Engañé a mi marido dándole el culo a un desconocido

Él se alejó de mí, y supuse que estaba desvistiéndose. Pero en seguida me ordenó que me pusiera de pie; noté un cambio en el tono de su voz, y obedecí sin más. Lo miré, estaba desnudo de la cintura para arriba, y se había desatado y quitado los zapatos. Sólo quedaban sus pantalones, aunque ya se había desecho del cinturón.

Me atrajo hacia él con fuerza y volvió a besarme, sólo que de una forma más ruda y apasionada.

Mientras nuestros labios luchaban entre ellos, sus manos se dieron a la tarea de desnudarme por completo. Desabrochó los botones que sostenían mi vestido por la espalda, y lo hizo caer al suelo. Yo me encargué de sacarme los zapatos, mientras él se deshacía de mi sostén y se apoderaba de mis tetas por primera vez.

Nos besamos durante largos segundos y, entonces, sus manos se colocaron sobre mis hombros y empujó hacia abajo.

Supe lo que quería, así que me dejé caer de rodillas ante él, hasta que mi boca quedó a la altura de su entrepierna.

No perdí tiempo ni esperé a que lo pidiera, así que mis manos desabrocharon su pantalón y bajaron su cierre. En seguida hice descender el pantalón, y a continuación sus calzoncillos.

Y entonces apareció ante mí una verga gruesa y de buen tamaño, que me llevé a la boca sin preguntar. Escuché sus suspiros mientras mi lengua ensalivaba la superficie de su tronco y mi boca acariciaba los alrededores de su glande.

Primero me dejó a mi sola, y yo disfruté bastante chupándole la pija, pues deseaba desde hacía tanto un momento de semejante pasión.

Poco a poco, él comenzó a intervenir; primero guiaba suavemente mi cabeza, tomándome delicadamente de los cabellos, luego, comenzó a tomarme de la nuca con más fuerza, obligándome a aguantar la respiración con su verga metida hasta mi garganta.

Después, comenzó a ser más atrevido, sacaba su tronco y me lo repegaba en el rostro; la punta de su verga acariciaba mis ojos y mi frente, haciendo que el maquillaje se me corriera por mi cara.

Él sonreía de pronto, satisfecho de verme parecer y actuar como una guarra, y entonces volvía a meterme su tronco hasta el fondo, una y otra vez, como si me estuviera follando por la boca.

No tardó en guiar mi boca bajo su tronco, obligándome en silencio a besar, chupar y llevarme sus bolas a la boca. Sus manos me tomaban cada vez con más fuerza de los cabellos, y el placer comenzaba a combinarse con el dolor de aquello.

Comprendí que el joven amable y tranquilo se había ido, y ahora era una bestia llena de excitación la que me obligaba a mantener su escroto en mi boca.

Después me volvió a guiar hasta su glande, haciéndome volver a empujarme contra su tronco hasta la base. Aunque la situación había cambiado bastante de tono, de alguna manera me sentí excitada ante la nueva actitud de aquel perfecto desconocido que me hacía tragarme su verga una y otra vez.

Yo lo miraba fijamente a los ojos, retándolo a seguirme tratando de aquella manera sin que yo rechistara; él respondía a veces sacando el falo de mi boca y restregándomelo en la cara, haciéndome correr el rímel por los alrededores de mis ojos.

Entonces su glande se acercaba de nuevo a mis labios y yo lo atrapaba para llevarme de nuevo su verga a la boca.

Así nos mantuvimos unos minutos, hasta que él decidió que era el momento. Entonces me hizo ponerme de pie y me volvió a colocar sobre el sofá, en la misma posición de hace unos minutos, con mis nalgas abiertas ofreciéndosele.

Su verga estaba erecta hasta el límite y no tardó en repegarme su glande contra la entrada de mi culo, calculando la resistencia que la entrada de mi ano ofrecía.

– Con cuidado – pedí, en voz baja.

