruesas manos me sostuvieron bien de las piernas, y yo seguía tan excitada que, en el fondo, aquello me causaba más curiosidad que terror.

Por eso no rechisté más cuando sentí su jugosa boca besando la entrada de mi culo, y su lengua tratando de penetrar a través de mi ano. Cuando determinó que mi culito estaba listo, la punta de su polla se apoyó en mi arrugado ojete y comencé a sentir los primeros esfuerzos de penetración.

– ¡Joder! ¡Joder Román, me duele! ¡Me duele, por favor…!

Pero él no paraba, aunque su rostro mostraba cierta concentración; no debía ser fácil romperme la colita por primera vez, y más aún sin otro lubricante que su saliva y la humedad de su verga. Aunque aquello era más dolor que placer, me sentía tan relajada que pronto pude tolerarlo.

Mi suegro se detuvo cuando la mitad de su tronco ya estaba dentro de mí; se acercó a mi boca y buscó descanso en mis labios, que lo recibieron con un montón de besos.

– ¡Qué apretada colita tienes! – dijo él, besándome después las tetas.

Yo solté una risita, después le acaricié el rostro, decidida, y le dije:

– Termina de follarme ya.

Así lo hizo. Volvió a la faena y su tronco siguió avanzando lentamente entre las paredes apretadas de mi recto. Poco a poco mi culito se iba relajando, y la penetración iba facilitándose.

Y así, llegó al fondo, o hasta donde su verga se lo permitía. La sensación de tener un pedazo de carne como aquel dentro de mi es indescriptible; era como si su calor y el mío se fundieran, mi cuerpo apretaba tanto que parecíamos uno solo.

Ni él ni yo dijimos nada cuando el olor un poco desagradable de mi culo comenzó a notarse; a mí, personalmente, me excitó un poco.

Apenas podía creer lo que estaba sucediendo; estaba engañando a mi marido con el propio esposo de mi suegra, y encima le había permitido romperme el culo por primera vez.

– Ahora va hacia afuera, Rosita – anunció mi suegro.

Yo me preparé para sentir su verga moverse nuevamente dentro de mi recto, pero fue mucho más sencillo, y más simple aún fue volverlo a sentir adentrándose en mi cuando volvió de regreso. Había comenzado a taladrarme el ojete.

Era doloroso aún, pero poco a poco se iba abriendo camino una extraña sensación de placer. Era como si los movimientos de su tronco en mi culo tuvieran conexión directa con las terminales nerviosas que provocaban placer en mi cabeza.

Para cuando me di cuenta, Román ya metía y sacaba su verga de mi culo con la misma velocidad con la que me follaba por el coño.

El placer me hizo gemir cada vez más alto, hasta que sólo me dediqué a gritar como una loca cada vez que sentía su tronco meterse de lleno en mi recto.

– ¡Aaaay, aaaaaay, queeee riccccooooo! – gritaba yo, mientras el me sostenía de la cintura, sin dejar de culearme.

Mis manos iban de un lado a otro, desesperadas ante tanto placer; a veces mis dedos apretaban la tela del sofá, y otras veces rasguñaban el cuerpo de aquel maduro.

Él también gemía más intensamente, puesto que mi culito apretaba más fuerte que mi conchita. Supongo que por ello no tardó en correrse.

Lo hizo dentro de mí, sentí su cuerpo contraerse de repente, y gritó mi nombre al tiempo que apretaba mis tetas con sus manos.

Yo gemí de verdadero placer cuando sentí la primera descarga de cálida leche que reventaba dentro de mi culo, salpicando en las entrañas de mi recto.

– ¡Ahí! ¡Ahí está tu lechita Rosita! – dijo él, antes de que una segunda carga de esperma saliera de su verga.

– ¡Román! ¡Qué rico joder!

Su verga tardó unos segundos aún en perder tamaño, así que nos fundimos en un beso mientras lo tenía aún clavado en mí.

Desde aquella ocasión, le pongo tantas veces el cuerno a mi marido como puedo, y no sólo con Román – con quien me he vuelto a encontrar a escondidas de nuestros esposo en cinco ocasiones – sino con cualquier hombre dispuesto a darme una buena culeada y soltar su leche en mi colita.

Gracias por leer mi relato.

FIN

Los personajes, lugares y situaciones de estas historias o relatos son ficticios, completamente salidas de la imaginación de las y los autores. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales, es pura coincidencia. Relatos.gratis no revisa ni publica relatos sobre hechos que sus autores afirmen ser reales o basados en situaciones que realmente ocurrieron.
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