Engañé a mi marido dándole el culo a un desconocido

Lo que les contaré hoy me llena de muchísima vergüenza, pero realmente siento la necesidad de expresarlo de alguna forma.

Hace una semana estaba paseando la carriola con mi hijo, de tres meses y medio de edad.

Quizá sea importante mencionar que desde hace casi 10 meses que no tenía relaciones sexuales, pues mi marido, Alberto, consideró que lo mejor era abstenerse de ello ante la llegada del bebé, aunque yo sabía que en realidad a él le incomodaba hacerme el amor estando encinta.

Yo soy una mujer ya mayor, de 35 años de edad, y tener a mi hijo fue una decisión arriesgada.

Mucho tiempo llevé una vida que podría calificarme de desinhibida y alocada, y el sexo sin compromisos siempre me gustó.

Todo cambió cuando conocí a Alberto, hace poco más de un año y tras cautivarme por su madurez y manera más sensata de vivir, decidí que era tiempo de sentar cabeza y dejar mi anterior vida atrás.

Además, quería tener un hijo, y sabía que debía ser pronto pues a mi edad el fantasma de la infertilidad siempre acecha.

Finalmente, con apoyo de algunos medicamentos, logramos concebir y, nueve meses después, di a luz a un hermoso y sano bebé.

El caso es que, hace una semana, salí a un parque cercano a mi casa, como siempre.

Pero esta vez todo resultó distinto, y todo comenzó a partir de un problema que tuve con una de las ruedas del carrito.

Yo iba avanzando tranquilamente cuando de pronto sentí como si un bache hubiera aparecido de la nada, y el corazón casi se me sale pues temí que la carriola se volteara y mi bebé se lastimara.

Afortunadamente sólo quedó desequilibrada, y pronto me di cuenta de que una de las llantas del carrito se había separado de la carriola y rodado a unos dos metros de nosotros.

Tras cerciorarme que mi hijo estaba bien, me dispuse a intentar arreglar la rueda. No había nadie cerca, y todo empeoró cuando encontré cuatro tornillos cerca de ahí, con los que seguramente se fijaba la rueda al carrito.

Comprendí que, sin herramienta alguna, no podría repararla. Giré la vista y vi a un joven corriendo en dirección nuestra; se trataba de un tipo bastante bien parecido, a quien ya había visto en varias ocasiones correr en el mismo circuito que yo usaba para pasear la carriola.

Consideré pedirle ayuda, pero era obvio que él no tendría un destornillador a la mano, así que preferí esperar a uno de los vigilantes del parque que regularmente daban rondines en bicicleta.

  – ¿Todo bien? – escuché de pronto, mientras aún sostenía la rueda pensando en alguna otra forma de colocarla.

Giré la vista y no me sorprendí mucho de ver al joven detenido ante mí.

  – Un problema con la rueda – dije, brevemente – Esperaré a los vigías.

En realidad deseaba que se fuera pronto, podía ser muy atractivo y todo, pero realmente no me apetecía charlar con nadie en ese momento.

  – ¿Usa tornillos? – preguntó entonces, tras echar otro vistazo.

Yo le dije que sí, con el menor interés posible para que se fuera, pero entonces buscó algo en su bolsillo y casi me da un susto cuando lo vi sacar una navaja.

Era una de esas navajas suizas, compacta, de la que sacó un destornillador al tiempo que me sonreía para tranquilizar mis nervios.

Con un gesto pidió permiso para intentar arreglar la rueda, y yo sentí que no había más remedio que aceptar la ayuda.

Saqué a mi bebé entre las sábanas y lo cargué mientras el chico probaba suerte con la rueda zafada.

En efecto, poco a poco fue colocando tornillo tras tornillo; un vigilante pasó en una ocasión, pero no fue necesario llamarle pues Julián, como se presentó aquel chico, ya terminaba de colocar el penúltimo tornillo.

Julián resultó ser bastante simpático, y mientras reparaba la carriola me habló con total fluidez sobre él y lo que hacía.

Dijo ser recién titulado de Ingeniería Química, aunque la mecánica siempre había sido su hobby.

  – Por eso siempre cargo esto – explicó, mostrando su navaja antes de volverla a guardar en su bolsillo tras colocar el último tornillo.

Probó un poco el carrito y dijo que estaba listo.