Él sólo sonrió, acarició mis nalgas con cariño, y volvió a presionar con la punta de su pene contra mi ojete. Esta vez lo hizo con más fuerza, y pude sentir un dolor cuando mi agujero comenzó a expandirse para dar paso a su tronco.

– ¡Joder, despacio! – rogué.

Él sólo volvió a tranquilizarme con unas palmaditas sobre mis glúteos, y sacó su verga de mi culo.

Entonces acercó su boca a mi ojete y comenzó a besarme, un beso negro con el que, con ayuda de su lengua, llenó de saliva la prohibida zona entre mis nalgas.

Se alejó, llevó su boca a mis oídos y susurró:

– Sólo dolerá un poco, al principio.

Yo le besé la mejilla, en señal de aprobación.

Segundos después volví a sentir un segundo intento, esta vez no se detuvo, sino que lentamente fue abriéndose paso a través de las paredes de mi recto.

– ¡Ay! ¡Ay, me duele! – grité.

Sin embargo Julián no paró, llevaba buen ritmo como para detenerse, así que su verga continuó avanzando lenta pero constante a través de mi culo.

– Julian, ya para, ya para… – rogaba, pero entonces mi rostro volvía a repegarse sobre el sofá, ante el dolor de sentir aquello dentro de mi ojete.

Hasta que, por fin, paró; giré la vista un poco, en dirección a donde su entrepierna se unía a mis nalgas abiertas. Bastó unos segundos para percatarme que su verga había desaparecido por completo a través de mi culo.

Sentí un alivió, y también una extraña excitación al pensar que estaba engañando a mi marido con un desconocido al que, encima, le había entregado por primera vez mi culo que ahora estaba relleno de su gruesa y dura verga.

Julián me miró, descubriendo mi pervertida sonrisa, y sonrió también.

– ¿Qué pasa? – preguntó.

– Me encanta tu verga – le dije, y no mentía.

Volvió a sonreír, satisfecho, y entonces comenzó a moverse. Sacó parte de su verga, lentamente, y enseguida volvió a clavármela. Hizo lo mismo unas diez o quince veces, siempre con cuidado pero cada vez más rápido.

Durante esos instantes, podía sentir el doloroso placer de aquel tronco duro recorriendo adelante y atrás a través de mi culo. Era una sensación nueva, sí, e intimidante también, pero no dejaba de sentirse tan bien que tenía pocos deseos de tener su verga fuera de mi culo. En ese momento, como toda una guarra, sólo quería sentirlo ahí.

Él parecía leer mi mente, pues en ningún momento sacó su pene de mi ojete. De vez en cuando lanzaba escupitajos, y la saliva se filtraba débilmente entre las muy delgadas rendijas que quedaban en las orillas de mi dilatado ano. Pero jamás me la sacó, y yo agradecí eso gimiendo como una loca con cada embestida que lanzaba.

Pero aunque aquella situación me tenía enloquecida de placer, no era ni siquiera el comienzo. Apenas eran movimientos moderados, que él realizaba con cuidado, para no lastimarme.

Yo gritaba de placer, mientras el dolor iba aminorándose y el goce haciéndose más sostenido.

Y de pronto, un fuerte sonido nos hizo estremecernos de consternación, era una especie de alarma que irrumpió en la sala pero parecía venir de uno de los otros cuartos.

Mi primera reacción fue ponerme de pie una vez que Julián me sacó por fin su verga del culo. La peor idea, la de que mi marido nos hubiese descubierto, se disipó enseguida cuando reconocí que aquel ruido era de un juguete de mi hijo, un carrito de bomberos que funcionaba con pila.

Debía de haberse caído de un mueble y el sonido se había activado. Temí que aquel escándalo despertara a mi niño y, por lo tanto, frustrara lo que entre Julián y yo estaba ocurriendo.

– Iré a ver – murmuré.

Julián sólo asintió, y evitamos mirarnos pues una especie de bochorno se iba estableciendo en el ambiente.

Llegué a la recamara de mi hijo; el sonido del juguete – que, en efecto, estaba en el suelo frente al mueble donde lo había colocado – ya había parado, pero de todos modos lo desactivé.

Me asomé a la cuna, cubriéndome los pechos; mi pequeño sólo estaba acomodándose, sin dejar de dormir.

Suspiré, aliviada, y entonces mi mirada se detuvo ante mi propia figura desnuda reflejada en uno de los espejos de la recamara.

Ahí, enmarcada, aparecía desnuda, con mis tetas no muy grandes pero mis nalgas no tan mal.

Cualquiera hubiese creído que nada había pasado en aquel rato de no ser por mi peinado y mi maquillaje arruinado por el intenso ajetreo e intensidad con la que Julián me había hecho chuparle la verga.

Aquel individuo, pensé, me había estado tratando como una puta barata y, sin embargo, lo único que más deseaba era volver con él y seguir siendo usada a su antojo.

Volví a ver hacia la cuna, donde mi hijo había retornado al sueño profundo. De pronto una sonrisa irónica se dibujó en mi rostro, mientras mi mente se preguntaba: “¿Qué clase de madre soy, para que me dé alivió poder regresar tranquilamente a ser culeada por un desconocido?”.

Pero no eran momentos para realizar juicios morales; aquella hubiera sido una oportunidad perfecta para recuperar la consciencia y parar aquello.

Pero nada más lejos de la realidad, regresé a la sala casi corriendo, deseosa de volver a tener la verga de Julián enterrada en mi culo.

Lo encontré sentado en el sofá, en el mismo sitio en el que hacía unos momentos yo estaba de rodillas ofreciéndole mis nalgas abiertas de par en par.

Su pene, confirmé de un rápido vistazo, seguía duro y listo.

Me dio un poco de vergüenza verlo a los ojos, y él no preguntó nada, de modo que me dejé llevar y me abalancé sobre él rodeándolo con las piernas flexionadas. Nos besamos durante segundos, en los que mis manos buscaron su verga y, una vez que la encontraron, la guiaron de nuevo a la entrada de mi ojete.

Él intentó penetrarme de esa forma, y lo logró, pero era ciertamente incomodo pues se salía constantemente.

Cuando paramos el besuqueo, él me tomó de la cintura y me guío: sin dejar de estar encima de él, me giró ciento ochenta grados, de manera que quedé en el mismo espacio pero dándole la espalda, una especie de jinete invertido.

Luego, hizo que mis pies se elevaran al sofá, de modo que yo misma pudiera regular la altura de mis nalgas, que en ese momento descansaban en su vientre pues él se había acomodado un poco hacia adelante, hasta que la punta de su verga quedó apuntando perfectamente hacia mi ojete.

Me besó la espalda, y sus húmedos labios me hicieron sentir un escalofrío recorriendo mi cuerpo.

– ¿Lista? – preguntó, con su voz hipnotizante.

 Y así, como si estuviera obedeciendo una orden implícita, me elevé unos segundos, dejando que Julián apuntara su verga a la entrada de mi culo.

Y entonces me dejé caer, y sentí cómo aquella verga se enterraba hasta el fondo de mi recto, con la fuerza de mi propio peso. Fue un placer tan intenso que él tuvo que detenerme con sus manos en mi cintura, y yo busqué el respaldo del sofá para sostenerme ante una sensación que casi me provoca un desmayo.

Sentía, más que nunca, el tamaño de su verga. Era como si los músculos de mi recto pudieran sentir cada milímetro de su tronco; casi estaba segura de percibir el parpadeo de las venas que recorrían su falo.

Él no se movía, parecía dispuesto a permitirme que yo misma taladrara mi culo con su tronco. Y así lo hice, encantada.

Volví a alzarme un poco, esta vez con más cuidado, y de nuevo con cautela me dejé caer de nuevo. Así lo fui haciendo una y otra vez, hasta que los movimientos calculados se fueron convirtiendo en saltos efusivos con los que aquel tronco salía y entraba una y otra vez, haciéndome enloquecer de placer.