Metí a mi hijo a la carriola y comencé a avanzar, primero para probar las ruedas y más tarde – casi sin percibirlo – ya avanzaba en compañía de Julián, quien preguntó sobre mí y, francamente, iba cautivándome a cada paso.

Me pregunté si la gente nos juzgaría, puesto que yo era mucho mayor que él, pero nadie con quiénes cruzamos camino pareció reparar en nosotros.

  – ¿Vives cerca de aquí? – pregunté, en determinado momento, mientras avanzábamos por un camino de terracería, algo alejado del circuito principal, pero que me gustaba visitar porque a mí bebé le fascinaba ver las flores de un árbol que había ahí.

Él respondió y, en efecto, vivíamos prácticamente en la misma colonia.

Yo no le di muchos detalles de mi, y de mi vida, pero sí mencioné que era casada y que aquel era mi bebé.

Él dijo que el niño era muy guapo, y que tenía suerte de parecerse a mí, lo que me provocó una carcajada nerviosa y que la sangre se me subiera al rostro.

En realidad, yo estaba realmente hecha un desastre, pues llevaba un desarrugado vestido azul claro y estaba cubierta en la parte de arriba con un desaliñado suéter beige pálido.

Debí parecerle una especie de monja, pues lo único que podía verse de mi era la mitad inferior de mis tobillos, que era hasta donde alcanzaba el largo del vestido.

Él, en cambio, llevaba un short deportivo y una playera con mangas largas, a juego, que mostraban arriba y abajo los bien desarrollados músculos que, sumados a su juventud, le daban una imagen vigorosa y fuerte.

Me preguntaba por qué un chico tan guapo como él tendría reparo no sólo de ayudar, sino de seguir charlando con una mujer como yo, entrada ya en una vida dedicada a su nueva familia.

Desde luego no se lo pregunté, pero sí pasamos una amena charla bajo el árbol de las flores, en las que no pude evitar soltar varias risas causadas por sus ocurrencias, y alimentadas en parte por su hermosa sonrisa.

Sabiendo que aquello no sólo tenía que terminar, sino que era mejor que terminara pronto, decidí que era momento de regresar al departamento.

– Te vas más temprano – dijo, dejándome sorprendida pues, en efecto, eran las diez y media y yo solía irme del parque pasadas las once de la mañana.

Tardé en responderle, pues aquella declaración me dejó un poco asustada y sumamente intrigada.

– ¿Cómo sabes eso? -pregunté.

– Bueno, he visto que siempre te vas a esa hora; te veo mucho por acá, y te reconozco por la carriola.

Aquello llamó mi atención, pero lo último de “te reconozco por la carriola” me hizo comprender que, para él, yo sólo era una mujer con su carriola y nada más.

Pero entonces me sorprendió con una nueva pregunta que volvió a dejarme intrigada:

– ¿Pasa algo?

– ¿De qué?

– ¿Sucedió algo que te obliga a volver más pronto?

– No en realidad – le dije, nerviosa.

– ¿Entonces?

“¡Qué nervios!”, pensé, y lo único que se me ocurrió fue inventarle una mentira.

  – Es que debo llevar a cargar un tanque de gas – le dije – Se acabó hace unos días y necesito cambiarlo temprano.

Aquello no fue contundente en lo absoluto, y Julián así lo demostró con una expresión de extrañeza. No obstante, me gustaba ver sus gestos, que eran como los de un niño.

  – Bueno – dijo, después de meditarlo un momento – Entonces te acompaño, no podrás salir a comprar el tanque y dejar solo a tu hijo.

“¡Joder!”, pensé, pues tenía razón con eso, pero la situación se volvió tan estresante que estaba a punto de gritarle que se fuera. Sin embargo, cometí el gran error de ser cortés.

  – ¡No! ¡Julián, te agradezco profundamente lo de la carriola, pero de verdad no quiero causarte más molestias! De verdad.

Julián me escuchó pacientemente, y al final mostró una sonrisa confiada.

 – No te preocupes, que hoy no trabajo – dijo.

Yo francamente no supe que más decirle, y sólo insistí en que aquello era innecesario.

Sin embargo, conforme avanzaba, él me seguía y así terminé acompañada de él hasta la salida del parque.

Ahí, entre su insistencia y mi falta de contundencia, terminé aceptando su ayuda, a pesar de que no necesitaba su ayuda puesto que no era necesario cambiar el tanque de gas.

Sin embargo, su compañía juvenil y su encanto hicieron que perdiera reparo por el camino y, más pronto que tarde, ambos terminamos al frente del edificio de departamentos.

Me sentí como una verdadera criminal subiendo el elevador en compañía de él; aunque no conocía personalmente a todos mis vecinos, era obvio que la mayoría sabían que yo era casada.

Para mi fortuna, nadie más que el portero, un tipo de lo más desinteresado, nos vio subir a mi departamento.

Abrí la puerta con el corazón en la boca, temiendo que mi marido estuviera ahí por alguna circunstancia que lo hubiera hecho regresar temprano.

Además, estaba temerosa de que Julián fuera alguna especie de criminal, algún tipo de asesino que se hubiera ganado mi confianza para causarnos daño a mí y mi hijo.

“Qué estúpida eres”, me dije, cuando aquel joven ya cerraba la puerta tras nosotros.

– ¿Y bueno? – preguntó de pronto.

Yo no pude evitar sobresaltarme, y sólo me limité a decirle:

– Espérame.

Entonces me dirigí a la recamara de mi hijo, y lo coloqué en su cuna. Él estaba tan cansado que no tardaría en dormirse, así que sólo lo acurruqué un par de minutos y lo dejé con su peluche favorito.

Mientras hacía todo aquello, pensaba para mis adentros: “¿Cómo rayos saldré de esta? El tanque de gas está prácticamente lleno”.

Salí entonces del cuarto y volví a la sala, tratando de ocultar mi nerviosismo. Apenas llegué ante él, le dije que me siguiera a la cocina.

– Es este el gas – le señalé, indicándole la ubicación de un pequeño tanque de 5 kilogramos que tenemos a un costado de la estufa.

– ¿Está vacío? – preguntó.

Yo sólo alcé los hombros, ingenua.

Él se acercó y sopesó el tanque.

– Está casi lleno – dijo.

– ¿En serio? – pregunté, aunque sabía perfectamente que era cierto.

– Sí, debe tener más de la mitad.

– Bueno pues de todos modos que se llene – dije, y noté cómo mi voz se resquebrajó ligeramente por el nerviosismo.

Entonces Julián se me quedó viendo unos segundos.

– ¿Qué sucede? – pregunté.

Haciéndome siempre la sorprendida, él me explicó que las estaciones de gas tenían prohibido – en aquel municipio – llenar tanques llenos, y sólo podían surtir tanques completamente vacios.

Yo sabía perfectamente aquello, pero le dije – a fin de sostener mi mentira – que lo intentara de todos modos.

De hecho, se me ocurrió inventar la segunda mentira del día:

– Lo necesito lleno, tendremos una comida con unos familiares y usaré mucho el gas.

Él me miró con extrañeza y apuntó:

– Creo que con esto aguanta más que suficiente, no se gasta tan rápido.

Así seguimos discutiendo, hasta que poco a poco yo me fui viendo más y más acorralada; lo peor de todo era su mirada, sus ojos inquisitivos y profundos que me volvían loca.

Poco a poco, a pesar de que él mantenía la calma, yo me fui volviendo más y más loca.

En determinado momento, estallé:

– ¡Joder, entonces no sé para qué has venido hasta acá! ¡Te dije que no era necesario, y viniste!

– Bueno, creí que el tanque estaba realmente vació. Todo mundo sabe…

– ¡Yo no sabía! ¡Lo siento, no lo sabía!

Aquello lo grité en una voz tan elevada que callé al instante y me senté en el sofá de la sala con las manos ocultando mi rostro, del que comenzaban a surgir algunas lagrimas.

Él se sentó junto a mí, sereno, tras mi estallido de nervios.

La piel de su brazo se repegó a la mía, y pude sentir el calor emanando de su cuerpo y fundiéndose con el mío.

En aquel momento imaginé lanzándome contra su boca, terminando de una vez por todas con todo aquel estrés que me provocaba tenerlo tan cerca de mí.

“¿Quién es este sujeto? – pensé – ¿Porqué me atrae tanto?”.

De pronto, mi hijo estalló en gritos de llanto, salvándome de aquella situación.