Lo mejor, sin embargo, apenas venía. Si ya mis movimientos me hacían retorcerme de placer, sentí tocar el cielo cuando Julián comenzó a moverse también. Al principio no logramos sincronizar nuestros movimientos pero, pronto, sus movimientos y los míos se conjugaron para la machacarme el ojete con una velocidad y fuerza que me hacían gemir tanto de goce que sentía que me quedaría sin aire.

Me encantaba escuchar sus bufidos también, me imaginaba que mi culo recién roto debía apretar tanto su verga que la excitación sobre su miembro debía ser muy intensa también.

Por eso, conformé me iba acostumbrando, y aprovechando mi posición, comencé a realizar algunas proezas, como cuando aquel muchacho se cansaba y yo lo “castigaba” saltando más rápido sobre su tronco, provocándole respiraciones pronunciadas ante tremendo placer.

Julián me besaba la espalda mientras sus manos acudían a mis tetas, donde sus dedos apretujaban mis pezones ya endurecidos por la tremenda sensación que recorría todo mi cuerpo a partir de mi recto, invadido una y otra vez por su verga.

El ambiente de la sala comenzó a enrarecerse con el olor de mi mierda, pero eso no impidió que continuáramos follando.

En vez de ello, me hizo detenerme cuando me notó cansada de aquella posición, y entonces volvió a donde todo había iniciado: arrodillada sobre el sofá, con mis manos recargadas sobre el respaldo, ofreciéndole mi culo abierto mientras él se colocaba detrás de mí. Era su turno.

Se puso de pie detrás de mí, y descansó su glande sobre mi culo, a centímetros de donde mi ojete palpitaba ansioso de ser penetrado de nuevo.

No tardó en darme gusto y pronto sentí su verga entrando lentamente en mí, de nuevo. Creí que me follaría tan despacio como inicio, pero me equivoqué.

De un momento para otro sus movimientos comenzaron a acelerarse hasta tal punto que comencé a apretar primero y a golpear después el respaldo del sofá. El dolor había vuelto pero se combinaba de tal forma con el placer que creía que me iba a volver loca de un momento a otro.

Mi coño, ni siquiera penetrado en esa ocasión, vibraba como si estuviera a punto de correrme.

Aquello duró así durante al menos cinco minutos; Julián se tomaba sus descansos para postergar más el final, pero mi culito apretado terminó por hacer mella en él y pronto su respiración empezó a agitarse, anunciando el momento de su clímax.

Y entonces, con una última embestida, me clavó su verga hasta el fondo de mi culo, y sobre mi recto comenzó a borbotear la cálida leche que salía de su verga.

Fue la sensación más hermosa que había sentido en meses, el calor con el que aquel liquido recorría el interior de mis entrañas.

Con rudeza, Julián me tomó de los cabellos y me jaló hacia él, para que sus labios se unieran con los míos en un beso salvaje del que no nos despegamos por casi un minuto.

Sólo entonces sacó su verga de mí, dejando entre mis nalgas un agujero oscuro dibujado por mi culo dilatado.

Era la calma después de la tormenta.

Recuperó su estado de ánimo tranquilo y me preguntó por el cuarto de baño. Le señalé el lugar y él se dirigió ahí, con calma, mientras que yo me desvanecí agotada sobre el sofá.

Me acaban de dar la mejor follada de mi vida, y era consciente de ello.

Julián volvió rápidamente del baño, secándose la verga con una de las toallas de mano. Me sonrió, y yo no pude más que corresponderle encantada, pues lucía muy guapo.

Pensé en hablar con él, como lo habíamos hecho en el parque, pero ahora sentía que lo único que teníamos en común es que habíamos follado como locos.

Él tampoco dijo mucho. Tan sólo lo vi vestirse, ir por un vaso de agua, regresar a besarme y despedirse; fue una despedida rápida, en la que ni siquiera dejamos claro si volveríamos a vernos.

Cuando el salió, con discreción, a través de mi puerta, su semen aún seguía chorreando desde mi culo, dejando una estela cálida por mis piernas.

Volví a sentirme usada, como una prostituta a la que dejaron follada y sin pagarle. Estaba tan consternada que ni siquiera creí que fuera algo para echarse a llorar, sino para meditarlo ampliamente.

Eso hice cuando me metí en la bañera – a pesar de que por lo regular prefiero la regadera – pero así como pensaba en lo necesario que era olvidarme de él y no volver a verle, también era fuerte el deseo de volver a encontrarme con Julián y que volviera a hacerme suya.

Por supuesto, ocurrió; seguí paseando a mi hijo con la misma regularidad de siempre, pero jamás me encontré con Julián en el parque. Supuse que tenía que hacerme a la idea de que aquello había sido una aventura tan repentina como fugaz.

Quizá era lo mejor, a fin de cuentas mi esposo ni siquiera tenía la más mínima sospecha de lo que había ocurrido en su propia casa.

Pero todo volvió a ponerse de cabeza a la segunda semana; hacía unos minutos que había vuelto del parque y mi hijo me esperaba en su cuna mientras yo preparaba el biberón.

Entonces alguien tocó, abrí con confianza creyendo que era mi marido que volvía temprano por alguna razón, pero en vez de ello me encontré frente a frente con Julián.

Su mirada intensa me saludo, y mi silencio fue la única respuesta. Sólo alcancé a murmurar su nombre.

– Julián…

Él miraba a los lados, como vigilando que nadie le viera, y entonces me pidió permiso para pasar. Y yo lo dejé pasar.

Apenas la puerta se cerró tras nosotros, él me abrazó y yo lo dejé hacer. Lo extrañaba tanto que no quería otra cosa que besarlo.

Me besó, mientras sus manos exploraban mi cuerpo a través de la tela del vestido verde que llevaba ese día.

Cumplió la rutina de alzarme la falda de la prenda y apretujar mis nalgas cubiertas con unas bragas blancas. Mi coño estaba acalorado, y ya sentía las primeras sensaciones de humedad.

Cesó de besarme sólo para decirme, mirándome a los ojos.

– Vengo a follarte.

Yo sólo moví afirmativamente la cabeza, abriendo mi boca rogando que volviera a besarme.

Así lo hizo, y comenzó a empujarme no a la sala esta vez sino a la cocina. Ahí, me empujó de frente al comedor, dejando mi culo expuesto a su antojo.

Alzó mi vestido y me bajó las bragas de inmediato; después sus dedos confirmaron que mi coño estaba deshaciéndose de deseo, completamente mojado y listo.

Lo vi desabrocharse el cinturón y el pantalón; vi la tela descender y su verga dura aparecer como acto de magia. La boca se me hizo agua sólo de recordar la primera vez que chupé su pija.

Y entonces me penetró, me metió su verga hasta el fondo de mi coño, haciéndome arquear la espalda de dolor y luego relajarme en un lago de placer.

Comenzó a follarme, con cierta brutalidad, como si buscara recuperar el tiempo perdido, los días que pasaron sin que nos viéramos.

Sus embestidas movían toda la mesa del comedor, haciendo que los trastos sobre el hicieran un ruido rítmico, acorde a nuestros movimientos.

Escuché los lloriqueos de mi hijo, que desde su cuna exigía el biberón, pero no fui capaz de interrumpir a Julián. En vez de eso, descansé mi cuerpo sobre la mesa, y abrí más las piernas para que él me penetrara con más facilidad. Estaba ansiosa y rendida ante él.

Me follaba deliciosamente, como lo ha seguido haciendo durante los últimos meses, hasta la fecha, a expensas del cornudo de mi esposo, que ni siquiera lo sospecha.

FIN

Los personajes, lugares y situaciones de estas historias o relatos son ficticios, completamente salidas de la imaginación de las y los autores. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales, es pura coincidencia. Relatos.gratis no revisa ni publica relatos sobre hechos que sus autores afirmen ser reales o basados en situaciones que realmente ocurrieron.
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