Yo corrí como loca a su cuarto, pensando en cómo deshacerme de Julián antes de ceder a mis bajos instintos y cometer el peor error de mi vida.

Al llegar a mi recamara, encontré que el niño había lanzado su peluche fuera de la cuna, motivo por el que lloraba. Recogí el juguete decepcionada de que no hubiese sido algo más complicado, que me obligara a estar más tiempo alejada de aquel misterioso y atractivo sujeto.

Apenas le entregué de vuelta el peluche, el bebé cortó en seco su llanto y volvió a acomodarse de lado, como solía hacerlo antes de dormitar.

Entonces algo tocó mi cintura y solté un grito ahogado que me hizo saltar de repente.

  – Perdón – dijo la voz de Julián.

Yo no me atreví a voltear ni tampoco a contestarle, pero juro que su voz se escuchaba como si me hubiera hablado directamente al oído.

Me recuperé lo más pronto que pude, y sólo atiné a decir:

  – Me asustaste

Un silencio se instaló entonces entre ambos; yo sabía que aquello era una especie de calma que anunciaba las peores tormentas. Sabía que debía actuar para detener aquello antes de estallara, pero la voz de Julián interrumpió de nuevo.

  – Quiero preguntarte algo – dijo, en un tono rodeado de misterio, como si estuviera a punto de decir algo sumamente importante.

Yo giré la vista, y mis ojos se encontraron con los de ellos a menos de un metro de distancia; podía sentir el calor de su cuerpo.

  – ¿Qué? – le pregunté.

  – No tenías que regresar temprano, ¿verdad?

Aquella pregunta me cayó como un rayo que cruzó todo mi cuerpo; sabía que debía mentirle de nuevo, pero para eso tenía que separar mi vista de la suya, y sus ojos eran tan profundos que no me atrevía a girar la vista. No pude mentirle.

  – No.

  – Ni tampoco tenías que comprar más gas, ¿verdad? – añadió, apenas le contesté.

Con la misma brevedad respondí:

  – No. Era mentira.

  – ¿Y querías traerme aquí?

Mis labios comenzaron a temblar, estaba avergonzada, y giré la vista al frente.

  – No lo sé, ¡no lo sé! Necesito que te vayas, Julián, lo siento.

Él respiró profundamente, y pude sentir su aire cálido saliendo por sus fosas nasales y golpeando contra mi nuca.

  – Siempre me has parecido hermosa – dijo entonces, y yo no podía creerlo – Y siempre me había preguntado si alguna vez estaríamos tan cerca.

Esta vez fue demasiado, y yo giré hasta encontrarme frente a él, con mi espalda y mis nalgas recargadas en el barandal de la cama.

Él volvió a colocar su mano en mi cintura, y segundos después su otra mano también hizo lo mismo en el otro costado de mis caderas.

Aquello me hizo mirarlo de frente, entre expectante y temerosa, entre aterrorizada y ansiosa.

Y entonces vi su rostro acercarse al mío; sabia que ya era demasiado tarde, y solo cerré mis ojos y abrí mis labios. Me había rendido.

Nuestros labios se unieron y yo le rodee el cuello con mis brazos mientras nuestros labios se acariciaban dentro de mi boca. Sus labios eran carnosos y dulces.

Había despegado mi culo del mueble, lo que Julián aprovechó para colocar sus manos en mis nalgas y apretujarlas suavemente, a través de las dos capas de tela de mi horrible vestido.

Sus dedos eran fuertes, y la sensación en mis glúteos pronto provoco que mi coño comenzara a humedecerse aún más de deseo.

Sin dejar de besarnos en ningún instante, sentí como sus manos ahora se deslizaban a mis muslos anteriores y jalaban hacia arriba; entendí la señal, y dejé que me cargara rodeándole con mis piernas.

Me terminó de alzar con suma facilidad, y sólo despegué mi boca un segundo para decirle:

  – Aquí no.

Sin bajarme, y avanzando torpemente mientras seguía besándome, Julián me llevó a la sala hasta sentarse en medio del sofá principal conmigo encima.

 En aquella posición yo podía besarle con más facilidad, me encantaba meterle la lengua a la boca y recorrer peligrosamente sus filosos dientes.

Él también sacó provecho de aquella posición y percibí cómo sus manos se deslizaban debajo de mi vestido para apoderarse nuevamente de mis nalgas, esta vez cubiertas solo por mis bragas.

Sabía que nada de aquello era buena idea, pero no quise quedarme atrás y comencé a retirarle la playera. Cuando me deshice de ella, observé que su brazo izquierdo estaba repleto de tatuajes.

Lo miré cuestionándole aquello, y él sólo sonrió dulcemente para decirme:

  – Me gustan, ¿a ti no?

Mi única respuesta fue volverlo a besar, mientras sentía sus dedos deslizarse bajo mis calzones y comenzar a magrear los labios vaginales de mi húmeda entrepierna.

Entonces lo detuve:

– No puedo, joder, Julián…estoy en mis días – le dije.

Él siguió moviendo su dedo entre mis labios; yo no mentía, así que le dejé seguir, hasta que él sacó su dedo manchado de mi sangre.

– No importa – dijo, después de pensarlo un par de segundos.

– A mí sí – repliqué, poniéndome de pie.

Aquello era frustrante pues yo realmente deseaba follar con él; a esas alturas estaba más que arrepentida de cada una de las cosas que habían ocurrido entonces.

Me sentía una tonta por haber creído que llevar a un hombre como él a mi casa no concluiría en sexo, y era aún más tonta por no prevenir eso a sabiendas de que estaba en mi periodo.

No sabía cómo decirle que podía volver en otra ocasión; que yo también lo deseaba pero no podía hacerlo.

Entonces, cuando estaba a punto de huir a la cocina, él volvió a abrazarme por detrás; sus labios invadieron mis orejas, mi cuello y mi labio. Volvió a enloquecerme de forma automática.

Me hizo voltearme, hasta que nuestros rostros estuvieron frente a frente y volvimos a comernos a besos. Poco a poco, me fue llevando de nuevo hacia el sofá.

– Voltéate – ordenó, una vez que estuvimos ahí.

Yo obedecí, entonces sentí cómo sus manos me acomodaron para que mi cuerpo se doblara hacia adelante, arrodillada sobre el sofá, con tanta facilidad que yo parecía más bien una muñeca de trapo.

El alzó la falda con suma facilidad, y me bajó los calzones sin pena alguna; yo traté de poner resistencia, pero decidí darle la oportunidad de mirarme sin bragas

De modo que mi culo abierto debió quedar frente a él. Así lo supuse cuando sentí sus labios besando cada centímetro de mis nalgas.

Yo me sentía como una verdadera zorra, ofreciéndole mi cuerpo de esa manera a un completo desconocido en plena sala de mi hogar.

Sin embargo, también era una de las cosas más excitantes que había sentido nunca, especialmente cuando su boca abandonó mis glúteos y se dirigió al canal que se formaba entre mis nalgas, apuntando directamente contra el ojete de mi ano.

Aún se me enchina la piel cuando recuerdo su lengua cayendo como flecha contra mi arrugado orificio.

Su boca besaba mi esfínter con una pasión tan grande, que poco a poco mi ojete se fue dilatando – o al menos así lo sentía yo -.

Aquella era la primera vez que alguien besaba durante un tiempo tan prolongado la entrada de mi culo el cual, cabe mencionar, era virgen.

Aunque en mi juventud había sido muy alocada, en realidad nunca me sentí tan atraída por el sexo anal, el cual consideraba que era demasiado doloroso para la mujer y no valía la pena satisfacer a un hombre a cambio de nada más que dolor.

Sin embargo, cuando la voz de Julián rompió el silencio y me preguntó: “¿Puedo follarte por el culo?” yo sólo pude contestarle una cosa:

– Sí, pero con cuidado…es mi primera vez – respondí, tras pensarlo menos cinco segundos.

Sabía que mi destino próximo estaba sellado; cerré los ojos lamentando haber aceptado aquello, pero la excitación por entregarme a Julián pudo más y ahora le había permitido hacer algo que no había hecho ni con mi propio marido.

Los personajes, lugares y situaciones de estas historias o relatos son ficticios, completamente salidas de la imaginación de las y los autores. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales, es pura coincidencia. Relatos.gratis no revisa ni publica relatos sobre hechos que sus autores afirmen ser reales o basados en situaciones que realmente ocurrieron.
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